Los humildes y negados seguidores del Cordero, que están dispuestos a arriesgar sus vidas por amor de Cristo y de las almas inmortales, son mucho más dignos de ser inscritos en los anales de la fama —no digo que más que los Césares y los Alejandros, que han inundado el mundo con sangre, cuyo recuerdo está hecho para suscitar aborrecimiento más que aplauso— sino más que los más renombrados patriotas o ilustres bienhechores de la humanidad, que han promovido en el más alto grado los intereses temporales de sus semejantes. Por mucho que muchos menosprecien la predicación del evangelio y los efectos que ella produce, esta es seguida de consecuencias infinitamente más trascendentes que las que surgen de las deliberaciones de los senados o de los decretos de los príncipes.
¿Y serán los cristianos, entonces, los únicos hombres justificados en entregarse a la pereza? ¿Serán todos los demás activos y diligentes en promover, de distintas maneras, lo que ellos conciben como su interés, mientras los que se llaman discípulos de Cristo son descuidados e indiferentes respecto al honor de su Maestro y al éxito de su glorioso evangelio? ¡Cuán cierto el dicho de nuestro bendito Señor: "Los hijos de este siglo son más sagaces en su generación que los hijos de luz!" (Lucas 16:8) Avergoncémonos de que nosotros, que profesamos tener en vista objetos tan superiores, seamos tan superados en actividad y celo por los devotos de Mamón, que no aspiran a nada más alto que la consecución de bendiciones que perecen con el uso.
2. La gratitud al Redentor por los beneficios inestimables que ha procurado para nosotros debería excitarnos a buscar las cosas que son de Jesucristo con preferencia a las nuestras. Aun Cristo, se nos dice, "no se agradó a sí mismo" (Rom. 15:3). No buscó sus propias cosas, sino la gloria de su Padre celestial y la felicidad de su pueblo. Él "se hizo pobre, para que nosotros, por su pobreza, fuéramos enriquecidos" (2 Cor. 8:9): se despojó de su gloria, aunque poseía toda la plenitud de la Deidad, tomó sobre sí la degradada forma de siervo, se sometió a la vergüenza, al sufrimiento y a la muerte misma, a fin de librarnos de una miseria inconcebible y sin fin, y elevarnos a la posesión de la gloria y bienaventuranza inmortales. Considerado así, ¡cuán asombrosa es la historia del ministerio personal de Cristo! Bien pudo decirse de él que el celo de la casa de Dios lo consumía (Juan 2:17); pues era su comida y su bebida hacer la voluntad de su Padre celestial y consumar su obra (Juan 4:34).
A menudo se negó a sí mismo los refrigerios ordinarios de la naturaleza, para poder ser útil a las almas de los hombres. En una ocasión, encontrándose fatigado y sediento, se sentó junto al pozo de Jacob y pidió a la mujer samaritana un poco de agua para calmar su sed; negada, al principio, esta nimia bendición, parece, por la conversación que sigue, haber olvidado su sed en su ardiente preocupación por la salvación del alma de aquella pobre mujer (Juan 4:9-26). Y una y otra vez leemos que se retiraba a un monte para orar, y pasaba noches enteras en oración, después de haber empleado el día en la instrucción pública y en actos de beneficencia (Marcos 6:40, Lucas 6:12).
¡Qué modelo para sus seguidores! ¡Y cuán poderoso motivo también para negarnos a nosotros mismos por Aquel que, por amor a nosotros, trabajó, veló, lloró, oró y al final derramó su preciosa sangre! ¡Cuán pobres los retornos que posiblemente podamos hacer por su maravilloso amor hacia nosotros! Pero ciertamente, si queda una chispa de gratitud en nuestros pechos, no podemos dejar de juzgar con el apóstol que "el amor de Cristo nos constriñe, habiendo llegado a esta conclusión: si uno murió por todos, entonces todos murieron. Y Él murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió por ellos y resucitó." (2 Corintios 5:14-15)
Debemos ser llevados irresistiblemente por esta tierna consideración a buscar las cosas que son de Jesucristo, estimando el honor de su nombre y el avance de su reino en el mundo como de consecuencias infinitamente mayores y mucho más deseables que cualquier pequeño interés separado nuestro. Dijeron los judíos cautivos en Babilonia: "Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, olvide mi diestra su destreza. Mi lengua se pegue a mi paladar, si de ti no me acordare, si no enalteciere a Jerusalén como mi mayor gozo." (Salmo 137:4-6). De igual manera dirá el cristiano piadoso: "¡Si alguna vez olvidare tu amor moribundo, oh Emanuel sangrante! Si alguna vez perdiere el sentido de mis infinitas obligaciones para con tu gracia inigualable, olvide mi diestra su destreza. ¡Mi lengua se pegue a mi paladar! Antes morir que no vivir para ti; antes perder las potencias de mi naturaleza racional que dejar de emplearlas en tu servicio. De aquí en adelante tu gloria será mi constante objetivo; tu voluntad mi única regla; y el avance de tu reino, en la estación particular en que tu providencia me haya colocado, el gran negocio de mi vida."
Fuente y atribución
Autor original: David Black
Título original: Seeking the Things Which Are Jesus Christ's — parte 6
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de David Black, publicado originalmente en Grace Gems.