¡Cuántos grandes genios han empleado sus nobles talentos en temas de amor humano! Y con sus floreadas expresiones elevan la dicha imaginaria en esas escenas lúbricas a tal altura, ¡como si nada más sublime pudiera perseguir un alma inmortal! Y con cuánta facilidad tales temas triviales se adueñan de las mentes carnales, la triste experiencia puede convencernos. Pero ¿dónde está aquel que se detiene en el Amante divino y se extiende sobre su gracia incomparable, con trazos que derriten el alma de asombro y arrobamiento? ¡Cuántas veces el poeta, en su peán a una belleza creada, se excede de la verdad, habla al azar, sí, divaga por encima de la posibilidad misma! Pero aquí, en el amor del Hijo de Dios, nunca podemos excedernos. ¡Es más alto que el cielo, y le trajo del seno de su Padre a nuestra tierra! ¡Es más profundo que el infierno, y nos sacó de allí! ¡Es más extenso que el mar, y nunca puede agotarse! Más ancho que la tierra, y nunca puede describirse. ¡Con cuánto ardor ardía aquella llama celestial, aun «cuando los dolores de la muerte le rodearon, cuando los dolores del infierno se apoderaron de él»!
¡Cuánto han adornado el arte y la oratoria los amores humanos! ¡Qué relatos sorprendentes se han escrito de los amores de los príncipes! ¡Y qué páginas se han llenado con las ficticias aventuras de los enamorados! Pero ¿qué se ha dicho con provecho del Amante Supremo, que amó a los suyos hasta el fin, en la hora de la muerte, en los dolores de la disolución, y en medio del más agudo sentido de la ira de su Padre Todopoderoso? Esto es lo que ningún mortal jamás pudo hacer; pues la muerte arroja otro tema en su mente, y al expirar su aliento, perecen sus pensamientos. La muerte, en la persona que ama o es amada, pone fin al afecto más fuerte, aunque su memoria pueda ser querida; pero la muerte no puede separar de su sagrado amor.
Nunca hubo tal desproporción entre las partes que aman y son amadas como aquí; no, ni aun cuando los reyes escogieran a sus reinas del muladar. Aquí el Príncipe de paz, el Rey de reyes, la flor del paraíso, el predilecto del amor de su Padre, la imagen misma de su persona y resplandor de su gloria, el heredero de todas las cosas, el Dios eterno, ama a una criatura fea, deforme y miserable, a un gusano que se arrastra, a un criminal condenado, a un deudor insolvente, a un rebelde contra el cielo, a un pecador temerario, a un esclavo del infierno, a un siervo de la lujuria, a un cautivo de Satanás, ¡a un prisionero del abismo! Este es, en verdad, amor; amor que será el asombro de los ángeles y el canto de la iglesia de los primogénitos por todas las edades sin fin.
¡Avergonzaos, célebres bardos! ¿Escogeréis tales temas sin vida, insípidos y moribundos, y descuidaréis la obra de los ángeles, el oficio del cielo? ¡Con cuánto ardor, oh Amante divino!, debería mi alma salir tras de Ti! Anhelo aquel día glorioso, cuando ya no llore más tu ausencia, cuando, admitido en tu presencia, me deleite en todo tu amor y me sacie de todos tus encantos, por los siglos de los siglos.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: The Divine Lover
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.