El Peregrino de Sion

Dios reclama a un hijo en pura misericordia

Una madre pierde a su único hijo; el peregrino y su guía consideran cómo, en el marco del pacto, aun la muerte de un niño es misericordia: recobra el corazón de la madre entregado a la criatura y conduce al pequeño, fuera del alcance del mal, al hogar del Padre.

Mi amigo continuaba su discurso cuando un alarido proveniente de una ventana de la calle, acompañado de una voz de angustia, lo interrumpió. Oímos el clamor lamentable: «¡Mi hijo ha muerto!», y nos apresuramos hacia la puerta para averiguar la causa de aquel dolor. Al preguntar, supimos que era el único hijo de una madre afectuosa, que acababa de exhalar su último aliento entre sus brazos. ¡Ay!, pensé, el caso de Raquel no es singular; la misma voz que se oyó en Ramá resuena por todo el mundo. La madre afligida rechaza el consuelo, porque el hijo ya no está.

—Mira aquí, hermano mío —exclamó mi compañero, tomándome del brazo y conduciéndome, mientras lo decía, casi involuntariamente calle abajo—; mira aquí una ilustración de nuestro tema. Supongamos solamente que esta madre afligida es una mujer engraciada, y me atrevo a afirmar que su historia, tarde o temprano, probará la verdad de todo cuanto he venido diciendo. En el primer arrebato de dolor quizá no se da cuenta de ello, pues la naturaleza es naturaleza, y se le permite expresar, siquiera sin murmurar, sus penas. Pero supón que tú o yo recibiéramos permiso para visitarla en algún momento posterior: ¡qué distintos hallaríamos sus sentimientos! Prueba evidente de que es el estado de la mente, y no la aflicción misma, lo que marca la diferencia; y cuando el designio llega, como ha de llegar a toda alma engraciada, en el marco del pacto, ni la sabiduría reunida de hombres y ángeles podría haber ordenado un suceso tan adecuado, capaz de responder al propósito de Dios en sus misericordiosas disposiciones para con ella. Por doloroso que fuera, no podía prescindirse de él. Considerémoslo por unos momentos, en lo que se refiere a ella misma y en lo que respecta al niño.

—En lo que se refiere a ella misma. Es más que probable que este amado, este único hijo, le robase el corazón entregado al Señor. Acaso sus visitas al trono de la gracia se hicieron menos frecuentes que antes; acaso la preocupación por el futuro sustento de esta criatura la llevó a omitir o menguar sus limosnas a los pobres, a cuestionar las providencias de Dios, a volver más terrenales sus afectos y más sazonada de las cosas del tiempo y de los sentidos su conversación; y, en suma, a inducir una serie de conductas que todo tendía a alejar el corazón de Dios, en lugar de conducirlo (como debiera haber sido) a Dios. ¿Y no fue, piensas, uno de los más escogidos favores de David el quitar la causa de todo este mal? ¿No era tiempo de que Dios reclamara su don, cuando ese don formaba una nube en la mente que ocultaba la mano del dador?

—Y en lo que respecta al dulce niño. Supongamos lo más favorable que quepa suponer: que era un niño de gracia, un niño de muchas oraciones. ¿Acaso han cambiado «las misericordias fieles de David» porque esas oraciones hayan sido respondidas, y Jesús haya recogido a un cordero de su rebaño, fuera del alcance del león rondante o del oso enfurecido? Decid, soldados largo tiempo probados y ejercitados del ejército del Redentor: ¿son tan deseables el calor del estío y el frío del invierno, los furiosos asaltos del enemigo por fuera y las penosas temores por dentro, que lamentéis el cierre de la campaña? ¡Oh, cuánto más bien al contrario! ¿Y quién sabe si el Señor engraciado, leyendo en el índice todo el volumen de la vida de este niño, con misericordia cerró el libro, para detener de una vez la ansiedad de la madre y el sufrimiento del hijo! He aquí, pues, todo un capítulo de misericordias: misericordias para los mayores y misericordias para los pequeños; ¡y nada sino misericordia para todos, tanto en el tiempo como en la eternidad! ¿Y dónde está el padre cruel que retardaría el vuelo de su hijo en tales circunstancias, y le impediría alzar el vuelo para ir al encuentro del Señor en los aires? Ciertamente, podría decir el niño, en justa reprensión a tan equivocado cariño: «Si me amaras, te alegrarías, porque voy al Padre».

—¿Y qué si invertimos las circunstancias (pues la gracia no es hereditaria)? Que determine aquel padre, pues nadie más puede determinarlo, lo que ha de ser ver a un hijo sin gracia creciendo en la vida, a pesar de todas nuestras advertencias y de todas nuestras oraciones, ajeno a la vez a su paz presente y a su felicidad futura. ¡Oh, cuán terrible!

Fuente y atribución

Autor original: Robert Hawker

Título original: Zion's Pilgrim — THE DEAD CHILD

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Robert Hawker, publicado originalmente en Grace Gems.

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