No debemos entender por la palabra "castigado" nada de naturaleza vindicativa. Dios nunca castiga penalmente los pecados de sus escogidos; es decir, no como castiga los pecados de los réprobos. El pacto eterno lo prohíbe. "No hay en mí ira, dice el Señor." Los escogidos son aceptos en Jesús, perdonados en él, completos en él. Esta es su posición eterna e inalterable en el pacto —fruto y efecto de su unión sempiterna con el Hijo de Dios. Pero aunque esto prohíbe el castigo en su sentido estrictamente penal, de ningún modo excluye la disciplina. Así, no debemos entender por "castigo" en el texto la inflicción de la justa ira de Dios, ese anticipo de la condenación eterna con el cual visita a veces aun en esta vida a los impíos; sino que significa aquella disciplina que es privilegio del heredero y le distingue del bastardo. Es bajo esta disciplina, pues, que el hombre viviente es llevado a quejarse, y a menudo verá en las aflicciones que le sobrevienen la vara del Señor como castigo de su pecado. Cuando así ve luz en la luz de Dios, puede decir con justicia: "¿POR QUÉ se queja el hombre viviente del castigo de sus pecados?" ¿No son disciplinas, no castigos; la vara de la corrección de un padre, no el golpe vindicativo de una justicia ofendida?
Acaso sus bienes se pierdan por circunstancias imprevistas, o por la picardía de otros; y se vea reducido de una relativa holgura a ser un hombre pobre. Cuando puede ver que esto es una disciplina por su orgullo y carnalidad de antaño, es capaz de poner su boca en el polvo. O si el Señor le aflige en su cuerpo de modo que apenas goce de un día de salud, cuando ve y siente cómo abusó de su salud y fuerzas cuando las poseía, y al mismo tiempo percibe de cuántos lazos dañinos le preserva instrumentalmente su dolencia corporal, es capaz a veces de sobrellevarla con mansedumbre y paciencia.
Puede también tener graves aflicciones en su familia, o hallar, como David, que "su casa no está así con Dios" como desearía; pero cuando ve que una esposa enfermiza o hijos desobedientes son otros tantos golpes de disciplina, y mucho más leves de lo que sus pecados exigen, cuando ve que provienen de la mano del amor y no de la ira eterna, que son los azotes de un Padre, no los golpes vindicativos de un juez airado, entonces siente que el amor se mezcla con la disciplina, y su espíritu se serena, y su corazón se enternece, y es llevado a decir: "¿Por qué se queja el hombre viviente?"
Ahora bien, hasta que un hombre llega allí no puede sino quejarse. Hasta que es llevado espiritualmente a ver que todas sus aflicciones, pesares y dolores son disciplinas y no castigos, y a recibirlas como azotes de amor, ha de quejarse y se quejará. Pero, por regla general, antes de que el Señor levante sobre él la luz de su rostro, antes de darle sentido de paz en la conciencia, le llevará "a aceptar," como habla la Escritura (Lev. 26:41), "el castigo de su iniquidad." Así recibirá estos azotes de disciplina con un espíritu sosegado; confesará que son justamente merecidos; y, quebrantada en parte su obstinación y rebeldía, yacerá como un pobre y necesitado suplicante al pie de la cruz.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: October 5
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.