Patmos

El cántico del Cordero: el himno eterno de la redención

El canto de la Providencia y el canto de la Gracia se funden en el Cántico del Cordero, sublime tema que une a la Iglesia en la tierra y en el cielo, y que será el himno de la eternidad.

Y cuando su tarea esté cumplida, cuando la última copa haya sido derramada y la Gran Voz vuelva a salir del templo del cielo diciendo: «Consumado es», cuando regresen a sus tronos para devolver su cometido y depositar las copas vaciadas a los pies de su gran Señor, ¿cuál es la siguiente anotación del espectador que registra? «Después de estas cosas oí una gran voz de mucha gente en el cielo, que decía: ¡Aleluya! Salvación, y gloria, y honra, y poder al Señor nuestro Dios, porque verdaderos y justos son sus juicios... Y oí como la voz de una gran multitud, y como la voz de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya! ¡Porque reina el Señor Dios Todopoderoso!».

Recogamos el excelso eco de este Cántico de Moisés, el Cántico de la Providencia; el canto cantado, sí, y que ahora se canta, en las orillas de la gloria. La Providencia que se sienta entronizada sobre la Iglesia y el mundo preside también nuestros destinos individuales. A menudo puede haber profundos misterios en los tratos divinos: «el abismo puede llamar al abismo». Podemos a veces perder las huellas de un Dios de amor, y ser llevados en nuestro desconcierto a exclamar: «Tu camino está en el mar, y tu senda en las aguas profundas, y tus juicios no son conocidos». Pero viene un día en que la rectitud de sus tratos y de sus obras será vindicada, en que las aguas que ahora alzan sus olas y hacen gran estruendo se aquietarán en una calma cristalina, que solo reflejará la rojiza y ardiente gloria de la Justicia, la Misericordia y el Amor; y en que, no al son de las trompetas de la guerra terrenal, sino con los acordes melodiosos del más dulce instrumento del cielo, cantaremos con los arpistas junto al mar de cristal: «El Cántico de Moisés, siervo de Dios».

El segundo tema del canto doble es «El Cántico del CORDERO»: el canto de la Gracia y de la Redención. Es un acorde más alto, más sublime, más solemne. Lo hemos encontrado antes, más de una vez, en las figuras anteriores, de modo que menos necesidad tenemos de detenernos en él aquí. En el contexto en que se encuentra en el pasaje presente, somos vivamente llevados a recordar uno de los incidentes más conmovedores en la vida de nuestro Redentor Encarnado. Moisés, autor del Cántico de la Providencia, en compañía de otro ilustre colega arpista del mar de cristal, descendió a un monte terrenal para presenciar la Transfiguración de aquel cuyo día habían visto ambos de lejos y se alegraron. Sin embargo, no fue el tema de la Providencia el que entonces absorbió sus pensamientos, ni el Cántico de la Providencia el que tembló en sus labios. «Aparecieron en gloria, y hablaban de su muerte, que iba a cumplir en Jerusalén».

Como si con ello quisieran proclamar que el tema de la Redención, el Cántico del Cordero, es el sublime tema que fija la contemplación y ocupa las energías inmortales de los redimidos allá arriba, el vínculo bendito de unión que enlaza las dispensaciones diversas: la legal, la profética, la evangélica, la Iglesia en la tierra y la Iglesia en el Cielo. Todo otro tema palidece ante él. Todas las demás obras y designios de la Providencia se constelan en torno a la Cruz del Calvario, como los planetas en torno a un sol central. Ningún otro tema, ninguna otra canción, tiene gloria alguna, a causa de esta gloria que excelentemente sobresale: «¡Cristo es el todo, y en todos!». No solo de Él y por Él, sino «a Él son todas las cosas». Verdaderamente glorioso es el Cántico de la Creación, el canto que el salmista pone en los labios de los cielos estrellados, mientras estos relucientes ministros del firmamento declaran la gloria de Dios y muestran su obra, el día al día profiriendo habla, y la noche a la noche mostrando conocimiento.

Glorioso fue también aquel Cántico de Moisés en las orillas del Mar Rojo. Jamás una liberación terrenal mayor ni más señalada fue celebrada en poesía o música. Se alza por sí solo, con grandeza sin par, en los anales sagrados y profanos. Mas, después de todo, ¡qué débil tipo de aquella liberación que ahora cantan y celebran los arpistas celestiales: una liberación de la servidumbre de la condenación y la muerte!, mientras cruzamos el mar de la ira divina y contemplamos nuestros pecados, como las huestes del Faraón, ¡hundidos en sus profundidades! ¡Oh, cantad al Señor un cántico nuevo, porque Él ha hecho maravillas! Su diestra y su santo brazo le han dado la victoria. ¡Gracias, eternas gracias, sean a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!

Si la expresión conveniente de la Creación y la Providencia es: «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso», la Redención, al ponerse junto a la Cruz y contemplar el encuentro en armonía bienaventurada de todos los atributos de Jehová, la Verdad con la Misericordia, y la Justicia con la Paz, tiene también este canto peculiarmente suyo: «Justos y verdaderos son todos tus caminos, oh Rey de los siglos; ¿quién no te temerá y glorificará tu nombre? porque solo tú eres santo».

Cantemos ahora ese canto doble y entreverado, para que podamos cantarlo para siempre. Va creciendo continuamente más fuerte. Las voces conocidas que faltan en la tierra añaden a las sublimes melodías y armonías de los cielos. La hueste que atraviesa el Mar Rojo de la prueba terrenal va disminuyendo siglo tras siglo, año tras año, semana tras semana; las orillas de la gloria se van poblando de números siempre crecidos. Mientras tanto, dejen que los ángeles ceñidos de juicio salgan en su misión; y ya sea para derramar el contenido de sus incensarios sobre un mundo asolado, sobre ríos y fuentes y mar y lumbreras del cielo, entre voces predichas y truenos, relámpagos y terremoto, el estruendo de ciudades que caen y los salvajes paroxismos de una naturaleza aterrorizada; o ya sea para llevar estas copas a hogares y lares individuales, escucharemos la voz de aquel que ha dado el mandato: «Id»; escucharemos la dulce canción de cuna que desciende de los arpistas junto al mar de cristal, mientras proclaman, en medio de todas las convulsiones y todos los cambios, el dominio por igual de un Dios de Providencia y de Gracia, y nos exhortan a cantar con ellos, aun ahora, lo que formará el tema y el himno de la eternidad: «¡El Cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del CORDERO!».

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: THE SONG OF THE HARPERS BY THE GLASSY SEA — Parte 3

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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