«Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.» Juan 13:1
Entre los diversos temas que la historia natural presenta a nuestra consideración, uno de los más interesantes es el fuerte afecto que los animales sienten por sus crías. Tan intenso es este sentimiento entre una gran parte de la creación animal, que puede decirse que supera el cuidado que emplean para su propia conservación o la satisfacción de sus propios apetitos. Muchas de las criaturas más tímidas, que se estremecen ante la menor apariencia de peligro cuando están solas, se vuelven audaces y combativas cuando sus crías están en peligro. Así, la gallina doméstica se enfrentará a cualquier enemigo para proteger a su indefensa nidada; y la alondra y el jilguero se dejarán atrapar en sus nidos antes que abandonar a los pequeñuelos que cobijan bajo sus alas. El fiero león acaricia con bondad paternal a sus cachorros juguetones, y se sabe que el oso salvaje ha interpuesto su propio cuerpo entre el mortal fusil y su débil prole. Pero este sentimiento, por poderoso y abnegado que sea, no dura mucho. Después de haber alimentado y criado a sus crías, todo vínculo posterior se rompe, y ya no se reconocen más.
El afecto humano es de un orden superior y mucho más duradero que el de las criaturas irracionales; y, sin embargo, aun este, en sus manifestaciones más puras, es frágil y pasajero cuando se compara con el amor divino. El amor del hombre, como todo lo terrenal, es imperfecto, y en él no se debe depositar demasiada confianza. Abundantes ejemplos muestran que, en el mejor de los casos, es incierto, pues el más pequeño detalle lo ha convertido con frecuencia, no meramente en frialdad, sino en la más amarga enemistad. ¡Cuán conmovedoras, y cuán verdaderas a la vez, son las palabras del poeta!
«¡Ay! ¡qué cosa tan leve puede provocar
disensiones entre corazones que se aman!
Un algo leve como el aire — una mirada —
una palabra desagradable o dicha con rudeza,
el amor que las tempestades nunca sacudieron —
¡una bagatela como ésta lo ha quebrantado!»
Pero, ¡bendito Jesús! tu amor hacia nosotros no es como el que a menudo manifestamos los unos hacia los otros. Mientras nuestros ánimos son tan variables como los vientos cambiantes, Tú nunca cambias. No es por falta de provocación que continúas fijando tu corazón en nosotros; pues si hubieras procedido con nosotros como nosotros hemos procedido contigo, hace tiempo que tu afecto se habría retirado de objetos tan indignos. ¡Qué confianza, entonces, deberíamos depositar en ti! El mismo ayer, hoy y siempre, en tu naturaleza; tal eres Tú en todos tus pensamientos y sentimientos, en todas tus obras y caminos. ¡Las columnas de la tierra pueden tambalearse y caer; las rocas, aunque sean de diamante, pueden fundirse; los montes perpetuos pueden inclinarse, y las colinas eternas pueden dispersarse; pero Tú, inalterable, continuarás para siempre jamás!
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: Unchanging Love!
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.