La soledad endulzada

El conocimiento infinito que todo lo ve

Dios conoce con perfección infinita cada pensamiento, palabra y obra de todos los hombres; nada escapa a su mirada, y el creyente halla gozo en vivir siempre bajo su sabio y soberano cuidado.

¡Con cuánta admiración miramos a un hombre que es apenas un poco más sabio que nosotros! Sin embargo, la sabiduría de todas las tribus humanas, de todas las multitudes angélicas, no es sino necedad ante Dios, en cuyo conocimiento infinito todos nuestros pensamientos quedan al descubierto y todas nuestras concepciones son absorbidas. ¡Cuán divinamente glorioso es su conocimiento universal, que se extiende a todo! El hombre no puede conocer ni retener todo pensamiento que haya brotado de su propio corazón, ni toda palabra que haya salido de su boca, y mucho menos los de sus semejantes. Pero no es así con Dios. No hay un solo hombre a ninguno de los lados del globo sobre el cual no estén fijos sus ojos. Todo pensamiento es traído a su presencia. Todo susurro se derrama en su oído. Toda obra se realiza delante de él. ¡Y todas estas cosas están con él para siempre!

¡Cuán a menudo el juez mortal debe examinar una y otra vez al criminal y a los testigos, y aún así dudar qué sentencia dictar! Pero todas las cosas están desnudas y expuestas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta. Él preside todo propósito, guía cada paso, termina toda acción y gobierna a cada individuo. ¡Qué conocimiento tan asombroso es este, por el cual no solo los reinos y las provincias en sus diversas revoluciones y cambios, sino también las personas en sus sucesos y circunstancias particulares, son minuciosamente gobernados por él!

Ahora bien, ¿cuántas deben ser las acciones, las palabras y los pensamientos de tantos millones de personas que al mismo tiempo actúan, hablan y piensan? Sin embargo, todas son conocidas por Dios con la misma claridad y distinción que si hubiera una sola persona en todo el mundo. Ni la parte mucho mayor de las personas que han partido al mundo eterno, unas en placer y otras en dolor, es menor en su conocimiento. Su conocimiento y su solicitud por el género humano no disminuyen su cuidado de los seres irracionales, pues él alimenta a los cuervos jóvenes que claman desde la cumbre de la roca, y a los cachorros de león que rugen desde sus guaridas, y hace crecer bondadosamente la hierba para los habitantes más mansos del globo. Todo insecto, que el vano hombre en cierto modo desprecia, es producido y preservado por él, y se arrastra dentro de su omnisciente conocimiento. Dios ve y envía el jugo de la vida por cada fibra de la familia vegetal, da a las flores su rica variedad de colores y a las plantas sus diversas virtudes.

Él crea a los infantes que nacen diariamente en el mundo, para suplir la pérdida cotidiana de aquellos a quienes él envía a su morada eterna. Por él son contados los cabellos que caen de nuestra cabeza. Ni un gorrión salta al suelo sin su permiso. Los árboles de todo bosque y de toda tierra están verdes a su mandato. Cada brizna de hierba y fragante flor, cada botón y flor, cada semilla y raíz, cada fruto y hoja, crece y se marchita, florece y se seca a su mandato. El cielo y la tierra están abiertos delante de él; la muerte y la destrucción no tienen cubierta. Las gotas de lluvia de las nubes, el rocío sobre la hierba y las olas del vasto océano están contadas por su mano.

¡Cuán perfecto debe ser su conocimiento, cuando todas las cosas presentes le son tan perfectamente conocidas, y siguen estando con la misma claridad en su conocimiento cuando ya son pasadas, así como le fueron conocidas con la misma perspicuidad desde la eternidad, antes de que existieran! En su conocimiento nada es pasado ni futuro; en un grado insondable de perfección, todo está para siempre presente ante su vista.

A partir de estos pensamientos tan superficiales de su conocimiento infinito, ¡cómo debería aprender yo a admirar a Dios, a caminar como siempre bajo su mirada, y a inscribir en todos mis caminos: «Tú, oh Dios, me ves»; y a regocijarme, porque el que me ve dispone de mí según su sabiduría!

Además, aunque los cielos y sus habitantes; el mundo de la humanidad, muertos, vivos o por nacer, en todos sus pensamientos, palabras y acciones; la creación animal, reptil e insectil, en todos sus movimientos y cambios; árboles, plantas, flores y cuanto más existe, poblara otros mundos, y esta población continuara hasta que el espacio infinito se llenara, y la concepción fuera sobrepasada por el tremendo aumento, aun entonces, cuando pensamientos, palabras y acciones se multiplicaran casi hasta el infinito, todo seguiría siendo conocido por él con la misma claridad, sencillez y distinción que si existiera un solo ángel, un solo hombre, un solo insecto o un solo átomo.

De aquí podemos entender cuán infinito debe ser su poder, que es de la misma extensión que su conocimiento, como lo son todos sus atributos divinos: su santidad, justicia, bondad y verdad. ¡Y, oh creyente, cuál no será el gozo de tu corazón, al ver que su amor para contigo es de la misma extensión y duración!

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: God's Knowledge

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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