Hay bálsamo en Galaad, y hay un médico allí. Esta es, y debe ser siempre, nuestra única esperanza. Si no hubiera bálsamo en Galaad, ¿qué podríamos hacer sino postrarnos en desesperación y morir? Porque nuestros pecados son tan grandes, nuestros desvíos tan repetidos, nuestra mente tan oscura, nuestro corazón tan duro, nuestros afectos tan fríos, nuestra alma tan vacilante y errante, que si no hubiera bálsamo en Galaad, ni sangre preciosa, ni dulces promesas, ni gracia soberana, y si no hubiera allí médico, ni Jesús resucitado, ni gran Sumo Sacerdote sobre la casa de Dios, ¿qué esperanza fundada podríamos albergar? Ni un rayo. ¿Nuestra propia obediencia y consistencia? Son una cama demasiado corta y una cobertura demasiado estrecha.
Pero cuando hay alguna aplicación del bálsamo de Galaad, éste ablanda, derrite, humilla y, al mismo tiempo, sana completamente. Sí, este bálsamo fortalecede todo nervio y tendón, sana la ceguera, remedia la sordera, cura la parálisis, hace saltar al cojo como un ciervo y cantar a la lengua del mudo, y produce así vista del evangelio, oído del evangelio, fuerza del evangelio y un andar del evangelio. Cuando el espíritu se derrite y el corazón es tocado por el sentido de la bondad, misericordia y amor de Dios hacia criaturas tan viles e indignas, produce obediencia del evangelio, una obediencia humilde; no aquella obediencia orgullosa que muestran los que confían en su propia bondad y procuran escalar las almenas del cielo por la escalera de la justicia propia, sino una obediencia de gratitud, amor y sumisión, rendida voluntaria y alegremente, y por tanto aceptable a Dios, porque fluye de su propio Espíritu y gracia.
Este es el camino misterioso que el Señor toma para honrarse a sí mismo. A medida que abre la profundidad de la caída, hace sentir la carga del pecado y muestra al pecador cómo sus iniquidades han abundado, abate el corazón soberbio y pone el rostro en el polvo; y cuando le hace suspirar y clamar, lamentar y gemir, aplica su bálsamo soberano al alma, introduce la sangre de la aspersión en la conciencia, derrama su misericordia y su amor, y así constriñe los pies a caminar en obediencia alegre y voluntaria. Esta es la verdadera obediencia cristiana, obediencia «en espíritu y no en letra», una obediencia que glorifica a Dios y está acompañada por todo fruto y gracia del Espíritu.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: March 14
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.