La soledad endulzada

El amor que devuelve el alma a Dios

El amor fue en el principio una semilla santa centrada en Dios, y por el pecado se corrompió tras las vanidades. El alma redimida halla toda razón para amar a Cristo por lo que fue, es y será para ella.

El amor es una pasión plantada en el pecho humano, que en otro tiempo fue del todo una semilla santa, mas ahora se ha tornado en la degenerada planta de una vid corrompida. Antes de que el pecado entrara en el mundo, el amor se centraba por entero en Dios; entonces el fuego ardía puramente, y el alma ascendía en la sagrada llama hacia Dios. Había entonces dulce comunión entre el cielo y la tierra, y el hombre mantenía trato con su Hacedor. Admirando las bellezas de la creación, su alma subía con deleite por las corrientes de las excelencias creadas, hasta la fuente de la gloria increada; y, arrobado con la visión, veía que su interés en su Hacedor era de un linaje más noble que el que el mundo inferior pudiera reclamar. Esto era bienaventuranza, y esto fue lo que hizo al paraíso tan semejante al cielo. Esto, y no las flores lozanas; esto, y no los bosques verdes; esto, y no las corrientes que se extienden; esto, y no los óleos fragantes; esto, y no las ramas que se inclinan; esto, y no las aves que trinan; esto, y no un cielo sin nubes; esto, y no la visión de los ángeles; esto, y no su amor mutuo, hizo felices a nuestros primeros padres en su primera morada.

Pero no bien el hombre admitió el pecado y a Satanás, cuando Dios en justicia lo echó del paraíso y de su noble estado; ¿y qué lengua puede contar su triste condición ahora? Su amor no solo se ha enfriado hacia Dios, sino que se ha corrompido contra Dios; de ahí que adore a la criatura más que al Creador, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Como el león, con terrible majestad, caza su presa por el bosque estremecido; mientras la araña, con silenciosa astucia, atrapa la mosca que se solaza en la ventana o se enreda en la tela; así, desde el trono hasta el muladar, cada persona persigue vanidades acomodadas a su estado, y que son destructivas para su alma inmortal.

¡Oh, cómo ha retrocedido el hombre por un perpetuo desvío! Dios lo castiga de manera espantosa; pues como no retienen a Dios en su conocimiento, así Dios los entrega a una mente reprobada. Ellos escogen sus caminos, y Dios escoge sus ilusiones. Dios no está en los planes de su corazón, y ellos no están bajo la guía de su Espíritu. Provocan a Dios a ira con sus vanidades, ¡y él los aflige con vejación y dolor!

Pero lo que aún es más de admirar es que, después que Dios ha dado las más resplandecientes manifestaciones de su amor infinito, al readmitir al rebelde en su amistad por los sufrimientos de su muy amado Hijo, el hombre siga persiguiendo sombras y derramando su amor sobre bagatelas perecederas. ¿Y no eres tú, alma mía, reprochable aquí, que cada día te ocupas en vanidades, pero frío, helado, en amor hacia la Perfección de la hermosura?

Ciertamente los ángeles de luz y los espíritus de los justos hechos perfectos se asombran de ver a los herederos de la misma gloria engañados, hechizados y encantados con vanidades perecederas, y no arrebatados por el Escogido entre diez mil. ¡Los habitantes de la mejor patria desprecian nuestras bellezas quemadas por el pecado y nuestras excelencias comidas de gusanos! Sí, se ruborizarían de mencionar nuestros deleites o de tomar en sus labios los objetos de nuestro amor. ¿Qué le importaría a un serafín el cetro de un imperio terrenal? ¿O a un santo glorificado el gobierno de un reino terreno? ¿Y por qué, entonces, he de importarme tanto por cosas menores, yo que camino hacia la gloria eterna?

Pueda yo, pues, por un momento correr a un lado la cortina del tiempo, asomarme al mundo eterno y obtener un vislumbre del objeto de mi amor. ¡Ay de mí! La visión es demasiado resplandeciente, la gloria demasiado fulgente para mi débil vista. ¡Ved todos los cielos iluminados con su gloria! Coronado de majestad divina, llena su excelsa trono y esgrime el cetro por toda la existencia. ¡Ved serafines y querubines postrarse ante él, y los poderosos ángeles caer prosternados a sus pies! Sí, vedle en tu naturaleza interceder por ti, no olvidadizo de tu necesidad ni sordo a tu angustia, en medio de su gloria sin límites. ¡Ved multitudes que se acercan, las muchedumbres redimidas, abrumadas de amor a Jesús, adorándole con indecibles acentos!

¿Y por qué no le amas? No puedes dudar de su poder, pues es Dios; ni de su compasión, pues es hombre; ni de su salvación, pues es Dios-hombre en una sola persona. Todo el cielo está eternamente enamorado de él; y sería rebelión mandarle alzar su amor y deponerlo sobre cualquier otro. El Padre le ama, los ángeles le aman, los santos le aman; y es grato a los ojos de Dios que la excelencia de toda plenitud habite en él.

¡Bajo cuántos lazos estoy yo de amarle! ¡Por lo que ha sido, lo que es y lo que será para mí! ¡Por lo que ha hecho, lo que hace y lo que hará por mí!

Antes de hacer el mundo, mi salvación quedó asegurada en el firme decreto; así, con amor eterno me amó; ¿y por qué no he de ser atraído con amorosa bondad? Entonces sus deleites estaban con los hijos de los hombres.

De nuevo, debo amarle por lo que es para mí. Pero aquí las palabras no pueden expresar mis pensamientos, ni mis pensamientos mi tema. ¿El Dios fuerte—de mi parte? ¿El Creador de ambos mundos—por mí? Sus perfecciones son infinitas, innumerables y eternas. Es existente por sí, suficiente por sí, omnipotente, omnipresente, omnisciente, inmutable e independiente. Es santo, justo y bueno; misericordioso, fiel, paciente y compasivo. En una palabra, Dios es amor; y el amor engendra su semejante en el alma de cada santo, que se llena de asombro ante la persona de Emanuel, quien es todo cuanto pueden necesitar. Satisface todo anhelo; cumple todo oficio entrañable, como profeta, sacerdote y rey; llena toda relación tierna, como pariente, amigo, hermano, padre, esposo. ¡El amor será el tema de mi cantar para siempre!

De nuevo, debo amarle por lo que será para mí. Ahora, él será mi Dios aun hasta la muerte; mi escudo y mi sol en el oscuro valle de la disolución. Me llevará al palacio del Rey, con gozo por todas partes; será mi templo en los más altos cielos, y mi porción por las edades sin fin de la eternidad.

Asimismo, ¡cómo debo amarle por lo que ha hecho, hace y hará por mí!

Por mí ha hecho grandes cosas, de las cuales se alegra mi alma. Haciendo su alma ofrenda por mi pecado, satisfizo la justicia, magnificó la ley, quitó mi culpa y reconcilió mi alma con Dios.

Por lo que hace. Comparece en la presencia de Dios por mí, abogando mi causa, intercediendo en mi favor y ofreciendo mis oraciones con su propio incienso en el trono de su Padre. Dispone todas las cosas bien para mí, perfecciona lo que me toca, oye mis peticiones, anota mis ruegos, numera mis gemidos, corrige mis descarríos y pone mis lágrimas en su redoma; y, como mi amante Sumo Sacerdote, se compadece de mí en todas mis aflicciones.

Por último, por lo que hará. ¿Quién, fuera de ti, oh Dios, sabe lo que tienes reservado para los que te aman? El ojo no vio, el oído no oyó, ni aun el alma más amplia puede concebir la abundante bienaventuranza que solo puede revelarse en el gozo y conocerse en la posesión. ¡Oh día feliz! cuando me despoje de la mortalidad y de esta tienda de barro, y me una a la resplandeciente asamblea de adoradores sin pecado, a quienes él apacienta y banquetear con la grosura de la morada alta, saciará con su semejanza, llenará toda gracia con su plenitud y arrebatará toda el alma con gozo indecible y glorioso.

Ven, pues, alma mía; mira desde estas presentes cosas perecederas a la ciudad de Dios, donde cada alma arde en amor sagrado y habita entre las llamas que asimilan.

Si vieras a un hombre de treinta años persiguiendo moscas y plumas, como el niño de tres, ¿qué pensarías de él? Y mientras el mundo es tu persecución, ¿qué, oh alma mía tan vulgar, concluiré de ti? Recorre toda la creación de Dios y mira si todas sus excelencias juntas pueden competir con un solo rayo de su gloria, un solo destello de su amor. Que entonces su amor hacia ti constriña tu amor hacia él, y así comienza la obra del cielo en la tierra.

La perfección de la bienaventuranza en el cielo consistirá en la perfección del amor, pues el amor es la suma de la felicidad. Quita el amor del cielo, y el cielo no podría ya gloriaría de su gozo sin límites. Vida, luz y amor son la trinidad de la perfección, y la perfección de la adorable Trinidad. De todas las gracias celestiales, solo el amor vuelve al cielo sin más cambio que el de revestirse de perfección y echar fuera el temor. Habitar en amor y habitar en Dios no pueden separarse. Y cuanto más habite en el amor, más cerca habitaré de Dios aquí abajo; y cuando al fin me eleve a los más altos grados de amor, llegaré a la más estrecha comunión con Dios.

¡Rueda, tiempo, y ven, aurora eterna, para que me hunda en este mar de bienaventuranza, este océano de amor eterno, y sepa lo que es amarle plenamente, a quien aquí apenas me atrevo a alegar que amo!

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Love in Saints

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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