Direcciones de comunión y exposiciones devocionales

El Cordero de Dios y el comulgante afligido

Meditación sobre el llamado «Venid y veréis»: el comulgante afligido acude al Cordero de Dios, halla consuelo en su morada y aprende a seguirle aun en la noche del dolor.

Discurso a los comulgantes afligidos

«El día siguiente, Juan estaba de pie con dos de sus discípulos. Cuando vio a Jesús que pasaba, dijo: “¡He aquí el Cordero de Dios!” Los dos discípulos le oyeron decir esto y siguieron a Jesús. Cuando Jesús se volvió y vio que le seguían, les preguntó: “¿Qué buscáis?” Le dijeron: “Rabí” (que significa “Maestro”), “¿dónde moras?” Él les respondió: “Venid y veréis.” Fueron, pues, y vieron dónde moraba, y se quedaron con Él aquel día. Era como la hora décima.» (Juan 1:35-39).

Hoy dirigimos nuestras meditaciones a este hermoso incidente en el relato evangélico temprano —los dos amigos y compañeros pescadores de Betsaida de Galilea— a quienes el Bautista señaló a Uno muy superior a él: «¡He aquí el Cordero de Dios!» Al instante se sienten atraídos, de alguna manera misteriosa, por ÉL que acababa de regresar a las orillas del Jordán desde la tentación del desierto, donde, por cuarenta días, había estado sin hogar ni refugio. Vacilan en intrusarse —no se atreven a dirigirse a Él ni a turbar sus meditaciones— pero, con todo, siguen sus pasos, en dirección a su morada temporal —morada probablemente, como la de los otros peregrinos que se habían reunido en torno al Predicador del Desierto— una tienda de hojas cerca de la ribera o a la sombra de una roca, hecha de ramas entrelazadas de los bosques vecinos. «Rabí, ¿dónde moras?» fue su sencilla petición, llena de fe humilde pero confiada. Su respuesta fue inmediata, una palabra de amable bienvenida: «Venid y veréis.»

Su voz, su mirada, su porte los tranquilizan. Era la verdad de un dicho futuro anticipada e ilustrada: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que viene a mí, no le echo fuera.» Aquella larga tarde y noche transcurrieron en dulce comunión con aquel Maestro bondadoso, cuyos consagrados siervos habrían de ser ellos para siempre —gozando de tres años inmediatos de bendita comunión personal, y cuando aquella terminó y su presencia visible fue retirada, creyendo, aún se regocijaban con gozo inefable y glorioso.

Cuáles fueron los temas de meditación durante aquellas horas tres veces santas, no podemos decirlo. ¿No se agruparían naturalmente sus pensamientos en torno a la sugestiva exclamación del Bautista: «¡He aquí el Cordero de Dios!»? Juan fue, sin duda, uno de aquellos dos discípulos. Y sabemos que estas palabras permanecieron en sus oídos como un acorde de música celestial, y llenaron sus más seráficas visiones cincuenta años después, cuando escribió el Apocalipsis. ¡Cómo el emblema divino parecía casi absorber sus recuerdos! Treinta veces se habla allí de Jesús como un CORDERO. Conservando aquel primer destello jamás olvidado de su divino Redentor, el escritor parece haber vivido, y sufrido, y muerto, contemplando «¡el Cordero de Dios!» Además, cuánto duró esta entrevista en el valle de Betabara, no se nos informa. Probablemente fue bien entrada la medianoche antes de que partiesen. Las brillantes estrellas y la luna pascual quizá brillaban sobre los blancos acantilados y las aguas espumantes cuando los dos discípulos salieron, al concluir el día más trascendental de sus vidas. ¿Quién puede dudar de que volverían al lejano hogar de Betsaida con sus almas llenas del único tema y pensamiento maravilloso: «¡Hemos visto al Señor!»?

Nuestra experiencia hoy ha sido idéntica a la de estos discípulos favorecidos. Hemos recibido una graciosas invitación a participar de una comunión más cercana y confidencial con nuestro divino Redentor. «Maestro, ¿dónde moras?» Tú, Hijo del Dios Eterno, y a la vez el divino Hermano-hombre —a la vez el que quita el pecado y el que quita las cargas de los corazones abrumados— ¿dónde moras? para que vayamos y desahoguemos nuestros pesados secretos, y, como aquellos dos discípulos de antaño, lejos del bullicio de la multitud, nos sentemos a tus pies y te contemplemos como el Cordero de Dios.

«¡Venid y veréis!» —ha sido la graciosa respuesta. Hemos obedecido el llamamiento. Hemos contemplado, en impresionante emblema y memorial, la gran Propiciación, «el Cordero inmolado desde la fundación del mundo.» La tienda de hojas o el cobijo del Jordán tiene aún su gloriosa contrapartida y realidad espiritual. «Y habrá tabernáculo (una tienda) para sombra contra el calor del día, para refugio y escondite contra el aguacero y la lluvia.» «Un hombre será escondedero contra el viento, y refugio contra la tempestad… ¡como la sombra de una gran peña en tierra cansada!» ¡Comulgante afligido! —Peregrino de dolor— has recurrido a la morada de Betabara de tu Señor, a su propia y graciá invitación: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.» Pero aunque vuestra estación de comunión haya sido sin duda santificadora y consoladora, cuando ahora salgas de ella, es, como aquellos mismos dos discípulos, para enfrentar de nuevo la noche oscura —las gotas de rocío de lágrimas sobre la húmeda hierba —el frío lunar —el titilar de las estrellas y el rumor del Jordán. Sí, ‘el rumor del Jordán’, con los recuerdos entristecidos, quizá, de quienes, en la figura familiar y aceptada, hace poco lo cruzaron; y cuya compañía se ha ido para el siempre del tiempo. Caminas, pensativo y triste, para mezclarte, una vez más, en el ruido de las tiendas del desierto —de vuelta mañana a Betsaida, a tu hogar herido— a contemplar el asiento vacío —a echar de menos la vieja voz y el oído simpatizante, a los cuales habrías podido contar cómo ardía tu corazón dentro de ti mientras Él te hablaba por el camino, y te sentabas bajo su sombra con gran deleite. ¡Ah, quizá fue precisamente el herir de aquel hogar terrenal lo que te impulsó hoy a preguntar, con fervor más intenso y oración más vehemente, al echar de menos al amigo terrenal: «Maestro, ¿dónde moras?»! ‘Mi mejor apoyo terrenal se ha ido. ¡Oh, Mesías Jesús, a ti vengo! Vengo ahora a tu propia morada designada, para desplegar todo mi duelo, y que estas tempestades del corazón se apacigüen con tu Omnipotente «¡Paz, cálmate!»’

Mientras sigues ahora tu camino entristecido, no dejes que la oscuridad ciegue tus ojos a la visión de este día. No dejes que el rumor del Jordán ensordezca tus oídos a la exclamación de este día: «¡He aquí el Cordero de Dios!» ¡Sufridor! Fija tu mirada en aquel sufridor de los sufridores —en aquel Cordero de Dios herido y sangrante. ¡Piensa en aquel desierto de tentación del cual acababa de venir! Mírale allí, asaltado por el hambre, la sed, el frío, el cansancio; tentado en el cuerpo, acosado en el espíritu; y todo por el archienemigo de todos. ¡Sin embargo, soporta mansamente! Él es el Cordero «mudo delante de los que lo trasquilan!» Di, ¿puedes murmurar donde Él no murmuró? Busca, más bien, honrarle cada vez más por un seguimiento más cercano de sus divinos pasos. Sal, aun en la oscuridad, con las aguas agitadas a tu lado, y estrella tras estrella de esperanza terrenal borrada de tus cielos, meditando en su fidelidad y amor, aun «en las vigilias de la noche!» Ten por seguro que si, mientras sigues adelante, procuras pronunciar entre tus lágrimas: «aunque él me matare, en él esperaré» —Él te dará, como a los discípulos de Betsaida, gloriosas sorpresas —saliéndote al paso, ya en el lejano lago— ya en la ciudad concurrida— ya en «el monte alto aparte»— hasta que, de estas experiencias terrenales variadas, te lleve a través de la verdadera Betabara («la casa de paso») para estar con Él mismo en la tierra sin lágrimas para siempre!

Fuente y atribución

Autor original: Horatius Bonar

Título original: Communion addresses and devotional expositions — Address to Mourning Communicants

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Horatius Bonar, publicado originalmente en Grace Gems.

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