Nos referimos ahora al relato de Lucas del discurso de nuestro Salvador acerca de Juan el Bautista, porque contiene algunos pormenores omitidos por Mateo. El Señor Jesús declaró que el pueblo, y aun los publicanos, creyeron la predicación de Juan el Bautista, mientras que los fariseos la despreciaron. Los publicanos eran grandes pecadores, la mayoría notoriamente deshonestos en el cobro de los impuestos. Cuando Juan les declaró que sus pecados eran grandes y merecían castigo, justificaron a Dios, es decir, reconocieron que la sentencia divina era justa y recibieron con gusto el bautismo como señal de su necesidad de ser limpiados de sus iniquidades. Pero cuando Juan entregó las mismas verdades a los fariseos, diciéndoles que eran hijos del diablo y una generación de víboras, se escandalizaron; rechazaron el consejo de Dios contra sí mismos y no quisieron ser bautizados, porque pensaban que ya eran limpios de corazón y de vida. Así sucede a menudo hoy. Algunos que han cometido pecados graves y manifiestos son llevados al arrepentimiento, mientras que otros, que han llevado vidas regulares y aparentemente religiosas, no creen que, a causa de los pecados secretos de sus corazones, deban humillarse delante de Dios.
Los fariseos trataron al Señor Jesús del mismo modo que habían tratado a Juan: con desprecio. Habían hallado defecto en Juan porque llevaba una vida tan solitaria y tan estricta, vestido de pieles, alimentándose de langostas y miel y negándose a probar vino ni bebida fuerte; por eso dijeron que estaba poseído por el demonio. Pero no podían hallar el mismo defecto en Jesús, pues llevaba una vida del todo opuesta, comiendo y bebiendo como los hombres en general y mezclándose con los más viles pecadores para ganar sus almas para Dios. Sin embargo, los fariseos no quedaron más complacidos con él que con Juan, y le llamaron profanamente comilón y bebedor de vino, amigo de pecadores. ¿Cuál era la razón de que tanto Juan como el Señor Jesús fueran asaltados por los reproches de los fariseos, siendo tan diferentes en su manera de vivir? La razón fue que ambos habían declarado las mismas verdades incómodas; ambos habían predicado la necesidad del arrepentimiento y de la fe.
Jesús refirió una breve parábola para describir la conducta de los fariseos. Era común que los niños en la plaza jugaran a regocijarse y a endechar. Un grupo imitaba los cantos de alegría de los judíos en sus bodas y otras ocasiones festivas, y se esperaba que el otro grupo danzara al son de su música. Pero a veces niños malhumorados y caprichosos no querían unirse al juego. Entonces el otro grupo, con bondad, cambiaba el juego e imitaba la música triste de los funerales, esperando que sus compañeros hicieran gestos de duelo y fingieran llorar; mas los mismos niños consentidos se oponían también a este juego. Así los fariseos no gustaban ni de las maneras estrictas de Juan el Bautista ni de la conducta condescendiente del Señor. Esto era prueba de que odiaban sus palabras de sabiduría, pues Jesús declaró: «La sabiduría es justificada por todos sus hijos». Los hijos de la sabiduría reconocen su sabiduría celestial, venga de quien viniere. Si los fariseos hubieran sido hijos de Dios, habrían justificado a Dios tanto cuando Juan predicaba como cuando el Señor mismo predicaba.
Las personas que aborrecen el evangelio siguen excusándose por no atenderlo, acusando a quienes lo predican de faltas en su manera o de errores en su vida. Estas acusaciones proceden de la enemistad contra el evangelio, y Dios no las aceptará como excusas para descuidarlo. Si los hombres pudieron hallar defectos en la conducta del Salvador, ¡cuán imposible es que un cristiano verdadero escape a la censura, sobre todo siendo propenso a cometer errores reales! ¡Oh, cuán grande es la culpa de quienes así se oponen a los siervos de Dios! Son enemigos de sus propias almas. Dios prueba toda clase de medios para volver a sí a los pecadores: en su santa palabra, unas veces con tiernas súplicas y otras con espantosas advertencias; en su providencia, unas veces acumulando misericordias sobre nuestras cabezas y otras ejecutando juicio. Si todo medio fracasa para ablandar o someter nuestros corazones, ¡bien puede su ira encenderse contra nosotros! Pidamos un espíritu obediente y dócil, pronto a escuchar la palabra del Señor, sea que hable en trueno o en un pequeño silencio apacible.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Jesus reproves the Jews for their perverseness
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.