«He aprendido a estar contento cualquiera que sea mi situación. Sé lo que es tener necesidad, y sé lo que es tener abundancia. He aprendido el secreto de estar contento en toda y cualquier situación, sea que esté bien alimentado o hambriento, sea que viva en abundancia o en necesidad». Filipenses 4:11-13
«Un corazón alegre alegra el rostro». Proverbios 15:13
«Un corazón alegre tiene un banquete continuo». Proverbios 15:15
«Un corazón alegre es buena medicina; pero un espíritu quebrantado seca los huesos». Proverbios 17:22
Uno de los secretos más divinos de una vida feliz es el arte de extraer consuelo y dulzura de cada circunstancia. Debemos cultivar el hábito de mirar el lado luminoso. Es una varita mágica cuyo poder excede al de cualquier mago de fábula para convertir todas las cosas en bendiciones. Quienes toman vistas alegres hallan la dicha en todas partes; ¡y cuán raro es el hábito! La multitud prefiere caminar por el lado oscuro de los senderos de la vida.
Hay quienes se inclinan a la melancolía como el murciélago a la oscuridad, o como el buitre a la carroña. Prefieren alimentar una miseria antes que abrigar un gozo. Siempre encuentran el lado oscuro de todo, si es que hay un lado oscuro que encontrar. Parecen quejumbrosos concienzudos, como si fuera su deber extraer alguna esencia de miseria de cada circunstancia. El tiempo o es demasiado frío o demasiado caluroso; demasiado húmedo o demasiado seco. Nunca encuentran nada a su gusto. Nada escapa a su crítica. Encuentran faltas en la comida de la mesa, en el lecho donde yacen, en el tren o el vapor en que viajan, en el gobierno y sus funcionarios, en el comerciante y el obrero; en una palabra, en el mundo en general y en detalle.
Son quejumbrosos crónicos. En vez de contentarse en el estado en que se encuentran, han aprendido a estar descontentos, ¡por dichosa que sea su suerte! Si hubieran sido colocados en el Jardín del Edén, habrían descubierto algo con que encontrar falta. Su hábito miserable vacía la vida de todo gozo posible y convierte cada copa en hiel.
Por otra parte, hay personas raras que siempre toman vistas alegres de la vida. Miran el lado luminoso. Hallan algún gozo y alguna hermosura en todas partes. Si el cielo está cubierto de nubes, señalarán a usted el esplendor de algún gran banco de nubes apilado como montañas de gloria. Cuando ruge la tempestad, en vez de temores y quejas, hallan un placer exquisito en contemplar su grandeza y majestad. En el cuadro más defectuoso ven algún rasgo de hermosura que los encanta. En la persona más desagradable descubren algún rasgo bondadoso o algún germen de promesa. En las circunstancias más desalentadoras, encuentran algo por lo cual agradecer, algún destello de alegría que se abre paso a través del espeso sombrío.
Cuando un rayo de sol se filtró por una rendija de la persiana e hizo un parche luminoso en el suelo de la habitación a oscuras, el perrito se levantó de su rincón oscuro y fue a echarse en el único punto soleado; y estas personas alegres viven de la misma manera filosófica. Si hay un solo haz de alegría o de esperanza en cualquier parte de su suerte, ellos lo hallarán. Tienen un genio para la dicha. Siempre sacan lo mejor de las circunstancias. Son felices como viajeros. Están contentos como pensionistas. Su buen humor nunca falla. Toman una vista alegre de cada perplejidad. Aun en el dolor, sus rostros están iluminados, y cantos brotan de las cámaras donde lloran. Tales personas tienen un ministerio admirable en este mundo. Son como manzanos cubiertos de flor, derramando una dulce fragancia en torno suyo.
Vale la pena detenerse un poco en la filosofía del vivir que produce tales resultados.
Algunas personas nacen con disposiciones solares, con gran esperanza y alegría, y con ojos para el lado luminoso de la vida. Otras son naturalmente propensas a la melancolía. Las causas físicas tienen sin duda mucho que ver con el descontento de muchas vidas. La dispepsia o un hígado desordenado es responsable de mucho mal genio, abatimiento y melancolía; y, sin embargo, aun cuando existe por un lado esta predisposición del temperamento hacia la esperanza, y por el otro hacia la depresión y el sombrío, sigue siendo en gran medida cuestión de cultura y de hábito, de la cual somos individualmente responsables. Como el apóstol Pablo, podemos entrenarnos para tomar vistas alegres de la vida y extraer contentamiento y gozo de cualquier circunstancia.
«Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez os lo digo: ¡Regocijaos!». Filipenses 4:4. Claramente, ésta es una parte importantísima de la cultura cristiana. La alegría es por todas partes recomendada como un deber cristiano. El descontento es una falta detestabilísima. La morbidez es pecado. La queja contrista a Dios. Habla de incredulidad. Destruye la paz del alma. Desfigura la hermosura del carácter cristiano. No sólo nos agria y nos hace desdichados en nuestro propio corazón, sino que su influencia sobre los demás es mala. No tenemos derecho a proyectar el sombrío de nuestro descontento sobre ninguna otra vida. Nuestra actitud ha de estar siempre orientada hacia el gozo. ¡No hay nada tan deprimente en su efecto sobre los demás como la morbidez!
Además, por amor a aquellos entre quienes vivimos, y sobre cuyas vidas estamos para siempre, inconscientemente, ya sea proyectando sombras o derramando luz, deberíamos procurar aprender este arte cristiano del contentamiento.
¿Cuáles son algunos de los elementos de esta divina filosofía del vivir?
Uno es la sumisión paciente a todos los males y las penurias de la vida que son inevitables. La suerte de ninguna persona es perfecta. Ningún mortal ha encontrado jamás un conjunto de circunstancias sin algún rasgo desagradable. A veces está en nuestro poder modificar las incomodidades. Nuestro mal es a menudo obra nuestra. Mucho de él sólo necesita un poco de actividad enérgica de nuestra parte para convertirse en comodidades, o aun en placeres. ¡Somos necios si vivimos en medio de males y penurias que una industria razonable trocaría en comodidades, o aun en goces!
Pero si hay males o cargas inevitables que no podemos con ninguna energía nuestra quitar ni aliviar, han de ser soportados sin murmuración. Tenemos un dicho: «Lo que no tiene remedio, hay que soportarlo». Pero la misma formulación delata un corazón indómito. ¡Hay someterse a lo inevitable, pero no reconciliarse con ello!
El verdadero contentamiento no se irrita bajo las decepciones y las pérdidas, sino que las acepta, se reconcilia con ellas, y en seguida mira alrededor para hallar algo bueno en ellas. ¡Éste es el secreto de la vida feliz! Y cuando lo pensamos, ¡cuán sin sentido es luchar contra lo inevitable! El descontento nada ayuda. Nunca quita una pena, ni aligera una carga, ni devuelve un placer perdido. Nadie se siente mejor por quejarse. ¡Sólo lo hace desdichado!
Un estornino en una jaula lucha contra su destino, vuela contra las paredes de alambre y golpea contra ellas en sus esfuerzos por ser libre, ¡hasta que sus alas quedan todas magulladas y sangrantes! Un canario es encerrado en otra jaula, acepta la restricción, se posa en su barra y canta. ¡Sin duda, el canario es más sabio que el estornino!
También llegaríamos muy lejos hacia el contentamiento si dejáramos de perder el tiempo soñando con bienes terrenales inalcanzables. Sólo unas pocas personas pueden ser grandes o ricas; la masa ha de permanecer siempre en circunstancias ordinarias. Supóngase que cada uno de los cuarenta millones de personas del mundo fuera millonario; ¿quién podría encontrarse para hacer el trabajo que debe hacerse? O supóngase que todos fueran grandes poetas. ¡Imagínense los cuarenta millones de personas del mundo escribiendo todos poesía! ¿Quién escribiría la prosa? Un poco de reflexión seria mostrará que el mundo necesita sólo muy pocas vidas grandes y conspicuas, mientras que necesita millones para sus variados oficios, sus deberes sencillos, su duro trabajo.
Además, una gran parte de nuestro descontento nace de nuestra envidia de quienes tienen lo que nosotros no tenemos. ¡Hay muchos que pierden todo el consuelo de su propia vida codiciando las cosas mejores que algún otro posee! ¡Cuán necio!
Hay varias consideraciones que debieran moderar este miserable sentimiento de envidia, que trae tanta amargura. Si pudiéramos conocer la historia secreta de la vida que envidiamos por su esplendor y prosperidad, acaso no la cambiaríamos por nuestra vida más humilde, con sus circunstancias sencillas. Lo cierto es que el contentamiento no habita tan fácilmente en palacios o en tronos como en los hogares de los humildes. Las cumbres altas se yerguen más cerca del cielo, ¡pero los vientos las golpean con más furia!
Entonces, ¿por qué he de esconder yo mi único talento en la tierra porque no sean diez? ¿Por qué he de hacer fracasar mi vida en el lugar que se me ha asignado, mientras me siento a soñar con cosas inalcanzables? ¿Por qué he de perder mi una oportunidad dorada, por pequeña que sea, mientras envidio a algún otro lo que parece su oportunidad mayor? Innumerables personas se hacen desdichadas tratando en vano de asir goces lejanos, mientras dejan sin tocar y despreciados los innumerables pequeños goces y brillantes fragmentos de felicidad que están al alcance de su mano.
Como uno ha escrito: «Extendiendo la mano para atrapar las estrellas, el hombre olvida las flores a sus pies, tan hermosas, tan fragantes, tan numerosas y tan variadas». El secreto de la dicha está en extraer placer de las cosas que tenemos, ¡sin entrar en ninguna loca y vana persecución de sueños imposibles!
Otra manera de entrenarnos para tomar vistas alegres de la vida es negarnos resueltamente a asustarnos con las sombras, o aun a ver problemas donde no los hay. La mitad o más de las cosas que más nos preocupan no tienen existencia, sino en una imaginación desordenada. Muchas cosas que a la lejanía turbia parecen figuras de peligro, cuando nos acercamos a ellas se deshacen en sombras inofensivas, ¡o aun se transforman en formas amistosas! Mucho del tinte sombrío que muchas personas ven en todo es causado por el color de los anteojos a través de los cuales miran. Miramos a través de nuestros
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Taking Cheerful Views
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.