«El Señor disciplina al que ama; así como el padre disciplina al hijo en quien se deleita.» Proverbios 3:12
Me levantaré e iré a mi Padre, y le diré:
PADRE MÍO, acércate a mí esta noche, en tu infinita misericordia. Santifica el vínculo que me une a ti. En medio de todas las vicisitudes terrenales y, acaso, en medio de tratos adversos y dispensaciones misteriosas, que sea mío oír el mensaje lleno de gracia de ti, que eres sin variabilidad: «Yo seré un Padre para vosotros, y vosotros seréis mis hijos y mis hijas.» Me regocijo de que el arcoíris de la promesa abarque las nubes más oscuras; y cuando no puedo verlo en el momento — cuando la nube, al parecer, carece de arcoíris — la fe puede penetrar la lobreguez y discernir tras ella a un Dios de pacto inmutable, que corrige porque ama, y que ama como Padre.
Te adoro por las ricas bendiciones que están atesoradas en Cristo. En Él solo está mi confianza para el tiempo y para la eternidad. A Él miro solo para salvación. Escóndeme en las hendiduras de la Roca de los siglos hasta que pasen las calamidades de la tierra. Millones se han refugiado allí, y aun hay lugar.
Señor Jesús, cada cruz pierde su amargura al tenerte a mi lado. Otras porciones pueden, y tarde o temprano deben, perecer. Tú eres la porción que todo lo satisface y todo lo perdura de mi alma. Que la pérdida de todo apoyo terrenal me acerque más a ti. Que este sea mi cántico en la casa de mi peregrinación: «A quien, sin haberle visto, le amáis; en quien, aunque ahora no le veáis, creyendo, os regocijáis con gozo inefable y glorioso.» Que sea mi deseo habitual seguir sus pisadas y reflejar su imagen, vivir y andar de modo que haga siempre lo que es agradable a sus ojos.
Mira con compasión a tus hijos de sufrimiento y de dolor. Que también ellos vean todo templado con amor grato; reposando en la simpatía exaltada de su divino Redentor, el Rey de gloria, pero también el Rey de dolores y Príncipe de los sufridores.
Bendice a mis amados amigos. Que estemos atados como uno ahora en el haz de vida, y seamos al fin hallados juntos entre las gavillas de oro recogidas por los ángeles segadores para la gran cosecha del cielo. Séllanos con el Espíritu Santo de la promesa, para el día de la redención.
Quédate conmigo, porque se hace tarde, y el día ya declina. Perdona cuanto haya hecho mal durante sus horas — en pensamiento, palabra u obra. Déjame acostarme a dormir con un corazón agradecido por toda tu mucha bondad, sintiendo que tengo sobrada razón para cantar de tu misericordia, aun en medio del juicio. Anhelo aquel tiempo gozoso en que, plenamente purificado del pecado y del dolor, entraré por las puertas celestiales y me mantendré sin falta delante de tu trono.
Mientras tanto, por variada que sea la enseñanza y la disciplina de tu providencia, sea mío, con confianza inquebrantable y con inalterable devoción filial, llamarte:
«PADRE mío que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan cotidiano. Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. Y no nos metas en tentación, sino líbranos del malo.»
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: Twenty-first Evening
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.