Religión entre semana

El amor que se dice tarde no consuela

El aprecio y las palabras amables que guardamos para los funerales no consuelan a quienes vivieron necesitados de ellos. Alienta y agradece hoy a quienes te rodean, antes de que el amor florezca demasiado tarde.

Siempre me he alegrado de que hubiera quien sacara su vasija de alabastro y ungiera al Señor de antemano para su sepultura. La mayoría habría esperado, manteniendo la vasija sellada hasta que él hubiera muerto, y entonces la habría roto para ungir su cuerpo cuando yacía desgarrado, herido y frío, envuelto en las vestiduras de la sepultura. Pero ella no esperó. Abrió el frasco mientras él podía disfrutar de su dulce perfume, y cuando sus pies gastados y cansados podían sentir el delicioso refrigerio que les ofrecía.

No tenemos que leer entre líneas para encontrar la lección. Después que uno muere, no faltan cajas de alabastro que sean sacadas de sus escondites y abiertas. Las palabras más amables se pronuncian entonces. Ni una voz de reproche se oye en la habitación oscurecida donde el cuerpo sin vida reposa en silencio. Se dicen mil cosas agradables. Una caridad gentil cubre y oculta todos sus errores, y aun sus necedades y pecados. Se repasa su vida, y la memoria se afana en recoger las cosas hermosas que hizo, las renunciaciones que asumió y las bondades que practicó con los pobres a lo largo de los años de su vida. Todo el que lo conocía viene, contempla su rostro pálido y dice alguna palabra generosa acerca de él, recordando algún favor recibido de sus manos o alguna obra noble realizada por él. Los amigos cercanos acuden al florista y encargan flores, entretejidas en cruces, arpas, columnas o coronas, para enviarlas con su tarjeta y depositarlas sobre su ataúd.

No hay nada malo en todo esto. Las flores sobre el ataúd son hermosas. Cuando un cristiano duerme, son símbolos apropiados de la esperanza en la que descansa. Entonces parecen susurrar dulces secretos de consuelo para los corazones afligidos. Hablan también de sentimientos amables y recuerdos tiernos fuera de los hogares oscurecidos, mientras los corazones se quiebran dentro. Son las muestras de amor y respeto por el difunto. No puede haber nada inapropiado en colocar algunas flores escogidas sobre un ataúd, o sobre el pecho del que ha muerto.

Es conveniente, también, que se pronuncien palabras amables, aun cuando el oído no pueda escucharlas, ni el corazón se conmueva ni se estremezca con ellas. No hay tributo más rico a una vida humana que el testimonio sincero de los amigos afligidos en torno al ataúd y a la tumba. Es natural que muchos tiernos recuerdos dormidos despierten al toque de la muerte. Es natural que, cuando hemos perdido a nuestros amigos, todas las vasijas selladas del afecto se rompan para ungirlos por última vez. Es bueno que aun la muerte tenga poder para detener la lengua de la detracción, para someter enemistades, celos y emulaciones, para revelar las bellezas y excelencias hasta entonces no apreciadas del carácter de un hombre, para cubrir con el velo de la caridad sus manchas y defectos, y para derretir los pensamientos tiernos, la gratitud perezosa y los sentimientos amables largamente dormidos en los corazones de sus vecinos y amigos.

Pero, entretanto, hay una gran multitud de hombres y mujeres cansados que avanzan fatigados por la vida hacia la tumba, y que necesitan ahora mismo las palabras de aliento y los ministerios útiles que podemos ofrecer. El incienso se está reuniendo para esparcirlo en torno a sus ataúdes, pero ¿por qué no esparcirlo ya en sus caminos hoy? Las palabras amables yacen en los corazones de los hombres sin expresarse, y tiemblan en sus lenguas sin pronunciarse, las cuales serán dichas más adelante, cuando estos cansados hayan muerto; pero ¿por qué no decirlas ahora, cuando tanto se necesitan, y cuando sus acentos serían tan gratos y reconfortantes?

Muchos hombres buenos atraviesan la vida sencillos, perseverantes, viviendo en la oscuridad, pero viviendo una vida cristiana verdadera y honesta, haciendo muchas renunciaciones para servir a otros, dispensando muchas bondades calladas a sus vecinos y amigos, y casi nunca oyen una palabra de agradecimiento, de aliento o de generosa aprobación. Puede oír muchas críticas y muchas expresiones de menosprecio, pero no llegan a sus oídos palabras de aprobación. Si sus amigos tienen cosas agradables que decir de él, las dicen de tal modo que él no las oiga. Quizá no se pronuncien en absoluto. Aquellos a quienes ama y por quienes se afana pueden estar agradecidos, pero su gratitud yace en sus corazones como los botones de fruto en las ramas en febrero. Las vasijas llenas de aprecio bondadoso se mantienen selladas. Las flores no se cortan del tallo.

Te paras junto a su ataúd, y allí se dicen suficientes cosas amables para haber iluminado cada hora de su vida, si se hubieran dicho en el momento oportuno, mientras aún vivía. Hay suficientes flores apiladas sobre su féretro para haber llenado de fragancia su habitación durante todos sus años, si tan solo se hubieran esparcido sabiamente en racimos diarios. ¡Cómo habría saltado su corazón afligido y agradecido a Dios si hubiera podido oír algunas de las expresiones de afecto y aprobación en medio de las dolorosas luchas de la vida, y cuando tambaleaba bajo sus cargas, las cuales ahora se desperdician en oídos que ya no las oyen! ¡Cuánto más feliz y útil habría sido su vida si hubiera sabido, en medio de sus decepciones y ansiedades, que tenía tantos amigos generosos que lo tenían en tan alta estima! Pero el pobre hombre tuvo que morir para que el aprecio se expresara. Entonces no podía oír las palabras tiernas pronunciadas sobre su cuerpo frío. Las flores enviadas y esparcidas sobre su ataúd no tenían fragancia para él. El amor floreció demasiado tarde.

Muchas mujeres entregan su vida por Cristo en ministerios humildes y abnegados. Se apartan de la comodidad y el descanso, y trabajan por los pobres. Con sus propias manos confeccionan vestidos para la viuda y el huérfano. Cuando muere, hay gran luto. Los pobres se levantan y la llaman bienaventurada. Los que ella vistió se reúnen alrededor de su ataúd y muestran los abrigos y vestidos que les hizo mientras vivía. Su pastor predica su sermón fúnebre con admirable ternura y elocuencia. Todo muy bien. Es una dulce recompensa, un hermoso final para tal vida. Pero ¿no habría sido mejor que, al menos en parte, esa bondad se le hubiera mostrado mientras sus pies cansados recorrían sus largas diligencias de amor, y sus dedos atareados pasaban la aguja por costura tras costura?

Un esposo acumuló las más elaboradas ofrendas florales alrededor del ataúd de su esposa, erigió un magnífico monumento sobre su tumba y habló con elocuencia encendida de sus nobles sacrificios. Pero se susurraba que él no había sido el más amable de los esposos con ella mientras vivía. Una hija mostró gran pesar en el funeral de su madre y no podía decir lo suficiente en su elogio, pero se sabía que había clavado muchas espinas en su almohada mientras vivía.

¿No es mejor procurar hacer felices a los vivos que dejarlos caminar por senderos lúgubres sin simpatía, sin ayuda, descuidados, tal vez agraviados, y después inundar sus ataúdes de luz? Muchos hombres sucumben bajo la presión de las dificultades de la vida y el peso de sus cargas, sin escuchar jamás la voz de la simpatía humana. ¿Qué le importa, cuando la agonía ha terminado y yace muerto, que los amigos acudan en multitudes a lamentar su muerte y pronunciar sus alabanzas? ¿No podría ser que un fragmento de la simpatía y el aprecio desperdiciados e inútiles ahora que está muerto habría mantenido su corazón latiendo con valentía por muchos años más?

No guardes, pues, selladas las cajas de alabastro de tu amor y ternura hasta que tus amigos hayan muerto. Llena sus vidas de dulzura. Pronuncia palabras de aprobación y aliento mientras sus oídos puedan escucharlas. Las cosas que piensas decir cuando ya no estén, diles antes de que se vayan. Las flores que piensas enviar para sus ataúdes, envíalas para alegrar y endulzar sus hogares antes de que los abandonen.

Si un sermón te ayuda, le hará bien al predicador que se lo digas. Si el redactor escribe un artículo que te gusta, podrá escribir uno aún mejor la próxima semana si le envías una nota de agradecimiento. Si un libro que lees te resulta útil, ¿no le debes al autor escribirle una palabra de reconocimiento? Si conoces a alguien cansado, descuidado o agobiado de trabajo, ¿no sería una labor como la que aman hacer los ángeles de Dios procurar poner un poco de brillo y aliento en su vida, manifestar verdadera simpatía por él y poner en su mano temblorosa la copa llena con el vino del amor humano?

Siempre he dicho, y estoy seguro de hablar por miles de trabajadores cansados y perseverantes, que si mis amigos tienen vasijas guardadas, llenas de los perfumes de la simpatía y el afecto, que piensan romper sobre mi cuerpo muerto, me alegraría que las sacaran en algunas de mis horas de cansancio y las abrieran, para que yo sea refrigerado y alentado por ellas mientras las necesito. Preferiría un ataúd sin una flor y un funeral sin una elegía pronunciada a una vida sin la dulzura de la ternura y el aliento humanos. Si queremos cumplir nuestra misión, debemos ungir a nuestros amigos de antemano para su sepultura. Las bondades póstumas no consuelan al espíritu abrumado. Las lágrimas caídas sobre la frente helada hacen pobre y tardía expiación por la frialdad, la negligencia y el cruel egoísmo durante largos años de lucha. El aprecio cuando el corazón ha quedado quieto en la muerte no inspira al espíritu. La justicia llega demasiado tarde cuando solo se pronuncia en la elegía fúnebre. Las flores apiladas sobre el ataúd no esparcen fragancia hacia atrás sobre los días cansados.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Kindness That Comes Too Late

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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