Un discurso sobre las aflicciones

Dios nos disciplina para nuestro provecho y santidad

Dios nos disciplina toda la vida con sabiduría perfecta y para nuestro verdadero bien, guiándonos mediante la aflicción a la santidad que perdimos en Adán.

Se sigue también que el alma racional es más excelente que los cuerpos que recibimos de los padres terrenales; y por tanto debemos mayor sumisión y reverencia a Dios y a sus castigos que a los que solo han sido padres de nuestros cuerpos, como lo da a entender la interrogación: «¿No estaremos mucho más sujetos al Padre de los espíritus, y viviremos?».

(3.) «Y viviremos»; o sea, para que vivamos. Este es un argumento tomado del galardón de un sufrimiento paciente. El apóstol parece referirse tácitamente a la promesa de vida para los hijos que honran a sus padres. Así como se les prometió una vida temporal, así se promete una vida espiritual y eterna a los que obedecen con paciencia bajo la mano de Dios. Como en Israel los que despreciaban las reprensiones de sus padres eran apedreados sin piedad, así hará Dios con los que patean contra su disciplina y no sacan provecho de su vara.

Las correcciones producen vida, no de manera meritoria, sino instrumental. Si, pues, reconocemos a Dios como Padre, debemos conducirnos ante él como a nuestro Padre. Si deseamos una vida feliz y eterna, debemos sujetarnos a su mano providente, reconocer la justicia de su disciplina, y cuanto más excelente sea la paternidad de Dios, más reverente ha de ser nuestra sumisión.

En el versículo 10, el apóstol urge más la exhortación, a partir del modo en que Dios procede con nosotros, distinto al de los padres terrenales, y de su propósito en ello: «Porque ellos, por pocos días, nos castigaban como a ellos les parecía; pero él, para nuestro provecho, para que seamos partícipes de su santidad». Esto lo hace comparando al Padre celestial con el padre terrenal, y nos da a conocer que el propósito de Dios, en aquellas aflicciones que parecen más amargas, es llevarnos a aquella santidad que perdimos en Adán.

1. En verdad, ellos por pocos días nos castigaron. O bien la muerte los priva de su autoridad, o el crecimiento de sus hijos los exime de padecerla. Los padres solo se cuidan de corregir a sus hijos durante la flaqueza de su niñez, cuando, por ignorancia e inexperiencia, son incapaces de conducirse a sí mismos. Tienen, pues, necesidad de sus padres para formar su entendimiento y producir en ellos aquellas impresiones con las cuales puedan gobernarse el resto de sus vidas. Pero cuando han llegado a los años de discreción, se les deja gobernarse según su propio juicio, sin usar la vara para suplir la falta de su entendimiento; de modo que las correcciones de los padres terrenales son solo por pocos años, un breve tiempo.

Observación.

1. Por aquí se muestra la ventaja de la disciplina de Dios sobre la de los padres terrenales. Dios continúa su cuidado sobre nosotros toda nuestra vida en la tierra, mientras tengamos necesidad; ejerce una providencia mayor sobre nosotros que la que los padres terrenales ejercen sobre sus hijos.

2. Por aquí el apóstol nos consuela. Es solo por un breve tiempo que Dios nos sujeta a castigos; únicamente aquella parte de nuestra vida que hemos de pasar en la tierra, que es un tiempo pequeño comparado con aquella eternidad en la cual estaremos exentos de sufrir; guarda con la eternidad una proporción infinitamente menor que la que el instante más breve guarda con todo el tiempo desde la creación hasta el fin del mundo; de modo que el tiempo del castigo del creyente es más corto que el de los hijos bajo sus padres. Y en ello se manifiesta la bondad y el amor de Dios, que trata a sus hijos con más favor en cuanto al tiempo de su corrección que el mejor padre del mundo puede hacer.

2. El motivo y la regla que los padres a menudo siguen al castigar a sus hijos: «como a ellos les parecía mejor». A menudo atienden más a sus propias pasiones que al provecho de sus hijos, y corrigen más veces con ira que con razón. Al no tener otra ley que su propia voluntad, su juicio se engaña con facilidad, de modo que sus correcciones a menudo perjudican a sus hijos en lugar de aprovecharlos, sea cual fuere su intención, ya sea por error en la naturaleza de las cosas por las cuales los castigan, o por la medida y el modo indiscreto de su castigo.

(1.) Errando en cuanto a la naturaleza de las cosas por las que castigan a sus hijos. Los padres se esfuerzan por formar a sus hijos en aquello que juzgan mejor y más provechoso para ellos en esta vida; pero sus juicios a menudo se equivocan, como un padre avaro, que no reconoce otra felicidad que la riqueza, inculcará en su hijo tales enseñanzas hasta hacerle pensar que nada es injusto si resulta provechoso y enriquecedor. Un hombre ambicioso procurará imprimir en sus hijos los sentimientos del honor mundano. Un padre supersticioso corregirá a su hijo por no conformarse a aquel modo de culto al que él mismo está entregado. Así, los padres a menudo usan su poder para extinguir los buenos principios en sus hijos y desalentar en ellos los comienzos de la virtud.

(2.) Errando en la medida y el modo de su castigo. ¿Cuán a menudo buenos padres son arrebatados por la ira en las correcciones que infligen? Otros, por un cariño indulgente, lo descuidan por completo y dan rienda suelta a las necedades de sus hijos. Pero los castigos que Dios inflige son de otra manera:

él tiene un conocimiento perfecto de todas las cosas,

no está sujeto a pasión alguna,

nunca aflige sino cuando hay necesidad,

nunca castiga sino para el bien de ellos.

Dios, siendo infinitamente sabio, no puede errar en su juicio de lo que nos es necesario; no está sesgado por afectos débiles. David reconoció esta sabiduría de Dios: Salmo 119.71: «Bueno para mí es haber sido afligido, para que aprenda tus estatutos». Dios es sapientísimo, y prevé el mal al que somos propensos, y lo previene mediante la aflicción. Envía a Pablo una espina en la carne, no tanto para corregir una falta presente como para prevenirla, 2 Corintios 12.7, para que no se exaltara desmedidamente.

Fuente y atribución

Autor original: Stephen Charnock

Título original: A Discourse on Afflictions — parte 7

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Stephen Charnock, publicado originalmente en Grace Gems.

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