Pensamientos vespertinos

El amor a Dios como esencia de la verdadera religión

Dios constituyó el amor como alma de la religión y a Él mismo como su objeto supremo, consultando tanto nuestra felicidad como su propia gloria.

En nada ha actuado Dios de manera más digna de su naturaleza que al constituir el amor como alma y esencia de la religión, y a Él mismo como su objeto supremo. Al hacerlo, consultó tanto la felicidad de la criatura como su propio honor; tanto nuestro bien como su gloria. Parecería que, al imponer la obligación y dictar el precepto, tuvo en mira nuestra felicidad por encima de cualquier otro fin. Prescindiendo del honor que le reporta nuestra obediencia, ¿qué provecho podría derivar de nuestro afecto? Siendo Él el mar infinito de amor, lleno hasta la eterna satisfacción de su propia naturaleza, ¿qué bien podría venirle del tributo de afecto derramado por cada corazón? Pero quiere llevarnos al goce más perfecto de sí mismo, conduciéndonos a amarle con un afecto supremo. Quien ama a Dios, anda con Dios, mora con Dios y es semejante a Dios. No ha de ir lejos para hallarle: mire dentro, a su propia conciencia tranquila, recorra las estancias iluminadas de su alma, y allí, al hallar amor, hallará a Dios; pues donde está el amor, allí Dios está entronizado en el corazón.

Es, pues, característica propia de los verdaderos creyentes que aman a Dios. Su amor abraza a cada persona de la Deidad. Amán al Padre, pues a Él deben su don inefable; amán al Hijo, pues a Él deben su redención; amán al Espíritu, pues, habiéndolos renovado, habita en ellos para siempre como su templo. ¡Cuán bienaventurados se sienten amando a Dios en Cristo! ¡Cuán feliz es la emoción divina y celestial que ensancha, purifica y ennoblece el alma! No atribuyen su posesión a mérito alguno en sí mismos, sino que con el apóstol reconocen: «Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero». Su amor al Dios trino es a lo sumo una emoción imperfecta, mezclada con mil flaquezas, indigna de ellos y aún más de Él; pero le aman con sinceridad. Él ha atraído sus corazones, los ha vencido con su gracia, y pueden decir: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti no deseo nada en la tierra».

La inmortalidad del amor a Dios es un pensamiento hermoso de la Escritura. Toda otra gracia cesará, menos el amor. La fe, que ha sido como el ancla del alma en las tormentas más recias, y como brújula que nos ha guiado a puerto seguro, al llegar a la gloria no la necesitaremos más, pues la fe cederá paso a la vista. La esperanza, lucero del alma que iluminó con su brillo suave los cuadros oscuros de nuestra peregrinación terrenal, al llegar a la gloria tampoco la querremos, pues la esperanza terminará en plena fruición. Pero el amor vivirá para siempre. Atravesará con nosotros el oscuro valle, cruzará el río creciente y entrará con nosotros en los reinos de la bienaventuranza eterna, su hogar, de donde vino y a donde vuelve. «Las profecías se acabarán, cesarán las lenguas, el conocimiento se desvanecerá». Pero «el amor nunca deja de ser»: vive para siempre.

Fuente y atribución

Autor original: Octavius Winslow

Título original: Evening Thoughts - April 9

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.

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