La vida de Cristo para cada día

Dos monedas que valen más que toda la riqueza

Jesús contempla a una viuda pobre que echa dos pequeñas monedas y la alaba, porque dio todo lo que tenía, a diferencia de los ricos.

Se acercaba el tiempo en que el Señor Jesús dejaría el templo, para no volver jamás. Antes de dejarlo, se sentó un rato en el atrio llamado atrio de las mujeres. El atrio interior se llamaba atrio de Israel, y allí nadie tenía permitido sentarse; pero en el atrio de las mujeres se permitía sentarse. Bajo las columnas que adornaban el atrio se habían colocado once arcas, y sobre cada arca estaba escrito el destino al que se aplicaría el dinero echado en ella. Ninguna era para el socorro de los pobres; todas estaban apartadas para el suministro de los diversos sacrificios y servicios del templo.

El pueblo presentaba sus ofrendas a la vista de Jesús. Muchos que eran ricos echaban mucho. Es probable que estos ricos fueran fariseos. El Señor los había reprendido poco antes por su codicia. Ahora no aplaudió su liberalidad. Él sabía que, aunque daban mucho, guardaban más. Veía también sus motivos y conocía sus prácticas secretas. Pero mientras pasaba por alto a los ricos, su ojo se posó sobre una cierta viuda pobre, que echó dos pequeñas monedas, que hacían un cuadrante. Se dice en un lugar que dos gorriones se venden por un cuadrante; aquel cuadrante era la cuarta parte de un penique; este cuadrante era la cuadragésima parte de un penique, la cuadragésima parte del jornal de un jornalero.

Muy poco se registra acerca de la viuda pobre; ni su nombre, ni su linaje, ni su historia, ni su morada. Pero ella era bien conocida por Jesús. Él no solo sabía lo que echó en el tesoro, sino también que no le quedaba nada. Conocía todas sus circunstancias en esta vida: la profundidad de su pobreza y cómo había caído en ella. Puede que fuera víctima de uno de aquellos fariseos orgullosos que devoraban las casas de las viudas. Él conocía no solo sus circunstancias, sino su corazón: los sentimientos con los que se acercó al tesoro y echó sus monedas. Puede que acabara de recibir algún gran libertamiento y que testificara su gratitud con su ofrenda. Puede que, como la anciana Ana, derivara su principal consuelo de asistir a los servicios del templo, de escuchar los salmos cantados de continuo entre sus muros y de unirse a la adoración que acompañaba las ofrendas diarias. Es probable que hubiera oído las palabras graciosas del Salvador en aquel lugar sagrado y hubiera hallado salvación por la fe en su nombre. Debió ser creyente en las promesas de Dios, o no podría haber presentado una ofrenda aceptable, pues está escrito: «Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín» (Heb. 11). Los pobres creyentes todavía presentan sus cuadrantes al Señor; sus pequeñas monedas son aún preciosas a su vista. Pueden no ser notados por los hombres, pero no pasan inadvertidos para Dios. Él sabe de dónde viene todo el dinero que entra en su tesoro; y puede distinguir la guinea que cae de los cofres rebosantes de un rico, del último cuadrante de un pobre. Ha habido algunos en nuestros días que han mostrado la misma fe que animaba a la viuda. Hubo un hombre que gastó todo lo suyo yendo de ciudad en ciudad, de país en país, para abogar por las almas de los pobres. Doquier iba, movía a sus hermanos cristianos a formar misiones urbanas que penetraran en toda morada oscura de ignorancia y miseria. Murió en la flor de sus años y de sus labores, y no dejó ni para procurarse la mortaja, y mucho menos para sostener a su familia infantil. Pero Dios levantó amigos que lo enterraron honrosamente y proveyeron con comodidad para su viuda y sus pequeños. Nuestro Señor graciosamente es fiel y nunca desampara a los que ponen en él su confianza. Podemos estar seguros de que la viuda que echó todo su vivir en el tesoro no fue dejada para desfallecer de necesidad al día siguiente. Y todo el que tenga fe para actuar como ella, será aprobado como ella, sostenido como ella, y en el día postrero reconocido como ella lo será.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: to end. Christ commends a poor widow

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura