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9. EL CÁNTICO DEL REBAÑO
«Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me pastorea. Conforta mi alma; me guía por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento.» Salmo 23:1-4
¡Qué poema inmortal es el Salmo veintitrés! Es el salmo de todos los salmos. Nuestras Biblias se verían privadas de su joya más resplandeciente sin él; y nuestros recuerdos, de un tesoro atesorado y amado. ¡Qué multitud incontable habría, si pudiéramos reunir a todos los que alguna vez lo han leído o cantado! Estaría el enfermo en su lecho, aliviando y amenizando sus largas vigilias al repetir sus consuelos. Estaría el mártir cantándolo en la hoguera mientras las llamas envolvían su sábana roja de muerte. Estaría el soldado en su campamento, en víspera de batalla, meditando sus solemnes consuelos junto a las brasas moribundas de su fogata —o su Biblia hallada entre los montones de caídos, con su página doblada en el cántico del «valle de sombra de muerte». Estaría el pastor, vagando junto a los verdes pastos y las aguas tranquilas, tarareando las melodías del inspirado bardo de todos los tiempos, que había así santificado su vocación. Estaría el doliente que ha perdido un ser querido, inclinado sobre alguna flor marchita —lamentando alguna luz extinguida en la morada terrenal— cantando una casa y un hogar donde él y sus seres amados restaurados habitarían para siempre. Se ha cantado en las colinas de la prosperidad y en los valles de la aflicción —en la lengua del balbuceante infante— en la virilidad de su plenitud, y en la vejez de su paso vacilante, apoyada en la vara y el cayado de los que conmovida habla. Poco imaginaba el que primero pulsó sus notas en su arpa, el legado que así legaba a la Iglesia del futuro; cuando, en algún momento luminoso de sus propios años declinantes, alzó el velo de la vida y se recreó en el pensamiento de las tiernas imágenes de su niñez, así como de día conducía sus ovejas por las laderas de los montes, y de noche las recogía en los resguardos huecos; tomando estos recuerdos de dulce sol como símbolos santificados del amor y la fidelidad del Pastor que es Dios.
Las imágenes de este canto pastoral pueden ser de la tierra, pero su linaje es del cielo —es un salmo nacido del cielo. Sin duda, Bondad y Misericordia, los dos ángeles guardianes —espíritus hermanos— de los que se habla al final, debieron traerlo en alas resplandecientes desde el santuario celestial. Durante tres mil años ha alegrado, consolado y confortado a la Iglesia en el desierto. «Por toda la tierra salió su sonido, y hasta el fin del mundo sus palabras.» Y los que ahora lo cantan en la Iglesia de abajo no son nada comparados con las lenguas redimidas de la Iglesia de los primogénitos, para quienes sigue siendo querida su cadencia inmortal. Reunámonos por ahora en torno a la frase inicial —al acorde inicial. «JEHOVÁ ES MI PASTOR; NADA ME FALTARÁ.»
JEHOVÁ, «Todo-suficiente», el Pastor del pacto de su pueblo —embarcado de su parte y comprometido con su salvación. El antiguo patriarca Jacob habla del «Pastor de Israel»; Pedro habla del «Pastor y Obispo de las almas». Pero David usa un epíteto más sublime —más entrañable. Aquel Ser todopoderoso, todo-suficiente y omnipotente, dice, es mío; Él es MI Pastor; o como canta en otra parte: «Este Dios es nuestro Dios para siempre y para siempre; Él será nuestro guía aun hasta la muerte.» No son las promesas de Dios en las que él se apoya; es en Dios mismo. No son los arroyos de los que bebe; sino que, inclinado sobre la Fuente Infinita, exclama: «¡He aquí mi porción del pacto! Dios es el fortalecimiento de mi corazón, y mi porción para siempre.»
No sabemos si compartía la hermosa creencia de los hebreos respecto a los ángeles custodios que sobrevuelan el sendero humano desde el nacimiento hasta la muerte. Pero parece decir: «Aquí tengo una creencia más noble —un Guardián más poderoso, el Señor de los ángeles es mi Pastor.»
Consideremos, con algo más de detalle, las palabras de nuestro lema-versículo, como expresión de estas tres cosas: Acción de gracias por el pasado, Confianza en el presente y Esperanza para el futuro; aunque necesariamente han de sugerir algunas verdades consoladoras similares a las que ya hemos considerado en un capítulo anterior.
Consideremos este canto del rebaño de Dios como expresión de ACCIÓN DE GRACIAS POR EL PASADO. Jehová, Todo-suficiente, HA SIDO mi Pastor. Muchos son los que no ven ley ni principio mejor que regule los designios de su vida diaria, sino el accidente y la fortuna caprichosa. Ven las lanzaderas del azar aparente cruzando de un lado a otro en el telar de la existencia, tejiendo una trama de variado matiz —un dibujo intrincado— hilos negros e hilos blancos —gozo y tristeza, en extraña y caprichosa alternación. ¡No, no es así! La lanzadera está en las manos del Gran Tejedor. La vida no es un mero calidoscopio —sus acontecimientos deslizándose y configurándose en combinaciones caprichosas y vagabundas. Dios tiene un plan, un plan divino, en todo. Cada misericordia es su don; y cuando las misericordias se retiran y ocupan su lugar las tristezas, es igualmente por su sabia, aunque a veces misteriosa, disposición.
Procura, como el salmista, ver la mano guía de tu Pastor en todo el pasado, y conservar en el recuerdo la mejor de las bendiciones —un corazón agradecido— agradecido por las pequeñas misericordias tanto como por las grandes. Así como el imán atrae hacia sí el más minúsculo grano de hierro lo mismo que el más grande —así el alma redimida, regenerada, imantada con el amor de Dios, se lleva consigo el recuerdo vivo de las más pequeñas muestras del favor divino, lo mismo que los «recuerdos de la gran bondad de Dios», y siente que ninguna misericordia es indigna de ser recordada, pues todas son inmerecidas.
El corazón orgulloso, mundano y desagradecido jamás está satisfecho —todo cuanto tiene lo da por descontado; y a pesar de todo lo que tiene, siempre está ansiando más. El corazón agradecido, en cambio, bautizado con los nuevos afectos del evangelio, se complace en recorrer en el pensamiento el pasado, y en conectar cada punto luminoso en ese recorrido con el gran Dador de todo bien —diciendo, con palabras del que escribió este salmo, en otra de aquellas ocasiones de su vida que arrancaron el reconocimiento de su espíritu agradecido: «¿Quién soy yo, oh Señor Dios, y qué es mi casa, para que me hayas traído hasta aquí!»
Este canto del rebaño redimido de Dios implica CONFIANZA EN EL PRESENTE. «Jehová, Todo-suficiente, ES mi Pastor.» ¡Cuán dichoso es así reposar nuestro presente en Dios; y decir, mientras yacemos pasivos en sus manos: «¡Encárgate Tú de mí!» Él está repartiendo para nosotros según le parece bien, teniendo sus propias razones infinitas para lo que a nosotros puede parecernos perplejo. Nosotros, con una fe que no pregunta ni discute, confiando plenamente en su poder, ternura, habilidad, vigilancia y amor de Pastor. Él no consulta nuestra sabiduría miope en lo que hace. Las nubes no consultan a la tierra sobre cuándo han de visitar sus frutos y flores —sus campos de trigo y bosques— con sus tesoros de agua. La planta que se marchita no dicta a los reservorios celestiales cuándo han de abrir sus depósitos ocultos. Estos dan un suministro bondadoso y necesario «a su tiempo», y la tierra nunca, en seis mil años, ha tenido que quejarse de ellos como administradores mezquinos de la generosidad del Creador.
Así es con el alma: Aquel que hace de las nubes su carro, que abre y cierra a voluntad las ventanas del cielo —que cierra y abre las fuentes del gran abismo— dice a todo su pueblo: «Confía en mí; te daré todas las bendiciones presentes que necesites —vendré a ti como la lluvia, como la lluvia tardía y temprana sobre la tierra. No me comprometo en cuanto a cómo o cuándo caerá la lluvia —pero haré que el chubasco descienda en su tiempo: habrá chubascos de bendición. Conforme sea tu día, así será tu fuerza.»
¡Oh, si pudiéramos aprender esta lección de entera confianza en un Dios presente y personal, en quien vivimos, nos movemos y somos! He aquí el sol de los cielos naturales, el gran astro central —una masa muda e insensible de materia— que sostiene a sus planetas dependientes en sus órbitas, controlando sus movimientos infalibles; ellos, en calma y silenciosa sumisión, rinden obediencia a la voluntad de este soberano señor: ¡cuánto más podemos nosotros seguir nuestro camino en la órbita de una obediencia invariable, exultando en el poder y amor siempre presentes de Dios; de modo que en la soledad más remota, lo mismo que en la multitud más densa, podamos decir: «Solo, y sin embargo no solo, porque mi Padre y Pastor está conmigo!»
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: 9 — Parte 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.