Cuando el arca, que había flotado muchos días sobre un diluvio temible, reposó sobre el dichoso Ararat, y Noé y las numerosas criaturas que habían de repoblar el mundo tuvieron la agradable vista de campos espaciosos, recién librados de un diluvio espantoso, ¡cuán vasto debió de ser su gozo! ¡Y con qué transporte debieron salir a la libertad sin límites, llamar suya a la tierra y apropiarse todo el mundo, sin que nadie disputara la asombrosa posesión!
Así, cuando el arca del pacto de gracia, construida por uno mayor que Noé, y en la cual se contiene la simiente de la nueva creación, repose sobre las alturas de la gloria, ¡cómo saldrán todos los bienaventurados con transporte a la libertad de los hijos de Dios, para poseer un paraíso de placer, un cielo de éxtasis y un mundo de dicha! Y aunque jamás saldrán del pacto por toda la eternidad, sin embargo, por así decirlo, se extenderán para poblar el Canaán celestial y poseer las muchas mansiones que hay en la casa de su Padre.
Aquí, en el pacto, somos llevados por encima de las aguas; porque la maldición, como un diluvio, cubre todo el mundo, de modo que todos están en condición perecedera, excepto los que han entrado en el arca. Y dentro de poco, cuando los grandes abismos de la eternidad se abran, las crecientes aguas de la venganza barrerán a todo el mundo incrédulo hacia océanos de ira eterna. Es cierto, en verdad, que nuestra seguridad es la misma, por estar interesados en aquel a quien el Padre ha dado por pacto al pueblo, ya sea que el arca flote sobre las aguas o se asiente sobre la cima estable del monte; pero hay diferencia entre fluctuar sobre las aguas de la adversidad y sentarse sobre los montes de dicha, en presencia de Jehová y del Cordero.
Además, así como su seguridad estaba asegurada y su provisión abundante en el arca de antaño, así en el arca del Nuevo Testamento estamos seguros, escondidos en aquel que se sienta sobre las aguas y gobierna en las tormentas, y que jamás permitirá que el diluvio derribe a su propio pueblo, sino que los hará nadar seguros entre las olas que se hinchan, y caminar con seguridad, como Israel antaño, en medio de los abismos devoradores. Y nuestra provisión no solo es abundante y profusa, sino espiritual y divina.
Además, en esta arca, por el ojo de la fe, aun cuando el diluvio no haya pasado del todo, obtenemos, cosa que Noé no podía presumir, vistas recreadoras de las cimas de los montes eternos y miradas regocijadoras de las alturas de la gloria.
Una vez más, cuando el diluvio de ira esté en su punto más alto con todo el mundo impío, nuestra arca se asentará sobre el Ararat celestial. Entonces, así como Noé sacrificó a Dios al salir del arca, cosa que no pudo hacer mientras estaba en ella, así, en aquel estado triunfante de gloria, le adoraremos de un modo al que jamás podríamos aspirar en el estado militante; y, para nuestro gozo eterno, alzaremos los ojos y veremos «el arco iris alrededor del trono», en sus colores más hermosos, mostrando, al resplandecer, que el diluvio de la ira divina, que una vez persiguió a la humanidad para devorar a cuantos no habían huido al arca sagrada en busca de seguridad, jamás volverá para tragarse a las naciones redimidas.
Entonces, habitando en aquella tierra donde «el mar ya no existe», caminaremos con libertad, gozando de bienaventuranzas ilimitadas como nuestro pensamiento y extensas como la concepción misma; y a través de los innumerables años de su diestra proclamaremos la compasión y moraremos en el amor de aquel que fue él mismo nuestra arca divina y gloriosa, que nos llevó sobre las olas de la venganza (aunque, para cumplir tan bondadoso oficio, él mismo por un tiempo fue llevado «a aguas profundas, donde las crecientes aguas lo cubrieron»), ¡y nos introdujo en su presencia, donde fluyen ríos de deleites para siempre!
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: Noah's Ark
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.