El cielo es la morada de un pueblo renovado; es un lugar santo y el hogar de los santos. Antes de que el pecador pueda tener alguna aptitud real para el cielo, alguna esperanza fundada de gloria, debe ser partícipe de una naturaleza que armonice con la pureza y corresponda a los goces del cielo. El cielo no sería cielo para una mente carnal ni para un corazón no santificado. Si fuera posible trasladar a un inconverso desde este mundo a las moradas de la gloria eterna, abrumado por el resplandor del lugar y sin comunión alguna con la pureza de sus goces ni con la bienaventuranza de su sociedad, exclamaría: «Llevadme de aquí; no es el lugar para mí; no tengo simpatía ni aptitud ni placer en él». Pensamiento solemne. Pero el cristiano es una criatura renovada, partícipe de la naturaleza divina; posee simpatías, afectos y deseos impartidos por el Espíritu, que lo asemejan a la felicidad y pureza del cielo. Es imposible que no esté allí.
¿Qué es, entonces, lo que da al cristiano un título válido de posesión a la gloria eterna? Es su justificación por la fe mediante la justicia imputada de Cristo. Este es el único título válido a la gloria eterna que Dios admite: la justicia de su amado Hijo imputada al que cree. «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». He aquí el alto terreno en que se halla el santo de Dios: no se apoya en su propia justicia, sino en la de otro; está acepto en el Aceptado, justificado en el Justificado, y justificado por Dios, el gran Justificador. La vida espiritual que Dios ha respirado en nuestras almas no descansará hasta alcanzar su desarrollo pleno y perfecto. El cielo completará la obra que la gracia soberana comenzó en la tierra.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Evening Thoughts - February 9
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.