Al leer la historia de nuestro Salvador, quedamos conmovidos por la unión de valor y de ternura en su carácter. Se hallaba en camino para consolar a dos hermanas que lloraban, resucitando a su amado hermano del sepulcro. Marchaba también hacia el lugar de su propia ejecución. Betania era una aldea muy cerca de Jerusalén. ¡Qué escenas tan diferentes se presenciarían en ambos lugares! En Betania el Señor restauraría la vida de otro; en Jerusalén entregaría la suya. Conocía las dolorosas pruebas que le aguardaban, pero fue voluntariamente al lugar designado, mientras sus temerosos discípulos le seguían a regañadientes. Habríamos podido creer, al verlos en el camino, que uno iba a recibir honores y los demás a padecer. Sin embargo, fue Él quien caminó con valor al frente, destinado a ser la víctima, mientras los que temblaban detrás se verían libres.
El Señor Jesús tomó aparte a sus discípulos para revelarles la historia de sus padecimientos próximos. Los separó porque no quiso declarar delante de sus enemigos las obras que cometerían contra Él, pues tales declaraciones los habrían animado en su maldad. Pero a sus propios discípulos reveló incluso los pormenores de los sucesos terribles. Aquí se registra por primera vez que habló de su entrega a los gentiles y del ultrajante escupitajo de sus enemigos. Estas circunstancias humillantes quedaron expuestas ante sus discípulos, que le reverenciaban como el Hijo de Dios. De haber comprendido el sentido de las palabras de su Maestro, sus sentimientos se habrían indignado y herido hasta lo sumo. Sin embargo, las palabras parecen tan claras que apenas concebimos cómo pudieron ser malentendidas. Quizá, como el Señor usaba con frecuencia un lenguaje figurado, los discípulos supusieron que sus profecías acerca de sí mismo eran figuradas; quizá, aunque a menudo le entendían literalmente cuando hablaba figuradamente, pensaron que hablaba figuradamente cuando hablaba literalmente. Esta es aún la gran dificultad en la interpretación de la profecía: distinguir lo figurado de lo literal.
Grande fue la pérdida que sufrieron por su lentitud para comprender. De haber estado preparados para ver a su Señor sangrar en la cruz, no lo habrían abandonado en la hora de angustia; y de haber conservado la promesa de su resurrección, se habrían ahorrado las más amargas lágrimas. Aquel día de llanto, mientras el Príncipe de la Vida yacía en su tumba, habría sido para ellos un día de brillantes esperanzas, de haber recordado sus palabras. ¡Con qué gozo habrían acudido al sepulcro al alba del tercer día, si hubieran esperado oír que Él había resucitado! Al mirar nuestra vida pasada, ¿no podemos recordar muchas temporadas que no habrían sido tan tristes de haber recordado las graciosas promesas del Salvador? Temporadas de duda y perplejidad, de suspense y ansiedad, de desengaño, de desamparo, de tinieblas y de sombra de muerte. En todas nuestras tribulaciones aquí abajo hay una promesa que sobre todo debe consolarnos: «Volveré otra vez y os recibiré para mí mismo». Las palabras son claras. ¡Él vendrá otra vez! Vendrá realmente en un cuerpo glorioso, y nuestros ojos le contemplarán. ¡Ven, Señor Jesús; ven pronto!
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ again predicts his sufferings
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.