Pequeñas zorras

Domando el zorro del murmurar y el regaño

Una reflexión sobre los zorros gemelos de la murmuración y el regaño: cómo la queja puede servir como válvula de seguridad o convertirse en un hábito destructor, y cómo el cristiano debe transformar el descontento en labor reformadora en vez de limitarse a lamentarlo.

Vinculamos a estos dos zorros porque son tan parecidos entre sí como hermanos gemelos, que, en efecto, lo son. Por lo general — aunque no invariablemente — cazan en compañía, y pueden reconocerse por sus ceños fruncidos y su comportamiento fiero. El zorro murmurador se distingue por su gruñido constante, y el zorro regañón por su ladrido mordaz. Forman una pareja poco agraciada, y como se parecen tanto, sin embargo, solo necesitamos ocuparnos de uno. ¿De cuál? Supongamos que tomemos al MURMURADOR.

Tras semejante introducción, nadie esperará que digamos una sola palabra en defensa del murmurador, y, con todo, eso es lo que pretendemos hacer. Pues, a pesar de su apariencia incómoda y de lo indeseable de su compañía, hay algo que decir en su favor. Si lo cuestionamos, preguntémonos cuál habría sido la condición presente del mundo — si nunca hubiera habido murmuradores en él — nadie que estuviera insatisfecho con las cosas tal como las encontraba.

De no haber habido murmuradores entre los hombres, aún estaríamos en la Edad Oscura, sin casas, caminos, medios de transporte, comodidades ni conocimientos. «Pero los hombres que nos han dado estas cosas no eran simples murmuradores.» Exactamente así; teníamos intención de hacer precisamente esa observación al final del capítulo. Pero por ahora baste decir que la murmuración ha hecho el bien y, bajo las debidas restricciones, aún puede hacerlo.

Entre los ingleses la murmuración es a menudo una válvula de seguridad. Nosotros murmuramos y conservamos nuestra lealtad, mientras que nuestros amigos al otro lado del Canal guardan silencio un tiempo y de pronto estallan en revolución. Nuestra murmuración nos alivia — mientras que por falta de ella se rebelan. Además, la libertad que nos permite murmurar de nuestros abusos los reduce y eventualmente los destruye, y así se evitan consecuencias más graves.

En conjunto, pues, nos parece claro que este zorro murmurador no debe ser echado de la viña, sino más bien bien adiestrado, bien sujeto dentro de los límites apropiados y convertido en nuestro siervo más que en nuestro amo. Sugerimos algunas INDICACIONES.

1. No murmure con demasiada frecuencia ni con demasiada fuerza. «Es la peor rueda la que más chirría.» «El exceso deshace.» Y en nada es esto tan cierto como en la murmuración.

Hace poco, el autor visitó a una dama de su conocimiento y la encontró muy alterada. Resulta que la probaba una sirviente descuidada y desordenada, lo cual, siendo ella misma un modelo de pulcritud y orden, era en verdad una dura prueba. Enseguida empezó a relatar sus pesares — así:

«Nunca Job fue probado como yo lo soy. Aquí llevo intentando e intentando enseñar a mi sirviente algo de orden, y no puedo. Si he de juzgarla por sus actos, cree que el lugar adecuado para la cacerola es la alfombra del salón, y que los mejores atizadores deben primero limpiarse bien y luego guardarse con cuidado en la bodega. Esta mañana la he llamado cincuenta veces, si la he llamado una.»

Haber hecho cualquier observación que pusiera en duda la cordura de la dama habría sido descortés — pero sí reflexionamos mentalmente en que debía de ser una sirviente muy hábil, en verdad, para que la llamaran cincuenta veces en una sola mañana y aun así hiciera su trabajo. ¿No eran cincuenta veces más bien demasiadas? Pero quizá la dama estaba un poco alterada y en realidad quiso decir quince o veinticinco veces. Sea como fuere, había murmurado hasta agotar la posibilidad de mejora de su sirviente. Pues cuando luego estuvimos con la chica, la encontramos llorando y exclamando: «¡No hay manera, no puedo complacerla, y no lo voy a intentar!»

En esta época, quizá, los padres que no son lo suficientemente exigentes con sus hijos son más comunes que los que lo son en exceso; pero el espíritu murmurador a veces se apodera de manera funesta del corazón de un padre o de una madre. Hace poco me dijo un joven: «Estaría muy contento de ganar la aprobación de mi padre, pero me resulta imposible. Siempre está encima de mí. Cuando aparezco por la mañana, murmura de mis botas sucias; o, si están limpias, de mis cordones desordenados; o, si no hay nada mal en mis pies, murmura de algo que anda mal en mi cabeza. Es tan meticuloso que nada se le escapa, y murmura tan fuerte por un pelo fuera de lugar como por la pérdida de cien dólares.»

Por lo que sabemos del padre del joven, tememos que esto sea cierto. Sin embargo, cuando está fuera del alcance de oídos de su hijo, habla bien de él y sabe muy bien que es un joven digno.

Pero no necesitamos multiplicar los ejemplos; ocurrirán a toda mente. Lo que quisiéramos es sugerir, a todos los que corresponda, la vieja máxima — «con mesura y suavidad.» Recordemos, aun en nuestras murmuraciones legítimas, las cortesías de la vida, esa generosidad verdadera que es marca de nobleza de espíritu; y, sobre todo, nunca llevemos nuestras murmuraciones demasiado lejos. Lo cual nos lleva a decir —

2. No contraiga el hábito de murmurar. Como otros hábitos, crece, y como otros hábitos, al final nos sujetará. La única manera de evitar llegar al término es abstenerse de tomar un billete y convertirse en pasajero diario.

El lector recordará, quizá, como nosotros, a muchos cristianos por lo demás estimables que están completamente echados a perder — tanto para su propio bien como para el de otros — por el hecho de que este desagradable zorro pequeño anda siempre tras sus pasos. Como un mendigo ciego va siempre acompañado de su perro — así ellos de este zorrillo malsano. Está siempre mordiendo a las nubes por tapar el sol y hacer tanto frío; o refunfuñando al sol por brillar y hacer tanto calor; o quejándose del cura por predicar tan largo; o criticándolo por no terminar su sermón cuando estaba en ello. No hay manera de satisfacerlos. Cuando les propones un nuevo plan, ves el rostro alargarse y el mazo de la crítica alzarse para el golpe. O, que como moscas, buscan la parte dolorida, y cuando la han encontrado — como sin duda la encontrarán — en ella se posan. Y puesto que con ellos es «Quiéreme — quiere a mi perro», y puesto que no puedes amar a su zorro, te ves obligado a evitar al amo, por mucho que en ciertos respectos lo estimes. Como ningún hombre que se hace desagradable puede hacer mucho bien — el murmurador destruye su propia utilidad.

En muchos casos esto es principalmente resultado del hábito; no nace de un corazón malintencionado. Quizá, sin embargo, el murmurador se hace más daño a sí mismo que a otros. Amarga su propia vida, daña su felicidad y atrae sobre sí males de los que una disposición más feliz lo libraría por completo.

Podemos sugerir no solo que los murmuradores pueden atraer el mal sobre sí, sino también que algunas de las personas y cosas de las que murmuran pueden ser, al fin y al cabo, mejores de lo que ellos suponen.

3. No sea usted un SIMPLE murmurador. Insinuamos antes que haríamos esta observación, y aquí está. Ese espíritu que en mentes pequeñas y viles se disipa en encontrar defectos, se transforma — en mentes más amplias y nobles — en labores abnegadas y actividades fervientes que tienen por objeto la eliminación de aquellos males de los que los simples murmuradores solo se quejan. Así fue con Wilberforce, Clarkson y otros que atacaron y destruyeron la trata de esclavos. Muchos habían murmurado de ella; así, quizá, lo hicieron ellos; pero hicieron más.

La murmuración puede a veces servir a un buen propósito — o puede convertirse en una plaga; así como el vapor puede impulsar el tren — o se le puede permitir escapar, con continuo siseo, por una perforación de la caldera. En el primer caso, es un gran poder para el bien; mientras que en el segundo, es una molestia inútil. Igualmente, un reformador de abusos es una bendición nacional — mientras que un simple murmurador es un tipo mezquino.

Un viejo campesino me dio una vez un buen consejo que nunca he olvidado:

«Hay dos cosas — dijo — de las que nunca deberías murmurar: primero, de las cosas que puedes cambiar; y, segundo, de las cosas que no puedes cambiar. Si puedes cambiarlas — entonces cámbialas. Y si no puedes cambiarlas — entonces déjalas estar.»

—Pues entonces nunca murmuraremos de nada — respondí.

—¡Exactamente! — dijo él.

«No os quejéis unos de otros, hermanos.» Santiago 5:9

Fuente y atribución

Autor original: John Colwell

Título original: CHAPTER 3. GRUMBLING AND SCOLDING.

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John Colwell, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura