Las amistades de Jesús

El corazón humano de Jesús y el don de su amistad

Una meditación sobre la humanidad de Jesús y su anhelo de amistad con nosotros, que nos invita a responder a su amor con consagración fiel.

Existe una tendencia natural a pensar en Jesús como diferente de los demás hombres en el elemento humano de su personalidad. Nuestra adoración a él como nuestro Señor divino hace que parezca casi un sacrilegio colocar su humanidad en el mismo rango ordinario que la de los demás hombres. Nos parece que la vida no pudo haber significado para él lo mismo que significa para nosotros. Nos es difícil concebirlo aprendiendo en su niñez, como todos los niños deben aprender. Nos sorprendemos imaginando que él siempre debió de saber leer, escribir y hablar. Pensamos que las experiencias de su juventud y de su primera adultez fueron del todo distintas a las de cualquier otro muchacho o joven del pueblo donde creció. Este mismo sentimiento nos lleva a pensar que su tentación fue tan diferente de lo que la tentación es para otros hombres, que en realidad no fue tentación alguna.

Así, tendemos a pensar en toda la vida humana de Jesús como elevada de alguna manera por encima del rango de las experiencias ordinarias. No lo concebimos como teniendo las mismas luchas que nosotros tenemos al enfrentarnos a la prueba, al soportar el daño y la injusticia, al aprender obediencia, paciencia, mansedumbre, sumisión, confianza y alegría. Concebimos sus amistades como de algún modo diferentes a las de los demás hombres. Sentimos que, de alguna manera misteriosa, su vida humana fue sostenida y respaldada por la deidad que habitaba en él, y que estuvo exento de todas las condiciones limitantes ordinarias de la humanidad.

No hay duda de que, para muchas personas, este sentimiento de reverencia ha sido un obstáculo para la comprensión más verdadera de Jesús; y a menudo quienes se han aferrado con más devoción a la creencia en su deidad han perdido mucho del consuelo que proviene de una comprensión adecuada de su humanidad.

Sin embargo, la historia de Jesús tal como se relata en los Evangelios no ofrece fundamento para confusión alguna acerca de su vida humana. Lo presenta sujeto a todas las condiciones humanas ordinarias, excepto el pecado. Comenzó la vida como comienza todo infante, en debilidad e ignorancia; y no hay indicio de desarrollo alguno inusual. Aprendió, como debe aprender todo niño. Las lecciones no se obtuvieron con facilidad ni sin estudio diligente. Jugó como lo hacían los otros niños, y con ellos. Cuanto más pensemos en la juventud de Jesús como en nada notablemente distinta a la de aquellos entre quienes vivió, más verdadero será nuestro pensamiento acerca de él.

Millais, el gran artista, cuando era joven, pintó un cuadro inusual de Jesús. Lo representó como un niño pequeño en el hogar de Nazaret. Se ha cortado el dedo con alguna herramienta de carpintero, y acude a su madre para que se lo venda. El cuadro es realmente uno de los más verdaderos entre los muchos cuadros de Jesús, porque representa justamente la clase de escena que con frecuencia pudo haberse presenciado en su juventud. Evidentemente no hubo nada en su vida en Nazaret que llamara la atención de sus compañeros y vecinos de manera singular. Sabemos que no realizó ningún milagro hasta después de haber comenzado su ministerio público. Podemos pensar en él viviendo una vida de desinterés y bondad. Nunca hubo en él pecado ni falta alguna; siempre guardó la ley de Dios de manera perfecta. Pero su perfección no era algo asombroso. No había halo alrededor de su cabeza que impresionara a los hombres. Se nos dice que crecía en gracia ante los hombres así como ante Dios. Su piedad hacía hermosa y atrayente su vida, pero siempre de un modo tan sencillo y natural que no llamaba atención inusual sobre sí misma. Era rica e idealmente humana.

Así fue hasta el fin. A través de los años de su ministerio público, cuando sus palabras y obras ardían con revelación divina, él continuó viviendo una vida humana del todo natural. Comía y bebía; se cansaba y desfallecía; fue tentado en todo semejante a nosotros, y sufrió siendo tentado. Aprendió obediencia por las cosas que padeció. Tuvo hambre y sed, sin valerse jamás de su poder divino para suplir ninguna de sus propias necesidades. "En todo convenía que él fuera hecho semejante a sus hermanos."

En nada más se muestra esta verdad con mayor claridad que en la humanidad de corazón, que fue un rasgo tan notable de la vida de Jesús entre los hombres. Cuando pensamos en él como el Hijo de Dios, surge la pregunta: ¿Le importaban de verdad las amistades personales con hombres y mujeres de la familia humana? En el hogar del cual provenía, había morado desde toda la eternidad en el seno del Padre, y había disfrutado la compañía de los ángeles más excelsos. ¿Qué podía encontrar en este mundo de seres imperfectos y pecadores que satisficiera los anhelos de su corazón por la comunión? ¿A quién podía hallar entre las criaturas pecadoras de la tierra que fuera digno de su amistad, o capaz de ser, en sentido real, su amigo personal? ¿Qué satisfacción podía hallar su corazón en el amor más profundo y santo de este mundo? ¿Qué luz puede dar una vela tenue al sol? ¿Necesita el gran océano la pequeña gota de rocío que se oculta en el seno de la rosa? ¿Qué bendición o inspiración de amor puede dar una vida pobre, herida y manchada al alma del Cristo?

Sin embargo, los Evangelios abundan en evidencias de que Jesús sí anhelaba el amor humano, de que encontró dulce consuelo en las amistades que formó, y de que gran parte de su sufrimiento más agudo fue causado por los fracasos en el amor de quienes debieron haberle sido fieles como amigos. Anhelaba el afecto, y aun entre los hombres y mujeres débiles y defectuosos que lo rodeaban, formó muchos vínculos muy sagrados de los cuales extraía fuerza y consuelo.

Debemos distinguir entre el amor de Cristo por todos los hombres y su amistad con personas en particular. Él estaba en el mundo para revelar al Padre, y toda la compasión divina por los pecadores estaba en su corazón. Fue este amor poderoso el que lo trajo a la tierra en la misión de redención. Fue esto lo que lo impulsó y lo constriñó en toda su búsqueda de los perdidos. Había venido para ser el Salvador de todos los que creyeran y lo siguieran. Por tanto, se interesaba hasta en el más mínimo fragmento o vestigio de vida. Ningún alma humana estaba tan abatida que él no la amara.

Pero además de este amor divino universal revelado en el corazón de Jesús, él tenía sus amistades humanas personales. Un filántropo puede entregar toda su vida al bien de sus semejantes, a su enaltecimiento, su progreso, su educación; a la liberación de los esclavos; al trabajo entre los pobres, los enfermos o los caídos, y en favor de ellos. Toda la humanidad que sufre despierta su interés y apela a su compasión. Sin embargo, en medio del mundo de aquellos a quienes así ama y desea ayudar, este hombre tendrá sus amigos personales; y a lo largo de la historia de su vida correrán los hilos dorados de dulces compañías y amistades cuyas bendiciones e inspiraciones serán manantiales secretos de fuerza, aliento y ayuda para él en toda su labor en favor de los demás.

Jesús entregó toda su rica y bendita vida al servicio del amor. De él salía continuamente poder para sanar, consolar, animar y salvar. Él vaciaba sin cesar, del manantial lleno de su propio corazón, copas de vida abundante para reavivar otras vidas en su debilidad y agotamiento. Una de las fuentes de su propio reavivamiento y renovación estaba en las amistades que tenía entre hombres y mujeres. Lo que los amigos son para nosotros en nuestra hambre y necesidad humana, los amigos de Jesús lo fueron para él. Anhelaba la compañía, y sufría profundamente cuando los hombres le cerraban las puertas en su rostro.

Hay pocas palabras más conmovedoras en el Nuevo Testamento que aquella breve sentencia que relata su rechazo: "Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron." Otra palabra conmovedora es la que describe el descuido de quienes debieron haber estado siempre dispuestos a mostrarle hospitalidad: "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza." Hasta las bestias del campo y las aves del cielo tenían en este mundo una acogida más cálida que él, en cuyo corazón estaba el amor más tierno que la tierra jamás haya conocido.

Otra palabra que revela el hondo anhelo del corazón de Jesús por la amistad y la compañía fue pronunciada mirando al momento en que aun sus propios apóstoles lo dejarían: "He aquí la hora viene, y ahora ha llegado, en que seréis esparcidos, cada uno a su propia casa; y me dejaréis solo." La experiencia del huerto de Getsemaní muestra también, de manera admirable, el anhelo del Señor por la simpatía. En su gran dolor deseaba tener cerca a sus mejores amigos, para apoyarse en ellos y extraer de su amor un poco de fuerza para su hora de amarga necesidad. Fue un elemento añadido a la tristeza de aquella noche el hecho de que no obtuviera la ayuda de la simpatía humana que había anhelado y esperado. Cada vez que volvía tras su súplica, encontraba a sus apóstoles durmiendo.

Estos son algunos de los destellos que obtenemos en la historia del Evangelio del corazón anhelante de Jesús. Él amaba profundamente y buscaba ser amado. Se decepcionaba cuando no lograba encontrar afecto. Acogía el amor de dondequiera que viniera: el amor de los pobres, la gratitud de aquellos a quienes había ayudado, el afecto confiado de los niños pequeños. Nunca podremos saber cuánto significó para Jesús la amistad del discípulo amado. ¡Qué refugio y consuelo fue para él el hogar de Betania, y cómo se renovaba su fuerza con su dulce comunión! ¡Cómo aun las más pequeñas bondades eran un alivio para su corazón! ¡Cómo fue consolado por el afecto y los ministerios de las amigas que lo seguían!

En los capítulos de este libro que siguen, se intenta contar la historia de algunas de las amistades de Jesús, recogiendo los hilos de pensamiento de las páginas del Evangelio. A veces el material es abundante, como en el caso de Pedro y Juan; a veces solo tenemos un destello o dos en el relato, aunque suficientes para revelar una amistad cálida y tierna, como en el caso de las hermanas de Betania, y de Andrés, y de José. Puede hacernos bien estudiar estas historias de amistad. Al menos nos mostrará la humanidad de corazón de Jesús, y su método para bendecir y salvar al mundo.

El hecho central de toda verdadera vida cristiana es una amistad personal con Jesús. Los hombres fueron llamados a seguirlo, a dejarlo todo y unirse a él, a creer en él, a confiar en él, a amarlo, a obedecerlo; y el resultado fue la transformación de sus vidas a su propia hermosura. Lo único que hace a alguien cristiano es ser amigo de Jesús.

La amistad transforma; toda amistad humana transforma. Llegamos a parecernos a aquellos con quienes vivimos en relaciones estrechas e íntimas. La vida fluye en la vida, los corazones se entrelazan, los espíritus se funden, y los dos amigos se vuelven uno.

Poco tenemos para dar a Cristo; sin embargo, es un consuelo saber que nuestra amistad realmente le es preciosa a él, y añade a su gozo, pobre y escaso aunque sea lo mejor de ella. Pero él tiene bendiciones infinitas para darnos.

"Os he llamado amigos." Ningún otro don que él nos da puede igualar en valor el amor y la amistad de su corazón.

Cuando el rey Ciro dio a Artabazus, uno de sus cortesanos, una "copa de oro", dio a Crisanto, su favorito, solo un "beso". Y Artabazus dijo a Ciro: "La copa de oro que me diste no fue tan preciosa como el beso que le diste a Crisanto."

El dinero de ningún hombre bueno vale jamás tanto como su amor. Ciertamente, el mayor honor de esta tierra, mayor que el rango, la posición o la riqueza, es la amistad de Jesucristo.

Y este honor está al alcance de todos. "Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre, os lo he dado a conocer." Juan 15:13-15

Las historias de las amistades de Jesús cuando él estuvo en la tierra no debieran llevar a nadie a suspirar: "¡Ojalá hubiera yo vivido en aquellos días, cuando Jesús vivía entre los hombres, para haber sido también su amigo, sintiendo el calor de su amor, mi vida enriquecida por el contacto con la suya, y mi espíritu avivado por su amor y gracia!" Las amistades de Jesús, cuyas historias leemos en el Nuevo Testamento, son solo modelos de amistades en las cuales podemos entrar ahora, si estamos dispuestos a consagrar nuestra vida a él en fidelidad y amor.

¡La amistad de Jesús incluye todas las demás bendiciones para el tiempo y para la eternidad! "Todo es vuestro, y vosotros de Cristo."

Su amistad santifica todos los vínculos humanos puros: ninguna amistad es completa si no está tejida de un cordón de tres hilos. Si Cristo es nuestro amigo, toda la vida se vuelve para nosotros rica y hermosa.

Capítulo 2.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: The Human-heartedness of Jesus

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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