DIOS QUE TODO LO SACIA
DIOS QUE TODO LO SACIA
«Este es el lugar de descanso, descansen los cansados; y este es el lugar de reposo»—
«Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre.» Salmo 73:26
Toda teoría de la felicidad humana, como hemos señalado más de una vez en las páginas anteriores, es defectuosa e incompleta cuando se queda corta respecto de las aspiraciones de las naturalezas nacidas para lo infinito. Ningún satélite, con su luz prestada, compensará la pérdida del sol. Puedes tentar a un hombre mientras se apresura en su camino inmortal con las porciones del mundo; puedes tenderle las doradas gavillas de las riquezas, puedes intentar detenerlo entre las soleadas alamedas del placer o en las cimas de la fama (y él quizá esté demasiado dispuesto a demorarse un tiempo); pero saciarlo, ¡no pueden!
Cuando su naturaleza más noble adquiera su predominio, las desdeñará todas. Apartando cada una a su paso, como el ciervo sacude las gotas de rocío de la mañana, dirá: «Todas son insuficientes, no las deseo. He sido burlado por su fracaso, he hallado que cada una tiene una mentira en su mano derecha. Es un pobre remedo, una sombra de lo verdadero. ¡Necesito lo Infinito del Conocimiento, la Bondad, la Verdad, el Amor!» «En el Señor busco refugio. ¿Cómo, pues, me decís: 'Huye como ave a tu monte'?»
De hecho, es la misma grandeza del alma lo que la lleva a anhelar así a Dios. Las cosas pequeñas satisfacen una capacidad pequeña, pero lo que está hecho receptivo de lo vasto y glorioso solo puede saciarse con cosas grandes. La mente del niño se sacia con el juguete o el baratillo; la mente del salvaje inculto, con trozos de vidrio pintado o lentejuelas; pero el hombre hecho, el sabio, el filósofo, desean posesiones más elevadas, conocimiento más puro, temas más nobles de pensamiento y objetos de ambición. Algunos insectos nacen para una hora, y se sacian con ella. Una tarde de verano es la duración de la existencia asignada a miríadas de pequeñísimas efímeras. En su caso, juventud y vejez se apiñan en unos pocos minutos pasajeros. El sol descendiente presencia tanto su nacimiento como su muerte; la vida entera de otros animales sería para ellos una inmortalidad.
El alma, al ser ilimitada en sus capacidades, tiene aspiraciones proporcionalmente sublimes. En vano sería el intento de llenar un abismo profundo arrojando en él unos cuantos granos de arena. Pero no más vano ni ineficaz que intentar responder a los anhelos profundos del espíritu humano con lo visible y lo temporal. Los hombres siguen suspirando, bebiendo sus ríos de placer y escalando sus montañas de vanidad. Sienten todo el tiempo un anhelo indefinido, inarticulado, innominado tras algo más noble; pero es una miserable caricatura decir que se ha hallado, o que puede hallarse, en algo de esta tierra. «¿Quién nos mostrará algún bien?» será todavía la búsqueda del que tienta a tientas, hasta que aprenda a decir: «Haz resplandecer sobre nosotros la luz de Tu rostro, oh Señor.»
Puede que hayas visto en nuestros valles de montaña, en el gris crepúsculo, aves que emprenden el vuelo hacia sus nidos. Puede haber cerca cenadores y jardines de fragancia y belleza, que invitan al más dulce canto, santuarios consagrados de la naturaleza para el canto. Pero ellas no se dejan tentar. Sus hogares están en la roca distante, y hacia allá se apresuran. Así ocurre con el espíritu inmortal. Las percas de este mundo no lo saciarán. No hay reposo estable en ellas para su ala cansada y su clamor doliente. Canta al remontarse hacia su casa, hacia Dios: tiene su nido en las hendiduras de la Roca de los Siglos. Cuando se le detiene en el valle inferior, a menudo se oye la nota trinante: «¡Oh, si tuviera alas como de paloma, entonces huiría y descansaría!» Y cuando el vuelo se ha hecho de lo perecedero a lo imperecedero, de los valles inferiores de los sentidos a los collados de la fe, de la criatura al Creador, del hombre a Dios, al verla plegar su ala diáfana y hundirse en las hendiduras eternas, escuchamos el cántico: «¡Vuelve, oh alma mía, a tu reposo!»
¡Oh Dios! Todo poderoso, Todo sabio, Todo bueno: Tú eres, en Ti mismo, todo lo que necesito, todo lo que requiero; en enfermedad y salud, en gozo y en dolor, en vida y en muerte, en el tiempo y por la eternidad. Los collados nevados pueden dejar de alimentar los arroyos; aquel sol puede dejar de brillar, o la naturaleza cansarse de sus rayos amorosos; aquella luna puede dejar de pulsar su lira de plata, noche tras noche, para hacer música a «la tierra que escucha»; las aves pueden enmudecer ante la voz de la mañana; las flores pueden marchitarse, en vez de hacer sonar sus mil campanillas ante el avance jubiloso del verano; el peregrino jadeante puede huir de la palmera y el arroyo, y preferir el ardor resplandeciente de las arenas del desierto; pero «este Dios será mi Dios para siempre y para siempre». Y cuando la muerte esté sellando mis ojos, y el torrente de las tinieblas venga sobre mi espíritu, aun entonces tomaré el viejo cántico del desterrado, el gran suspiro de la humanidad cansada, y mezclaré sus notas con el cántico de los cielos: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo.» «¡Seré saciado cuando despierte a Tu semejanza!»
«Tú conoces, Señor, el cansancio y el dolor del corazón solitario que viene a Ti por descanso, cuidados de hoy, y cargas del mañana, bendiciones imploradas, y pecados por confesar.
Tú conoces todo el futuro: destellos de alegría que nubes tormentosas pronto nublan, horas de dulce comunión, y tristeza al partir, y el río oscuro que al fin se ha de cruzar.
Por eso vengo, acatando Tu amable llamado, y dejo mis pecados y penas a Tus pies; apoyando mi debilidad en Tu fuerza eterna, vestido con Tu manto de justicia consumado.»
«Yo me digo a mí mismo: 'El Señor es mi porción; por tanto, lo esperaré.'»
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: GOD ALL SATISFYING
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.