«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.» (Filipenses 4:6-7)
Diariamente, con mis ansiedades inquietas, ¡cómo desacredito estas verdades que confortan y serenan el alma: que Dios cuida de su pueblo, que sus asuntos son los suyos, y que los guarda como a la niña de su ojo!
Si un Sansón de corazón bondadoso caminara conmigo por el sendero, y tomara mi carga de mis espaldas, y la llevase sobre sus robustos hombros, ¿no sería impertinente que yo corriera y procurara sostener la carga, aun cuando me lo prohibiera? Así también, Dios me ha mandado echar toda mi ansiedad sobre él, con esta dulce seguridad: que él cuida de mí.
No tiene más necesidad de mi cuidado añadido al suyo, que la que tiene de mi ayuda para sostener los pilares del mundo. Aunque echar mi carga sobre el Señor no suple una moderada preocupación ni el uso de medios lícitos, sin embargo debo echar mis ansiedades sobre Dios como si ya no tuviera nada que ver con ellas. ¡Oh, cuán distinto de un hijo de Dios, de un heredero de la gloria, es tener tantas ansiedades y presentimientos inquietantes acerca de las cosas del tiempo!
Mis ansiedades pueden multiplicarse, mis asuntos pueden crecer, pero nunca serán demasiados para Dios. Él ha llevado las ansiedades de su pueblo a lo largo de muchas generaciones, y bien puedo yo echar todas las mías sobre él. El cuidado de Dios para conmigo es siempre productor de bien; pero mi preocupación y desconfianza nada aprovechan, sino que dan dolor presente y decepción futura. Cuando Dios reclama bondadosamente como su provincia el cuidar de mí, ¿por qué habría yo de invadir su provincia con excesiva preocupación y cuidado de mí mismo? Él es una Roca, y su obra es perfecta, sin mi preocupación. Cuanto más fuerte sea mi fe en Dios, menos preocupación tendré por mí mismo. Cuando me preocupo por mí, estoy distraído por dudas e incredulidad; pero cuando echo mis ansiedades sobre Dios, en los ejercicios de una fe vigorosa, tengo paz y sosiego del alma.
Si el rey de Gran Bretaña me enviara un mensaje: «No te preocupes, porque yo proveeré para ti y los tuyos», ¿no debería yo confiar en la promesa real y considerarme seguro? Entonces, ¿son la promesa, la compasión, el tesoro y la fidelidad del Rey de los cielos menos dignos de confianza que los de cualquier rey terrenal? Su cuidado se ha extendido a una numerosa estirpe de mis antepasados, desde que Jafet salió del arca, y a través de la oscuridad pagana y el engaño papista, me ha conducido a la luz clara del evangelio. A su cuidado infalible, tanto en lo que respecta al alma como al cuerpo, bien puedo confiarle mi posteridad hasta el fin de los tiempos. Su cuidado me formó en el vientre de mi madre, y no me abandonará ahora que estoy cerca de ser puesto en mi sepulcro.
No sé hasta dónde debería extender mi cuidado, porque no sé cuánto tiempo viviré. Ahora, mis ansiedades son en su mayor parte por acontecimientos y tiempos venideros, y sin embargo no puedo jactarme del mañana. Por tanto, como ningún tiempo es mío sino el presente, así no debería tener ansiedades por el futuro.
Si me rozara la carne hasta los huesos con la preocupación, no alteraría el plan de la providencia para conmigo. Por tanto, la fe fuerte y la entera resignación a la disposición de Dios son a la vez mi deber indispensable y mi mejor sabiduría.
«Por nada estéis afanosos» es un mandato tan amplio y extenso como amable y lleno de gracia. Esto es: no tener preocupación ansiosa por los tiempos futuros, pérdidas aparentes, amigos y parientes, esposa o hijos, viuda u huérfano, casa u hogar, comida o vestido, pobreza o reproche, enfermedad o muerte.
Tan a menudo mi preocupación no ha producido sino dolor e inquietud, que ya es hora de que me avergüence de ella y la abandone por completo. Y tan a menudo la providencia de Dios ha hecho maravillas por mí, me ha guardado para bien y ha hecho todas las cosas bien, que ¡puedo echar cada ansiedad sobre él con confianza y gozo!
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: On casting our care on God
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.