Horas devocionales con la Biblia — volumen 4

El Dios que nunca dejamos de tener a nuestro lado

Cuando el enemigo rodea y los planes humanos parecen imbatibles, Dios despliega su protección invisible. Aprende a confiar en el guardián que vela mientras el mundo calcula sin contar con Él.

Dos caballeros, uno clérigo y el otro un destacado hombre de negocios, conversaban acerca de las misiones extranjeras. Hablaban en especial de la India.

—Señor —dijo el hombre de negocios—, usted no podrá convertir la India a Cristo en diez mil años.

—¿No es eso algo duro para Dios? —preguntó el ministro.

—¡Oh, no había pensado en Él! —respondió el hombre de negocios.

Sin duda el rey de Siria era un sabio comandante y trazaba buenos planes para su campaña. Pero había un elemento que él no tuvo en cuenta. ¡Dejó a Dios fuera! No había pensado en Él. No sospechaba que Dios pudiera hacer algo, que tomara alguna parte en la lucha que este pueblo sostenía. Otros hombres hacen lo mismo continuamente. Siguen formando sus planes, disponiendo sus tramas, pero sin tomar en cuenta a Dios. Olvidan que Él tiene algo que ver con el gobierno de este mundo, que sabe lo que están planeando o que puede interferir, si así lo quiere, en sus designios y en sus movimientos. Olvidan que hay un OJO que mira desde lo alto, un ojo que ve todo cuanto hacen; que hay un OÍDO, inclinado con ternura, que escucha cada palabra que pronuncian, y que hay una MANO capaz de frustrar y desbaratar con facilidad sus astutos propósitos. La mayoría de las personas vive como si no hubiera Dios, como si pudiera hacer precisamente lo que les place, y luego se asombran de que sus planes fracasen.

El profeta era el mejor amigo y el mejor consejero que tenía el rey. Al conocer los movimientos del enemigo, podía informarle de ellos. Envió al rey una y otra vez, advirtiéndole que no pasara por cierto lugar. En realidad, no hay secretos en este mundo. En la guerra, los comandantes procuran que el enemigo no conozca sus movimientos, y muchas veces lo logran. Pero hay un lugar donde todo es conocido.

Nada está oculto a los ojos de Dios. Se nos dice en el Nuevo Testamento que el Señor sabe librar de tentación a los piadosos. Justamente aquí tenemos una ilustración de esta palabra. El Señor conocía los planes del rey de Siria para atrapar al rey de Israel. Dio a conocer estos planes al profeta Eliseo, y este, a su vez, comunicó al rey de Israel la emboscada, para que pudiera salvarse del peligro.

La Biblia nos da muchas advertencias semejantes. En tal o cual camino nos dice que no nos es seguro ir, porque Satanás anda por allí. Nuestra propia conciencia también nos da muchas advertencias. Existe la fábula de un anillo maravilloso que un príncipe llevaba, el cual ceñía suavemente su dedo cuando andaba por caminos rectos, pero hería agudamente su carne cada vez que estaba en peligro de tomar algún sendero equivocado. Eso es lo que hace toda conciencia tierna. Si tan solo hiciéramos caso siempre a las advertencias de nuestra conciencia, nunca caeríamos en peligro sino cuando el deber nos llame, y entonces tendríamos protección divina, pues a donde Dios nos envía, Él nos cuidará.

El rey de Israel fue lo bastante sabio para atender el consejo de Eliseo y aprovechar así la información que se le daba acerca de los movimientos de su enemigo. No despreció la advertencia ni se burló de las palabras del profeta tachándolas de temores cobardes, para luego entrar tranquilamente en la trampa. Se salvó haciendo caso a la advertencia.

Demasiadas personas, sin embargo, desatienden las advertencias divinas de peligro en este o aquel lugar. No creen lo que la Biblia les dice. No hay enemigos en el lugar señalado, dicen con soberbia, o si los hay, no los temen. Así, despreciando las amables advertencias, se lanzan de frente al peligro. Pero el rey de Israel fue más sabio. Cuando el profeta le dijo que en tal o cual lugar el enemigo estaba oculto, esperando para atraparle, evitó aquellos lugares. Se salvó manteniéndose lejos del peligro. Eso es lo que debemos hacer cuando se nos advierte de un peligro espiritual. ¿No ha prometido Dios protección, que Él mismo será nuestro guardián y que ningún mal nos sobrevendrá? Pero solo cuando andamos en los caminos de Dios y obedecemos sus mandamientos, la promesa surte efecto. El modo divino de librar de cualquier peligro es advertirnos de ese peligro para que lo evitemos.

Apenas el rey de Siria se enteró de cómo el profeta reportaba sus acciones, determinó poner fin a su oposición. No se proponía verse burlado ni que sus planes fueran derrotados por un solo hombre. Haría que apresaran a ese hombre y lo trajeran prisionero a su campamento. Pero los hombres son muy necios al intentar luchar contra Dios. Se nos dice en el Salmo Segundo que cuando los enemigos conspiran contra Él, el Señor, sentado en el cielo, se ríe de sus esfuerzos y los tiene en escarnio.

La Biblia está llena de ilustraciones de esto. Sus enemigos mataron a Jesús y lo pusieron en el sepulcro. Luego rodaron una gran piedra a la puerta, la sellaron e hicieron que un destacamento de soldados romanos montara guardia. Creían haber puesto fin a la obra de Cristo, pero sabemos cómo Dios desde el cielo se rió de esos vanos intentos. Es una locura insensata intentar superar a Dios y frustrar sus propósitos. Caballos, carros y grandes ejércitos no significan nada cuando el Señor está en el campo.

Era una situación grave la que el siervo de Eliseo encontró una mañana al levantarse. ¡Un ejército armado acampaba alrededor de la ciudad! Podemos criticar a este joven y culparlo por su timidez, pero ¿acaso usted no habría sentido miedo también? Somos todos muy parecidos en nuestro carácter y espíritu. Tenemos las promesas de Dios que nos aseguran su guarda divina, pero estas parecen hacer muy poco más segura nuestra vida. Pongámonos a prueba con el mismo rasero con que medimos al siervo del profeta, y veamos si nuestra fe es mucho mejor que la suya.

Hay dos clases de valor. Hay uno que pone rostro firme y se muestra valeroso aun en presencia del peligro, sin fundamento claro para su valentía. Pero el profeta era valiente de otra manera. Su valor descansaba en la protección real de Dios. El verdadero secreto de la confianza y la serenidad ante el peligro debe ser siempre el mismo: no en imaginar que no hay peligro, sino en saber que hay protección divina suficiente.

Jesús enseñó la lección así: «En el mundo tendréis aflicción, pero ¡ánimo! ¡Yo he vencido al mundo!». La gran verdad que deben aprender todos los que desean poseer un verdadero valor moral es la realidad del cuidado de Dios. Se nos dice en uno de los Salmos que el Señor es nuestro guardián; luego en otro, que podemos refugiarnos en el lugar secreto del Altísimo y permanecer seguros bajo la sombra de las alas del Omnipotente. Los hombres duermen en sus campamentos en tiempo de guerra, con enemigos armados rodeándolos, y no temen, porque saben que centinelas vigilantes forman un círculo completo y montan guardia incansable alrededor del campamento en las horas de oscuridad. Así, en medio de cualquier peligro, podemos saber que estamos a salvo, porque Dios espera, vela y nos guarda.

En respuesta a la oración del profeta, los ojos del joven fueron abiertos para que pudiera ver las cosas espirituales. «Y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo». La oración del profeta no fue para que Dios enviara un ejército que lo guardara, sino para que los ojos del joven se abrieran y viera el ejército que ya estaba allí. No podemos ver a los ángeles acampando alrededor de nuestros hogares estas noches, ni revoloteando sobre nuestras cabezas, pero con todo ellos nos vigilan y protegen todo el tiempo. Esta visión no se dio solo para aquel joven aquella noche, sino para todo joven en cada noche y en cada tiempo de peligro. Si pudiéramos ver las cosas espirituales, contemplaríamos tales huestes alrededor nuestro cada mañana al despertar. Cada hijo de Dios tiene la promesa de protección angélica, y mejor aún, de protección divina. No podemos ver a Cristo a nuestro lado, pero Él está siempre cerca, más cercano que la respiración, más cerca que manos y pies.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Elisha at Dothan

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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