Acabamos de leer cómo Jesús pasó una noche entera en oración, y por la mañana eligió a sus doce apóstoles. Después de elegirlos descendió del monte y halló una inmensa multitud reunida en un llano al pie.
¡Qué escena de sufrimiento debió presenciarse en esta ocasión, y qué escena de gozo debió sucederla cuando la lengua del mudo cantó, y el cojo saltó como el ciervo, cuando las madres vieron de nuevo a sus infantes mustios devueltos a toda la lozanía de la salud, cuando los padres se regocijaron por hijos antes atormentados por demonios, súbitamente vueltos mansos, razonables y felices! Sin embargo, estos cambios son sólo tenues emblemas de las obras gloriosas que ahora se realizan donde el Evangelio se predica con poder; porque de Jesús sale todavía virtud, esto es, un poder divino, y donde su nombre es proclamado, lenguas que estaban mudas en su alabanza se sueltan; pies que no podían caminar por sus caminos se fortalecen; padres contemplan a sus hijos pródigos volviendo al Dios que habían abandonado; y aun los ángeles del cielo contemplan la escena y miran con gozo hacia el tiempo en que los pecadores redimidos serán sus compañeros en el cielo. ¡Oh, bendito Evangelio, que puede obrar tales maravillas! ¡Sea predicado por todo el mundo, y rescate a todo pecador del poder de Satanás!
Probablemente hubo también sanidades espirituales obradas por Jesús en aquel llano; porque la multitud venía no sólo para ser sanada, sino también para oírle. Ésta parecía una oportunidad favorable para predicar un discurso público. Este sermón está registrado por Lucas. Es dudoso que el registrado por Mateo sea el mismo que éste, o que fuera pronunciado en una ocasión distinta. Pero los dos sermones son tan parecidos que será mejor escoger uno solo, y como Mateo da el relato más completo, consideraremos el sermón registrado en su evangelio.
Nunca una congregación pudo tener tales motivos para escuchar a un predicador como el auditorio que rodeaba a nuestro Señor en esta ocasión. ¡Con qué sentimientos de amor agradecido los sufridores recién restaurados debieron mirar a su compasivo Salvador! ¡Y con qué emociones de reverencia y temor los que habían presenciado los milagros debieron contemplar al Señor Todopoderoso! Pero por mucho que debamos admirar el poder mostrado en sus milagros, debemos conmovernos principalmente ante aquel amor que le movía a acoger y aliviar a la multitud sufriente. El corazón egoísta de un hombre caído pronto se cansaría y se asquearía de una muchedumbre tan grande de seres miserables. Pero el Hijo de Dios no se retraía del toque del leproso ni del alarido del endemoniado.
El amor de Jesús salía al encuentro de la miseria del hombre. Así es aun ahora. Su amor se muestra todavía escuchando los clamores de los más abandonados. Aquellos que el hombre orgulloso pisoteara sólo necesitan clamar al Salvador condescendiente, y serán oídos, recibidos y bienvenidos. El mendigo en su choza es visitado, aun el reo en su celda, cuando, en la hora de la angustia, invoca el nombre de Jesús. Si pudiéramos seguir los pasos del Salvador por el mundo, hallaríamos que, mientras pasaba de largo ante muchas mansiones señoriales y muchos grandes palacios, a menudo alegraba con su presencia la choza del esclavo africano, y suavizaba con su amor el duro lecho del pobre moribundo. ¡Cuán bienaventurados son los que siguen los pasos del Salvador, y que se deleitan más en aliviar al que sufre que en brillar en la sociedad elegante y participar de suntuosos banquetes!
Todo el mundo ha oído hablar de Howard, el amigo de los presos; de Wilberforce, el amigo de los negros; y de Ashley, el amigo de los niños de las fábricas; pero hay muchos cuyos nombres el mundo jamás ha oído, que han imitado a Cristo tan fielmente como ellos en labores de amor. Una anciana marginada cierta noche vagó hasta la puerta de una pobre cristiana. La vagabunda era una mendiga, casi una idiota, pero por amor de Cristo fue recibida. Su nueva amiga jamás se cansó de cuidarla, sino que año tras año la sostuvo con el trabajo de sus manos, curándole las heridas con ternura de hermana, y orando con muchas lágrimas por la salvación de su alma. Cuando le preguntaron por qué hacía tanto por una extraña, respondió: «El amor de Cristo me constriñe. ¿No ha dicho él: Trae a tu casa a los pobres desterrados?».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: A multitude of people healed by touching Christ
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.