2. CÁNTICO DE VICTORIA
No desmenuzo las cláusulas que siguen. Las agrupo como un solo acorde prolongado, y lo llamo «El Cántico de la Victoria, o Cántico de la Redención». Pues es un cántico único en sí mismo, completo, omnicomprensivo, un himno como de una multitud de la hueste celestial sobre las llanuras nocturnas, no de Belén, sino del mundo, alabando a Dios y diciendo:
(v. 3, 4) «Pues lo que era imposible a la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, mas conforme al Espíritu.»
[Que ningún lector, permitaseme aquí anticipar de una palabra, se sienta repelido por el tono algo doctrinal de este y los anteriores capítulos. Debemos entrar por los atrios exteriores antes de alcanzar el santuario interior. Los cimientos han de echarse antes de alzar la superestructura coronadora.]
El tema de esta porción del CÁNTICO, epitomado, es este: las demandas de la ley, en sí mismas imposibles de cumplir, han sido satisfechas mediante la obra expiatoria de Cristo; y solo aquellos pueden tomar los acordes triunfales que se prolongan hasta el fin del capítulo, que han renunciado así absolutamente a todo fundamento legal de justificación delante de Dios, y han aceptado los gratuitos ofrecimientos de perdón provistos por el Fiador divino: «Cristo el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree».
La primera cláusula de estos versículos, el primer acorde de este inicial Himno de Redención, es «La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús».
¿Qué hemos de entender por esto? Puede tener otros sentidos latentes colaterales, pero podemos tomarlo, en su acepción más simple, como un término equivalente del método evangélico de salvación: perdón, paz, vida eterna, como don de Dios por Jesucristo. Es la gloriosa provisión del Dador de vida: «En él estaba la vida»; Él, a la vez Autor de la redención y otorgante del nuevo principio de vida en el corazón del creyente.
La afirmación restante del versículo está en contraste, o contradistinción: «Me ha librado de la ley del pecado y de la muerte». Habla del viejo decálogo del Sinaí con su rígida e inflexible demanda: «Haz esto y vive». Las dos afirmaciones se reúnen en otra parte en la concisa sentencia epigramática: «La letra mata, mas el espíritu vivifica».
Luego sigue (v. 3) un notable epítome de la obra de redención: «Lo que era imposible a la ley, por cuanto era débil por la carne». «Débil.» No había debilidad, defecto inherente o flaqueza en la ley misma. Como expresión de la mente y voluntad del gran Legislador, se parecía a uno de los pilares del antiguo Templo («Jaquín»): FORTALEZA. Tenía la santidad y justicia divinas, la omnipotencia y la inmutabilidad en que apoyarse. Pero sus exigencias altas e inflexibles estaban más allá de la perfecta obediencia de la criatura caída. Esto solo constituía su «debilidad». En sus propios requisitos majestuosos era potente. Como fundamento del mérito humano y causa que procura la salvación, era impotente. En medio de los truenos y relámpagos del monte viene la tremenda sentencia de la cual no hay escape ni apelación: «por las obras de la ley ninguna carne será justificada». Además, nótese, en conexión con el presente argumento del apóstol, que esta imposibilidad se extendía más allá de lo que (usando un término forense) puedo llamar el cargo mayor de la acusación. Estaba el gran hecho pendiente del pecado original: la naturaleza humana caída y bajo condenación; la depravación y corrupción del corazón. Ese corazón y su experiencia los hemos hallado fielmente retratados, fotografiados, en el capítulo inmediatamente precedente. La santidad y la santificación del creyente aun en su mejor estado son un ideal no realizado e irrealizable, no más. La imagen más santa sale borrosa; la lucha, el combate de toda la vida entre la naturaleza inferior y la superior, como también hemos visto, deja tras sí las inevitables cicatrices de la batalla. «Porque yo sé —dice este nobilísimo de los combatientes espirituales— que en mí (es decir, en mi carne) no mora el bien.» Siente que mientras un momento puede ser el águila que se eleva, al siguiente puede ser el gusano que se arrastra. Pablo puede en esto ser considerado como tomando una visión pesimista de la naturaleza humana en general. ¿Pero quién que conozca la experiencia de su propio corazón y vida puede objetar a la severa realidad?
Aquí pues, en esta proposición inicial, reafirma lo que había sido lógicamente desplegado en el contexto precedente más extenso: la impotencia e ineficacia, tanto en el terreno de la naturaleza como en el de la práctica, de la ley para dar «VIDA».
Procede a desplegar la gran medida remedial del propio designio soberano de Dios: «Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado».
Hemos hablado de la «Debilidad»; ahora viene el «Poder» contrastado: «Cristo poder de Dios para salvación a todo aquel que cree». Una ley impotente tanto para justificar como para santificar se vuelve ambas cosas en Él. Como el apóstol en otra parte con singular fuerza y brevedad, y no obstante plenitud, lo expresa: «Porque si la ley dada pudiera dar vida, ciertamente la justicia fuera por la ley. Mas encerró la Escritura todo bajo pecado, para que la promesa por la fe de Jesucristo fuese dada a los creyentes» (Gá. 3:21, 22). «DIOS enviando.» El propósito del amor fue suyo, no sospechado por la razón humana; más allá de la concepción y el designio del hombre o del ángel.
Y hay un notable énfasis adicional en la palabra añadida. «El énfasis —dice Dean Alford— recae en 'su propio', y la palabra está preñada de significado.» Su propio Hijo, sin mancha en su santidad; en Naturaleza y Persona inmaculado como la ley cuyas deudas vino a saldar y cuyos preceptos a cumplir. Este Hijo sin pecado está en señalado contraste con «la carne de pecado» en cuya semejanza vino. «Semejanza»; porque aunque tentado y probado en todo como el Hermano en nuestra naturaleza, fue «sin pecado». Una sola mancha o lunar en la humanidad encarnada habría vitiado la eficacia de su expiación. Pero Él fue «santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores». Pudo formular el desafío incontestable a sus adversarios: «¿Quién de vosotros me convence de pecado?».
«Y a causa del pecado» (marg., «por un sacrificio por el pecado»; V.R., «como una ofrenda por el pecado») «condenó al pecado en la carne».
Mucho del verdadero sentido de esta importante cláusula debe determinarse por lo que se implica en la palabra «condenó». Nos parece capaz de una sola interpretación: los sufrimientos y muerte vicarios del Hijo de Dios por nosotros los hombres y para nuestra salvación. En caso de cualquier malentendido verbal, rechazamos la áspera e injustificable traducción que da un por lo demás admirable comentarista (Haldane), cuando se aventura a traducirla con el término «castigado». No podemos por un instante aceptar la palabra si en la forma más remota sugiere o encarna el pensamiento del amorso Padre celestial castigando «al Hijo en quien se declaró complacido». Tal, dígase enseguida, sería del todo indigno, aborrecible, blasfemo; manifiestamente en desacuerdo, puede además añadirse bien, con el credo de un estudioso de la Escritura tan distinguido y fidedigno.
Y, sin embargo, no osamos eliminar la verdad implícita de una Ofrenda Expiatoria.
Otro comentarista a quien la iglesia de Cristo debe mucho (Barnes), sugiere una traducción alternativa, probablemente la más cercana a la verdad, evitando al mismo tiempo el término punitivo objetable: «Dios pronunció una sentencia judicial sobre el pecado en la persona de Cristo». Condenó al pecado en la carne, esto es, en su propia naturaleza humana asumida, carnal, Dios encarnado.
Si retenemos la traducción aceptada tanto en la Versión Autorizada como en la Revisada («condenó»), puede implicarse posiblemente otro contraste entre esta y la palabra del primer versículo, pues en el griego son la misma, «condenación». Hay condenación por la ley. No hay condenación por la sustitución del Redentor inmaculado.
Luego viene el gran resultado (v. 4): «Para que la justicia» (o, marg., requisitos) «de la ley» (aquello que la ley demanda) «se cumpliera en nosotros»; cumplida por la vida meritoria y la muerte del Hijo de Dios, y mediante nuestra unión mística con Él.
Lector, ¿podemos tú y yo aceptar, y aceptando reposar sobre esta gran verdad, lo que los viejos teólogos llaman «LA SATISFACCIÓN»? Sabemos cómo en los días modernos es una doctrina menospreciada y desacreditada. En palabras de Reuss, que puede tomarse como líder de la llamada «escuela avanzada», «no hay una palabra de todo este esquema de pesar y calcular que se halle en los escritos de Pablo». Al tiempo que me niego a aceptar la definición depreciativa del alemán sobre la «teología sistemática» de nuestro apóstol, concluyo de muy otro modo. Siento que debo rechazar las enseñanzas de esta Epístola y de todas sus otras Epístolas, así como las enseñanzas de sus contemporáneos inspirados; debo rechazar mi propia Biblia, antes de poder repudiar un artículo tan cardinal de la fe. Que hay misterio, profundo misterio, en este dogma de la Sustitución divina y la Fianza, nadie puede negarlo. Pero pediría a quienes lo descartan, que leyeran con calma sin cavilación ni prejuicio las siguientes entre muchas afirmaciones (no de modo alguno exclusivamente paulinas), y dijeran si su sentido llano e inequívoco puede eludirse.
Para empezar con el propio testimonio de Cristo: «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y dar su vida en rescate por muchos» (Mt. 20:28). Omitiendo por ahora los escritos proféticos, sus apóstoles y otros plumas inspiradas repiten y ensayan las afirmaciones de su Señor. «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Co. 5:21). «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición» (Gá. 3:13). «Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos» (He. 9:28). «Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 P. 2:24). «El cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí» (Gá. 2:20). «Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 P. 3:18). «Convenía» (esa palabra «convenía» es solemnemente enfática; había una necesidad impuesta sobre Dios, surgida de su propia naturaleza, mayor que la cual no podemos concebir necesidad) «a aquel por cuya causa son todas las cosas y por el cual todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos» (He. 2:10). «Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre» (Ap. 1:5).
Podéis esforzaros, mediante una exégesis forzada, en desembarazaros del sentido envuelto en estos y afines pasajes sobre la Fianza de Cristo; pero solo una aceptación literal puede dar explicación y consistencia al razonamiento del apóstol en este versículo en que ahora meditamos. Dios, en la Persona, la obra y la muerte expiatoria de su amado Hijo, ha arrojado el lustre de una gloriosa vindicación en torno a cada exigencia de su ley y a cada atributo de su naturaleza. Cristo, con una vida santa, obedeció los preceptos de la ley, y con una muerte santa de entrega y sacrificio soportó su pena. La ley dice: «Haz esto y vive». Yo no puedo hacerlo. Pero escucho las palabras de aquel que puede hacerlo, que lo ha hecho. «He aquí, vengo; me deleito en hacer tu voluntad, oh Dios mío» (Sal. 40:7, 8). «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley» (Gá. 5:4).
Oh bendito Salvador, deseo con fe sencilla e inquebrantable mirarte así, a ti solo, del todo y para siempre. Deseo contemplarte como el gran Antitipo del chivo expiatorio judío, que lleva lejos la carga de la transgresión a una tierra de olvido y olvidanza, de modo que «cuanto está lejos el oriente del occidente», así lejos «quitó de nosotros nuestras transgresiones». Te miro, en verdad, también en la hermosura de tu Carácter y Obra, como el Ejemplo perfecto, el gran Ideal de la Humanidad. En esta acepción de la palabra, sé que tú opusiste y venciste las fuerzas del mal. Sé que de modo semejante también puede decirse que tú «condenaste al pecado en la carne»; lo venciste y lo conquistaste en tu propia naturaleza humana pura y sin mancha. Pudiste decir en sentido real lo que nuestro apóstol solo pudo enunciar en sentido calificado: «He peleado la buena batalla; he vencido, y con ello he dado una prenda del sometimiento final del pecado». Pero esto no es todo lo que necesito. Debo mirarte como el Sacrificio Expiatorio, la Ofrenda por el pecado. «¡Oh Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros!» «¡Oh Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, concédenos tu paz!» No iré al Templo sin el Altar, ni al Altar sin el Sacrificio. Gracias sean al amor moribundo y siempre viviente del Fiador divino, si soy habilitado con los celestiales arpistas mencionados en Apocalipsis (5:8, 9) a «cantar el cántico nuevo», el Cántico cuyos acordes les dieron sus arpas de oro y sus incensarios de oro y sus coronas de victoria: «Tú fuiste inmolado, y nos has redimido para Dios con tu sangre, de todo linaje y lengua y pueblo y nación».
Cierro con un versículo de un capítulo anterior de esta misma Epístola. Ha sido dejado a propósito aparte y para el final. Está tomado del medio del argumento cogente de Pablo. Pero parece expresar, en una breve sentencia, la verdad sin par sobre la que ahora hemos reflexionado. Olshausen, mediante una metáfora no menos verdadera que feliz, lo llama «La Acrópolis de la fe cristiana»: «Al cual Dios ha propuesto en propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, atónicamente por la remisión de los pecados pasados, por la paciencia de Dios» (Ro. 3:25).
Propiciación (marg., V.R., «Propiciatorio»). La referencia, como es bien sabido, es a la tapa del Arca del Pacto, en el Tabernáculo o Templo, el Asiento de Misericordia. Las tablas de la ley, las dos tablas de piedra, estaban depositadas dentro de aquel Sagrado Arca: el decálogo eterno con sus demandas no revocadas, no abrogadas, y sus solemnes exigencias. Hablaban condenación: «El alma que pecare, esa morirá». Pero el «Escudo» rociado de sangre, resplandeciente de oro y fragante con madera de acacia (tipo y emblema significativo del Fiador divino), se interponía entre ella y el Sumo Sacerdote oficiante, el Representante del Israel del pacto en todas las edades. Cristo, el verdadero «Propiciatorio», se interpone entre los vivos y los muertos, para que la gran plaga del pecado fuese detenida. O, para dar una ilustración distinta, recordamos la hueste de guerreros asirios en la antigua historia judía, «sus cohortes resplandecientes de púrpura y oro», sus banderas «flameando orgullosas al ocaso»:
«Cual las hojas del bosque cuando el Otoño ha soplado, aquel ejército del alba yacía marchito y esparcido; pues el Ángel de la muerte desplegó sus alas en la ráfaga, y respiró en el rostro del enemigo al pasar.»
Cada mano empuñaba una espada, pero era impotente para blandirla. Así también: la ley retiene, con toda su fuerza, las armas mortíferas de condenación. Pero uno más poderoso que cualquier ángel creado ha descendido y paralizado su brazo: «aquietado al enemigo y al vengador». Las espadas afiladas y de filo agudo duermen impotentes en sus vainas. «Gracias sean a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.»
Estas observaciones debieran cerrar apropiadamente esta sección. Pero un pensamiento práctico no osa omitirse: una nota se necesita para la plena cadencia y armonía de este Cántico de Redención. Si la ley es impotente para salvar, si sus reclamaciones han de cumplirse y sus penas sobrellevarse por Otro, ¿hemos de desentendernos de ella como regla de vida?
Esto se responde en el dicho final del pasaje. Es una breve pero necesaria reiteración de la pregunta precedente del apóstol, ya plenamente discutida: «¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?». «Que no andan conforme a la carne, mas conforme al Espíritu» (v. 4). No podemos entrar aquí en el vasto tema. Vendrá a su debido curso, y se ampliará en el capítulo siguiente. Baste decir que el amor de Dios, en el don de su Hijo, tiene como resultado, en el caso del creyente, la impartición de una nueva vida de amor. Para citar las palabras de un apóstol hermano (1 Jn. 4:9): «En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él». O la afirmación igualmente cogente del propio Pablo (Ro. 6:18): «Y libertados del pecado, somos hechos siervos de la justicia». (v. 22): «Mas ahora, libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y por fin la vida eterna». El mensaje evangélico del libre perdón por los méritos y la justicia de Cristo actúa como una influencia dominante, un nuevo principio de acción penetrante, que permea y energiza todo el ser. Los hospicios que pueblan el camino del peregrino conducen a la atmósfera pura y serena de los collados eternos. Las gradas del Templo, no de la Ley sino de la Gracia, conducen al Lugar Santísimo. Una nota suelta del mayor «Cántico de los cánticos» del Salvador, su propio capítulo de Bienaventuranzas, está en los labios de cada adorador: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios».
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: 2. SONG OF VICTORY
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.