La vida de Cristo para cada día

Dios mira el corazón cuando damos nuestras ofrendas

Dios no se agrada de la limosna hecha para ser vista, sino de la ofrenda humilde que brota de un corazón agradecido por la gracia de Cristo.

El Señor Jesús comenzó ahora a mostrar la vacuidad de las buenas obras en que se gloriaban los fariseos. Había declarado las falsas ideas que tenían de la ley de Dios, y ahora muestra que aun sus mejores acciones no valían nada, porque se hacían con motivos equivocados.

Recordemos que dijo, al principio del sermón, que si nuestra justicia no excede a la de los escribas y fariseos, de ningún modo entraremos en el reino de los cielos. He aquí un ejemplo de cuál era su justicia. A veces daban grandes sumas a los pobres o al servicio del templo, pero su deseo era ser vistos por los hombres. No les importaba tanto el favor de Dios como la admiración de los hombres; por eso se cuidaban de que sus limosnas fueran conocidas. No tocaban literalmente trompeta delante de sí, pero se esforzaban tanto en atraer la atención como si la hubieran tocado. Recibieron mucha alabanza de los hombres, y esa fue su recompensa, su única recompensa.

Todos, por naturaleza, valoramos la alabanza de los hombres más que la de Dios. La razón es que no tenemos fe. Vemos a los hombres y oímos su aplauso, pero no vemos a Dios ni oímos su voz. Mas cuando alguien tiene fe, empieza a estimar el favor de Dios más que la alabanza de los hombres. Oír todas las lenguas humanas unidas en aplaudirlo no le daría tanto deleite como la esperanza de oír a Dios decir: «Bien, buen siervo y fiel».

El punto que debemos examinar es este: ¿qué deseamos más obtener, la alabanza de los hombres o el favor de Dios? A veces puede ser conveniente que nuestras limosnas sean conocidas. David, por ejemplo, entregó el oro y la plata que había guardado para el templo de manera pública. ¿Por qué? No para ganar alabanza, sino para animar a otros a dar también. Aun si ocultáramos nuestras limosnas y al mismo tiempo deseáramos que fueran descubiertas, Dios no se agradaría de nosotros. Él mira el corazón y quiere que actuemos solo para él. No debemos pensar que nuestras limosnas merezcan recompensa de Dios; si las hacemos con esa idea, no serán aceptables.

¿Qué podemos dar a Dios? Nada digno de su aceptación. Todo cuanto podemos ofrecer es como las flores que un humilde aldeano recoge de su jardín y presenta al monarca como leve muestra de gratitud por el regalo de su cabaña, de su jardín y de todo cuanto posee. Un soberano bondadoso no rechazaría el obsequio si se le ofrecía con humildad, aunque las flores fueran comunes y aunque su propio jardín contuviese las más raras y finas; pero si el aldeano las presentara para ganarse el aplauso de sus vecinos o creyendo que hacía al rey un gran favor, tanto la ofrenda como el oferente merecerían ser rechazados. ¿Y serán aceptados los que dan dinero para el servicio de Dios con tal espíritu? Cornelio dio limosnas del desbordamiento de un corazón agradecido, por lo cual el ángel le dijo: «Tus oraciones y tus limosnas han subido para memoria delante de Dios» (Hechos 10:4). La viuda pobre dio sus dos blancas con un solo ojo puesto en la gloria de Dios: dio con ellas su corazón, o no se habría dicho de ella: «Ha dado más que todos». María derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús con profundo sentido de su propia indignidad y del precio de su Salvador; por eso Jesús aceptó el servicio y ha hecho que se lo recuerde a través de todas las edades. Todo cuanto hagamos por un sentimiento de amor agradecido a aquel que dio su vida por nosotros, será recordado por Dios, cuando los dones costosos de la ostentación queden sepultados en eterno olvido.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ forbids ostentation in GIVING

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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