El poder expulsivo de un nuevo afecto

El corazón no soporta el vacío

El corazón se aferra a sus afectos presentes porque no tolera la desolación; solo un afecto más poderoso puede desplazar a otro y obrar la verdadera transformación.

Ahora quizá se vea por qué el corazón se aferra con tanta tenacidad a sus afectos presentes cuando el intento consiste en suprimirlos por un mero proceso de extirpación. No consentirá en quedar así desolado. El hombre fuerte cuyo habitáculo se halla allí puede verse obligado a ceder el paso a otro ocupante; pero a menos que otro más fuerte que él tenga poder para desalojarlo y sucederle, mantendrá su morada inviolable. El corazón se rebelaría contra su propia vacuidad. No soportaría quedar en un estado de desamparo, de esterilidad y de insípida desolación.

El moralista que ensaya semejante proceso de desposesión sobre el corazón es frustrado a cada paso por la reacción de su propio mecanismo. Todos habéis oído que la Naturaleza aborrece el vacío. Tal es, al menos, la índole del corazón: aunque la cámara que hay en él pueda cambiar un morador por otro, no puede quedar vacía sin el dolor de un sufrimiento del todo insoportable.

No basta, pues, con argumentar la locura de un afecto existente. No basta, en los términos de una demostración vigorosa o conmovedora, comprender la fugacidad de su objeto. Puede que ni siquiera baste asociar las amenazas y los terrores de alguna venganza venidera con el dejarse llevar por él. El corazón puede aún resistir toda aplicación mediante la cual, obedeciéndola, sería conducido a un estado tan enemigo de todos sus apetitos como el de una franca letargia. Arrancar así un afecto del corazón, dejándolo desnudo de todos sus objetos de estima y de todas sus preferencias, es una empresa ardua y desesperanzada; y parecería que el único motor poderoso de desposesión consistiera en hacer pesar sobre él el dominio de otro afecto.

No conocemos interdicto más amplio sobre los afectos de la Naturaleza que el pronunciado por el Apóstol en el versículo que tenemos ante nosotros. Mandar a un hombre en el que aún no ha entrado la grande y soberana influencia del principio de la regeneración —mandarle apartar su amor de todas las cosas que hay en el mundo— es mandarle renunciar a todos los afectos que alberga su corazón. El mundo es EL TODO del hombre natural. No tiene un gusto ni un deseo que no apunte a algo situado dentro de los confines de su horizonte visible. No ama nada por encima de él, ni se interesa por nada más allá de él; y mandarle no amar el mundo es pronunciar sentencia de expulsión contra todos los habitantes de su pecho.

Para apreciar la magnitud y la dificultad de tal rendición, baste pensar que sería tan arduo persuadirle de no amar la riqueza —que es tan solo una de las cosas del mundo— como persuadirle de prender deliberadamente fuego a sus propias posesiones. Esto podría hacerlo con dolorosa y penosa reluctancia, si viera que de ello pendía la salvación de su vida. Pero lo haría de buen grado si viera que, de los escombros de la vieja hacienda, surgía de inmediato una nueva de diez veces su valor.

En este caso hay algo más que el mero desplazamiento de un afecto. Hay el sojuzgamiento de un afecto por otro. Pero asolar su corazón de todo amor por las cosas del mundo, sin la sustitución de ningún amor en su lugar, sería para él un proceso de tan antinatural violencia como destruir todas las cosas que posee en el mundo sin darle nada a cambio. De modo que, si el no amar el mundo es indispensable para la cristianidad de alguien, entonces la crucifixión del viejo hombre no es un término excesivo para señalar esa transición en su historia, cuando todas las cosas viejas pasan y todas las cosas llegan a ser nuevas.

Fuente y atribución

Autor original: Thomas Chalmers

Título original: The Expulsive Power of a New Affection — parte 5

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Thomas Chalmers, publicado originalmente en Grace Gems.

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