El Señor (hablamos con reverencia) no se deja alcanzar al principio. Cuanto más el alma le sigue, más parece retirarse, y así la atrae con mayor vehemencia en la persecución. Él quiere ser alcanzado al fin: es su propia obra bendita en la conciencia encender deseos fervientes y anhelos tras él; y por eso pone fuerza en el alma y «hace los pies como pies de cierva» para correr y proseguir la persecución. Pero con el fin de avivar el deseo ardiente y encender con mayor intensidad la ansiedad creciente, el Señor no se deja alcanzar sino tras una persecución larga y ardua.
Esto está dulcemente representado en el Cantar de los Cantares. Allí el Señor viene a su esposa, pero ella no quiere abrirle hasta que «él mete su mano por la abertura de la puerta». No se levantó a su primer llamado, y por eso él se ve obligado a tocarle el corazón. Pero «cuando abrió a su Amado, él se había ido»; y no bien se retira, ella le persigue, pero no le halla; él se esconde de su vista, la hace dar vueltas y vueltas alrededor de los muros de la ciudad, hasta que al fin le alcanza y encuentra a aquel que ama su alma. Esto muestra dulcemente cómo el Señor atrae al alma anhelante tras sí.
Si pudiéramos obtener de inmediato el objeto de nuestra búsqueda, no lo gozaríamos ni a medias cuando lo alcanzáramos. Si con un solo deseo pudiéramos hacer descender al Señor al alma, no sería más que el deseo perezoso del indolente, que «desea, y no tiene». Pero cuando el Señor sólo puede ser obtenido mediante una búsqueda ardua, toda facultad del alma queda comprometida en el anhelo de su presencia manifestada; y esta fue la experiencia del salmista cuando clamó: «Mi alma está pegada a ti».
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: April 28
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.