El amor es comunicativo. Esto es parte de su misma naturaleza y esencia. Su deleite es dar, y especialmente darse a sí mismo; y todo lo que quiere o pide es una respuesta. Amar y ser amado, gozar y expresar aquel afecto ardiente y mutuo con palabras y hechos: éste es el deleite del amor, el cielo del amor. Amar y no ser amado: ésta es la miseria del amor, el infierno del amor. Dios es amor. Ésta es su misma naturaleza, un atributo esencial de su ser glorioso; y como él, el infinito y eterno Jehová, existe en una Trinidad de Personas distintas, aunque en unidad indivisa de esencia, hay un amor mutuo e inefable entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. A este amor mutuo e inefable de las tres Personas en la sagrada Deidad la Escritura abunda en testimonio: «El Padre ama al Hijo»; «Y los has amado como me has amado a mí»; «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.» Y así como el Padre ama al Hijo, así el Hijo ama al Padre: «Para que el mundo conozca que yo amo al Padre», son sus propias benditas palabras. Y que el Espíritu Santo ama al Padre y al Hijo es evidente no sólo por su personalidad divina en la Deidad, sino porque él es esencialmente el «Espíritu de amor» (Ro. 15:30), y como tal «derrama el amor de Dios en nuestros corazones» en la elección de la gracia.
Así, el hombre no era necesitado por la santa y siempre bendita Trinidad como objeto del amor divino. Suficiente, eterna y abundantemente suficiente, para toda la dicha y bendición, perfección y gloria de Jehová era y siempre habría sido el amor mutuo y la intercomunión de las tres Personas en la sagrada Deidad. Pero el amor —el amor igual e indiviso del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo— fluyó más allá de su ser original y esencial hacia el hombre; y no meramente hacia el hombre como hombre, es decir, hacia la naturaleza humana como el cuerpo preparado para que el Hijo de Dios lo asumiera, sino hacia miles y millones de la raza humana, que son todos amados personal e individualmente con todo el amor infinito de Dios, tanto como si ese amor estuviera fijo en uno solo, y éste fuera amado como Dios ama a su Hijo amado. «Con amor eterno te he amado», se dirige a cada individuo de los escogidos tanto como a toda la iglesia, vista como la mística Esposa y Cónyuge del Cordero.
Así, el amor de un Dios trino no es sólo hacia la naturaleza que a su debido tiempo asumiría el Hijo de Dios, la carne y la sangre de los hijos, la descendencia de Abraham que él tomaría sobre sí (He. 2:14-16), y por esta razón contemplada por el trino Jehová con ojos de intenso deleite, sino hacia aquella innumerable multitud de seres humanos que habrían de formar el cuerpo místico de Cristo. Si la Escritura fuera menos explícita, aún podríamos creer que la naturaleza que uno de la sagrada Trinidad asumiría sería objeto del deleite y del amor del santo Tres-en-Uno. Pero tenemos el testimonio del Espíritu Santo al respecto, que lo pone fuera de toda duda o cuestión. Cuando, en la primera creación de aquella naturaleza, la santa Trinidad dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza», y cuando, en prosecución de aquel concejo divino, «el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente», uniendo Dios así un alma inmortal a un cuerpo terrenal, esta naturaleza humana fue creada no sólo a la imagen moral de Dios, sino según el patrón de aquel cuerpo que fue preparado para el Hijo de Dios por el Padre.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: September 4
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.