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Romanos 8:28: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, a los que conforme a su propósito son llamados.»
Pocas verdades son más humillantes y pocas más asombrosas que esta: incluso el pecado, el enemigo más aborrecido de Dios, es soberanamente sobrevenido por Él para el bien de su pueblo. El pecado, considerado en sí mismo, es enteramente malo. Es condenable, contaminante y merecedor de la ira eterna (Romanos 6:23). No hay dulzura en el pecado, ni virtud en su naturaleza, ni excusa para cometerlo. Sin embargo, el Dios que saca luz de las tinieblas y vida de la muerte hace que incluso este mal amargo sirva a sus propósitos redentores. De este león sale la miel: no por naturaleza, sino por la sabiduría divina.
Primero, la Escritura enseña que los pecados de los demás son sobrevenidos para el bien de los justos. Vivir entre los impíos es doloroso para un corazón regenerado. «¡Ay de mí», clama el salmista, «que habito en Mesec!» (Salmo 120:5). Sin embargo, Dios santifica este dolor.
Los pecados de los demás producen en nosotros un santo pesar. Mientras el mundo se regocija en el mal, los santos se lamentan por él. «Ríos de aguas corren de mis ojos, porque no guardan tu ley» (Salmo 119:136). Tal tristeza refleja un corazón alineado con el corazón de Dios. El mismo Jesús «se entristeció» y «se dolió de la dureza de sus corazones» (Marcos 3:5). Estas lágrimas no se desperdician. Dios las registra, las atesora y las honra (Salmo 56:8).
Los pecados de los demás también nos incitan a la oración. La iniquidad abundante mueve al pueblo de Dios a clamar contra ella. Si el pecado no puede ser abatido por la oración, es orado en contra; y tales oraciones regresan con bendición, aun cuando la situación externa permanezca sin cambios (Salmo 35:13).
Además, los pecados de los demás hacen más hermosa nuestra gracia. Su orgullo magnifica la humildad de los santos. Su malicia embellece la mansedumbre de los santos. Su intemperancia exalta la sobriedad de los santos. La negrura de su pecado se convierte en un fondo oscuro sobre el cual la belleza de la santidad de los santos resplandece con mayor claridad (Salmo 119:127).
Sus pecados también agudizan nuestra santa oposición y diligencia. Cuando los impíos corren con ahínco hacia el Infierno, los justos son movidos a correr con más ahínco hacia el Cielo. «¿Serán ellos fervientes en la rebelión», pregunta la conciencia, «y nosotros perezosos en la obediencia?» Así la locura de los pecadores perdidos se vuelve un acicate para nuestra santificación.
Es más, los pecados de los demás actúan como un espejo para nosotros. Lo que en ellos arde abiertamente, en nosotros humea en secreto. Sin la gracia restrictiva, la misma corrupción daría el mismo fruto. Esta verdad mata la jactancia y enciende la gratitud. «Porque también nosotros éramos en otro tiempo insensatos… esclavos de diversos placeres» (Tito 3:3). Si ahora diferimos, es solo por la gracia.
Finalmente, los pecados de los demás brindan oportunidad para hacer el bien: advertir, interceder, testimoniar y llamar a los pecadores al arrepentimiento. En la economía de Dios, aun la rebelión de otro puede agrandar la corona del santo (Daniel 12:3).
Segundo, y aún más escrutador, Dios sobresee la propia pecaminosidad del creyente para bien. Esto debe tratarse con santo temor. No hay bien alguno en el pecado mismo. El pecado es veneno espiritual. Pero cuando Dios expone el pecado dentro de sus hijos, convierte la herida en medicina.
La carga del pecado que habita en nosotros hace al creyente cansado de esta vida y anhelante de la gloria. La mayor angustia de Pablo no fue su persecución, sino su corrupción: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Romanos 7:24). Tal gemido no es desesperación; es esperanza que se esfuerza hacia la liberación.
El peso sentido del pecado también magnifica a Jesús. Cuanto más claramente se conoce la enfermedad, más precioso se vuelve el Médico. El clamor de Romanos 7 conduce inmediatamente al triunfo del versículo 25: «¡Gracias a Dios, por medio de Jesucristo nuestro Señor!»
Además, la conciencia del pecado empuja el alma a los deberes santos: autoexamen, abajamiento propio, autojuicio, autoconflicto, autovigilancia y autorreforma. El pecado humilla el orgullo, despierta la vigilancia y lleva al creyente más profundamente a la Palabra y más cerca de Dios. Aunque el pecado permanezca, no reina. Aunque hiera, no gobierna.
Sin embargo, esta doctrina no debe abusarse jamás. El pecado obra para bien solo a los que aman a Dios; y solo por la mano soberana de Dios. Pecar audazmente porque la gracia abunda es presunción, no fe (Romanos 6:1-2). David lo aprendió dolorosamente. Aunque fue perdonado, perdió a su hijo, su paz, su gozo y su vitalidad espiritual (Salmo 51:8). Dios puede perdonar a sus hijos y aun azotarlos severamente.
Que esta verdad, pues, consuele al quebrantado de corazón, no envalezca al descuidado. Dios nunca excusa el pecado, pero sí redime a los pecadores. Y Él es tan sabio, tan soberano y tan gracioso que incluso el mal más oscuro es hecho doblarse y servir al bien eterno de su pueblo redimido.
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¡El Dios de toda gracia!
John Newton
Fuente y atribución
Autor original: Various
Título original: Grace Gems 2026 — (Be sure to LISTEN to the Audio , as you READ the text below
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Various, publicado originalmente en Grace Gems.