Patmos

Dios mismo: el centro de la felicidad aquí y en el cielo

El mismo Dios que será el centro de la dicha celestial debe ser ya el centro de nuestra felicidad terrenal; la esencia del Cielo no es el paisaje, sino la semejanza a Dios y el servirle con amor que no decae.

¡Lector! Si esperas tomar tu lugar como adorador en el Santuario celestial, ese mismo Ser Divino que formará el centro y el foco de tu dicha allá, debiera formar el centro y la sustancia de tu felicidad aquí. Pon a prueba la realidad de tus esperanzas por esto. ¿Qué es lo que te atrae al Cielo? ¿Es alguna idea soñolienta e indeterminada de esplendor material—un lugar de exención del dolor y el sufrimiento, donde todo deseo se satisface, y la misma fuente de las lágrimas se ha secado? Esto puede ser, y sin duda será, todo verdad. Pero, ¿son deseables sus Mansiones porque son la morada de tu Dios? Si en este momento quedara despojado de todos sus otros atractivos, ¿bastaría saber que "Dios estará con ellos y será su Dios"?

Este fue el Cielo de David: "Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza". Este fue el Cielo de Asaf: "¿A quién tengo yo en los cielos sino a Ti? y fuera de Ti nada deseo en la tierra". Este fue el Cielo de Pablo: "Deseando partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor". Este fue el Cielo de Juan: "Aún no se ha manifestado lo que seremos, pero sabemos que cuando Él se manifieste seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es". ¡Sí! Es interesante notar de manera especial que para este poderoso contemplador de Patmos, a quien, en su apocalipsis, habían sido reveladas tantas visiones de deslumbrante belleza, el Cielo no consistía en estas cosas—ni en paisajes, ni en ningún elemento externo de dicha; sino que la esencia de su felicidad y gloria era la semejanza a Dios—servirle a ÉL con un fervor que nunca se cansa, y un amor que no conoce languidez ni decaimiento.

¿Qué diremos, pues (al resumir estas observaciones), de esta morada del Israel redimido de Dios—este hogar de la Iglesia triunfante? ¿No hay nada en toda su dicha sin fin que encienda nuestra ambición? ¿Las arpas de aquella multitud innumerable; estas fuentes perennes de agua; estas palmas siempre verdes; estos tronos siempre resplandecientes; el pensamiento del dolor terminado; los sufrimientos olvidados; las lágrimas enjugadas; los ángeles como compañeros; sobre todo, de Dios mismo nuestro eterno Amigo y porción—no nos impelen a romper las cadenas hechizantes de la tierra, y a sentir como si no hubiera nada digno de vivirse en comparación con esto?

Se cuenta de Anaxágoras, el filósofo, que una noche, mientras estudiaba las estrellas, sus conciudadanos vinieron a conferirle una herencia, en señal de aprecio por su genio. Su respuesta fue: "No la deseo—estos cielos son mi país". ¿Podemos decir lo mismo en un sentido más grande y divino? ¿Son todos los goces terrenales, y los honores, y los placeres un juguete, comparados con lo que la fe despliega en los esplendores de la inmortalidad? Ojalá pudiéramos elevarnos así a la plena realización de aquella herencia gloriosa, cuyas bendiciones inestimables pueden ser heredadas por todos por la sangre del Cordero. Hay vestiduras blancas para todos—palmas para todos—coronas para todos—Cielo para todos. Esta visión es uno de muchos campanillos de las campanas de la Gloria, que congregan a los adoradores redimidos a la gran fiesta. Escuchemos el llamamiento. Vistamos ya nuestras ropas festivas, y prepáremonos a tomar nuestro lugar entre la muchedumbre que se regocija.

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: THE WHITE ROBES AND LIVING FOUNTAINS OF WATER — Parte 3

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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