Lucas dijo en su prólogo que tenía perfecto conocimiento de todas las cosas desde el principio; así vemos que su historia comienza muy temprano y describe acontecimientos ocurridos antes del nacimiento de Jesús. Juan el Bautista nació seis meses antes que Jesús. En este capítulo tenemos el relato de sus padres. Su padre era un sacerdote llamado Zacarías. Su madre, Isabel, era también de la familia de los sacerdotes, descendientes de Aarón.
Zacarías e Isabel «eran justos delante de Dios». ¿Cómo podían ser justos? ¿No está escrito: «No hay justo, ni aun uno»? Dios, que conoce todos los corazones, ha hecho esta declaración. Pero cuando un hombre cree en Cristo, llega a ser justo, porque la justicia de Cristo se hace suya. Jesús llevó nuestros pecados para que obtuviéramos su justicia. Pero, se dirá: «¿Cómo podían Zacarías e Isabel creer en Cristo? ¿No vivieron antes de que él viniera al mundo?» Así fue. Pero creyeron en la promesa de un Salvador, y así participaron de su justicia. De esta manera Abraham fue justificado: «Creyó a Jehová, y le fue contado por justicia».
La fe es el medio por el cual los pecadores reciben la justicia de Cristo. A menudo se la ha comparado con la mano, y la justicia con un tesoro. Así como la mano ase el tesoro, la fe se apodera de la justicia de Cristo. Zacarías e Isabel eran pecadores perdonados. Por tanto, fueron santificados por el Espíritu Santo. Aunque aún sujetos al pecado, no se entregaban a hábitos pecaminosos. No se contentaban, como los hipócritas, con observar los mandamientos convenientes de cumplir, mientras descuidaban los más difíciles, sino que andaban «irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor». Pronto tendremos una prueba de que aún estaban sujetos al pecado, pues pronto leeremos cómo Zacarías fue sorprendido por la incredulidad.
Zacarías e Isabel no tenían hijos, y la falta de hijos era considerada por los judíos como una grave aflicción. Y, sin embargo, al fin llegaron a ser padres de uno de los más grandes profetas que jamás aparecieron en el mundo. Todas las circunstancias relacionadas con este acontecimiento fueron muy notables. Como Zacarías era sacerdote, le correspondía en ciertas ocasiones quemar incienso en el templo. Los sacerdotes eran tan numerososos que no podían vivir todos en Jerusalén. Estaban divididos en veinticuatro turnos, y cada turno subía a Jerusalén por su orden para servir una semana en el templo. Se sorteaba cada mañana quién habría de gozar el privilegio de quemar incienso aquel día en el altar de oro. El sacerdote sobre quien caía la suerte entraba solo en el templo, mañana y tarde, para quemar especias aromáticas como ofrenda a Dios, mientras el pueblo permanecía en el atrio repitiendo oraciones públicas pidiendo bendición para todas las naciones.
El día en que Dios se propuso hablar a Zacarías, hizo que la suerte cayese sobre él. Las circunstancias más minuciosas están bajo su control y suelen ser el comienzo de acontecimientos muy grandes. Cuando Zacarías vio al ángel de pie junto al altar, se turbó. Siempre vemos que los hombres se turban en presencia de los ángeles. Y, sin embargo, Zacarías no tenía razón para temer, porque el mensajero celestial no venía a destruirlo, sino a bendecirlo. Le dijo: «Tu oración ha sido oída». ¿Qué oración? ¿Había orado Zacarías por un hijo? ¿O había orado para que el Salvador viniera pronto al mundo? Ambas bendiciones estaban a punto de concederse. Un hijo nacería de Zacarías, para preparar el camino del Salvador que sería dado a los hombres. ¡Bien podía un padre regocijarse al nacimiento de tal hijo! Su mismo nombre mostraba que Dios le bendeciría y le haría bendición. La palabra «Juan» significa «la gracia o el favor de Dios».
Cuando ha nacido un niño, muy rara vez se ha sabido si llegará a ser maldición o bendición. A menudo ha habido alegría en el nacimiento de hijos que vivieron para hacer gran daño e incluso para quebrar el corazón de sus padres. Cuando Caín nació, Eva se regocijó, diciendo: «He adquirido un varón de parte de Jehová», sin pensar qué hombre tan malo llegaría a ser. Otros hijos han nacido sin ser deseados; quizá la familia ya era numerosa y estaba mal provista; y, sin embargo, algunos de esos pequeños no bienvenidos vivieron no solo para alegrar el corazón de sus padres, sino para salvar almas de la muerte eterna. ¡Si los cristianos supieran cuánto se regocijarían cuando naciera en el mundo un ministro fiel! No podemos saber, al mirar a un bebé indefenso, lo que llegará a ser; pero podemos elevar nuestras oraciones fervientes para que sea una bendición y no una maldición.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The Angel's visit to Zacharias
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.