Jesús fue «exaltado por Príncipe y Salvador para dar arrepentimiento y remisión de pecados». Ambos van juntos. Siempre que da arrepentimiento, da remisión; donde concede remisión, concede arrepentimiento. No se puede dejar ir el arrepentimiento. Todo hijo de Dios es llevado al arrepentimiento de sus pecados y, por el arrepentimiento, a abandonarlos. «Pero», dices, «¿me he arrepentido? Dada la naturaleza y la magnitud de mis pecados, si fuera un pecador arrepentido, sin duda estaría lamentándome y entristeciéndome por ellos todo el día».
¿Qué es, entonces, lo que crea esa duda en tu mente? Porque a menudo estás duro, oscuro, muerto y frío. Aquí, pues, debemos distinguir entre aquel dolor piadoso por el pecado que se siente en la mente espiritual, y aquella dureza y oscuridad de nuestra mente carnal, que sigue siendo enemistad contra Dios y en la cual no hay fe ni amor, ni arrepentimiento, ni cosa buena alguna.
Pero ha habido tiempos y temporadas en que, bajo una influencia peculiar, tu corazón fue ablandado y derritió delante de Dios; cuando el pecado fue verdaderamente lamentado; cuando sentiste que era en efecto una cosa mala y amarga pecar contra un Dios tan bueno, tan santo y tan grande y glorioso; cuando la roca se deshizo, el corazón duro cedió, los ojos se llenaron de lágrimas y el pecho henchido estuvo a punto de estallar de penitente aflicción por tus pecados y por los sufrimientos y dolores del Hijo y Cordero de Dios, y solo pudiste aborrecerte a ti mismo en polvo y cenizas delante de su santo ojo que escudriña el corazón.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: July 30
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.