El valor de un don se realza por el carácter y la dignidad de quien lo da. El regalo de un soberano terrenal sería altamente apreciado. He aquí un don otorgado por el "Príncipe de los reyes de la tierra", ¡adquirido con sangre, trabajo y agonía! Estas moradas compradas con sangre forman la corona y la consumación de todos sus otros dones. "Este es el don que Dios nos ha dado: vida eterna, y esta vida está en su Hijo." "Todo lo que él hizo, enseñó y sufrió, tenía por objeto abrir el reino de los cielos a todos los creyentes. Su venida del cielo fue para revelarnos el cielo. Su regreso allá fue para prepararnos un lugar. Su sentarse a la diestra de Dios es para promover nuestro interés en el cielo. Su venida en juicio es para llevarnos de vuelva con él." (Manton)
Si él ha ido "a preparar este lugar" para nosotros, sea nuestro propósito esforzarnos por estar preparados para "el lugar", procurando cada mañana que vuelva tener nuestra tienda levantada "una jornada más cerca del hogar", más cerca de la casa de nuestro Padre. "Todavía un poco, y el que ha de venir vendrá, y no tardará." "No se demorará", dice Goodwin, "ni un minuto más de lo necesario. Solo se detiene hasta que, por su intercesión a través de todas las edades, haya preparado cada habitación para cada santo, a fin de recibirlos todos juntos y tenerlos a todos alrededor de él."
¿Y nos detendremos a preguntar DÓNDE está ese glorioso hogar? ¿Dónde esas aguas cristalinas, esas palmas siempre verdes, esas vestiduras siempre resplandecientes? ¿Acaso el espíritu, en la hora de la muerte, vuela veloz hacia alguna remota provincia de la creación? ¿O puede ser que el cielo sea algún misterioso e impalpable mundo espiritual? Aunque no oigamos el murmullo de las aguas cristalinas ni contemplemos ninguna "ciudad de cristal", ¿no podría ser que alas angélicas estén planeando sobre nosotros y que sean solo estos sentidos torpes nuestros los que nos ocultan la visión celestial?
Pero, ¿qué importa que no podamos observar ningún débil contorno de las colinas eternas? ¿Qué importa que busquemos en vano las luces que brillan en las ventanas lejanas de estas "muchas moradas"? Basta saber que Uno ha ido a prepararlas para nosotros. Y cuando estén terminadas, se oirá su voz diciendo: "Venid, que ya todas las cosas están preparadas." "ENTONCES los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre."
REENCUENTROS GOZOSOS
"Y así estaremos siempre con el Señor." — 1 Tesalonicenses 4:17
Nuestros deseos más profundos responden afirmativamente a este versículo. Las nobles afecciones y emociones de nuestras naturalezas inmortales avalan el versículo. Nuestras Biblias, en numerosos pasajes directos e indirectos, fomentan la esperanza alentadora de que las íntimas y santificadas relaciones de la tierra serán renovadas y perpetuadas en la gloria. El pensamiento de los amados y perdidos —ahora los amados y glorificados— siendo "¡los amados y conocidos de nuevo!", ¿no tiñe cada anticipación del cielo con un matiz dorado y forma un nuevo y santo vínculo que nos ata al trono de Dios?
Nuestro bendito Señor, por sus discursos y por su ejemplo, ha fortalecido nuestra fe en el futuro reencuentro y reconocimiento de los santos. Habla de "Abraham, Isaac y Jacob" como personas distintas en "el reino de los cielos". Habla de "el mendigo", la misma persona que en la tierra fue colocada a "la puerta del hombre rico", ahora en "el seno de Abraham". Su anuncio consolador, cuando confortó los corazones de las hermanas afligidas de Betania, no fue "Lázaro resucitará", sino "Vuestro hermano resucitará". ¡El antiguo y sagrado vínculo terrenal de afecto había de ser restaurado en el Gran Día; el hermano del hogar terrenal había de ser conocido y recibido como hermano en el hogar celestial! En el monte Tabor, Moisés y Elías descendieron, en forma y facciones los mismos que eran cuando moraban en sus tabernáculos terrenales. ¿Podríamos aventurar la extraña conjetura de que su identidad reconocida fue mera acomodación para la escena extática, que, aunque conocidos por aquel breve momento por ellos mismos y por los discípulos, cuando la visión pasó se disolvieron de nuevo en sombras, cesando su santa comunión al regresar al mundo espiritual? No podemos pensar así.
Hablamos de "la comunión de los santos" en la iglesia de abajo. Sabemos cuán bendita es cuando, en sagrados vínculos de compañerismo evangélico, aun en un mundo de imperfección, espíritu se une a espíritu. Algunos de los momentos más santos de la tierra son aquellos en que los hijos de Dios "toman dulce consejo juntos" y descargan en los oídos mutuos la experiencia de la fidelidad y el amor de su Señor. ¿Cesará todo esto en la hora de la muerte? ¿Los espíritus peregrinos, que han llorado, orado y regocijado juntos, ayudadores mutuos hasta que alcanzaron las mismísimas puertas de la gloria, van a cambiar, justo cuando el objeto de sus esperanzas y oraciones comunes se alcanza, cuando la corona está a la vista, un adiós desconsolador? ¿Se les permite ir "a la casa de Dios en compañía" en la tierra, pero se les prohíbe hacerlo en el cielo? ¡No podemos pensar así!
¿Acaso Marta, María y Lázaro no tendrán allá felicidad al recordar las escenas de amor y amistad de Betania? ¿Acaso las Marías no tendrán gozo maravilloso al recorrer de nuevo en su pensamiento su camino hacia el sepulcro? ¿Acaso se les prohibirá a los discípulos, ya no desconsolados, retrazar juntos en la gloria sus pasos por el camino de Emaús, y al relato mutuo hacer que sus corazones vuelvan a arder? ¡No podemos pensar así! No podemos suponer que todos los arroyos del más puro gozo espiritual de la tierra sean así, de repente, tan extrañamente cortados. Más bien, cuanto en la tierra es "puro, bueno, amable y digno de alabanza", el cielo lo expande y amplifica.
"Si es una felicidad", dice Baxter, "vivir con los santos en su imperfección, donde tienen pecado para amargurar, ¿qué será vivir con ellos en su perfección, cuando los santos son solamente y enteramente santos?" En la tierra, los encuentros accidentales de la juventud no infrecuentemente maduran, al pasar los años, en íntimas y sagradas amistades. Si vemos el mundo presente como la niñez de la inmortalidad, la infancia de la vida sin fin, ¿no podemos imaginar que sus incipientes afectos alcancen su plenitud en aquella gloriosa madurez del ser? Lo contrario de todo lo dicho implicaría una extinción total de los sentimientos más elevados de nuestra naturaleza. La amistad terrenal es una de las flores del cielo, una planta exótica que crece en las grietas del rocoso corazón humano; será nutrida —seguramente no extirpada— en su clima nativo. Jesús mismo experimentó y apreció su santa influencia; Él mismo reposó bajo esta columna solitaria en el arruinado templo de la humanidad. Ha dejado Betania detrás de sí como memorial de la más pura amistad que la tierra haya presenciado; y aunque todos los discípulos eran amados por Él, había afinidades e idiosincrasias en el espíritu del "Discípulo amado" que atraían especialmente al Maestro hacia él como "el suyo". Lo que Jesús santificó con su propio ejemplo, ¿lo consideraremos nosotros no santificado para apreciarlo cuando lo encontremos a Él y a los suyos en la gloria?
Pablo nos invita a alimentar la misma consoladora seguridad. Él mismo esperaba su gozo y corona. ¿Qué era? "¡Vosotros en la presencia del Señor Jesús!" "Vosotros". Tenía ante sí iglesias individuales y miembros de esas iglesias. Esperaba, ¿podemos dudarlo?, recorrer de nuevo muchas escenas sagradas de su camino terrenal y de ellos, lleno de vicisitudes. ¡Cuán aferrado estaba a las íntimas relaciones de su apostolado! ¡Cómo "su espíritu no tenía reposo porque no hallaba a Tito, su hermano"! ¡Cuán aligerado fue su penoso viaje por Lucas! ¡Cómo le animaron el encarcelamiento Epafrodito y Timoteo! ¡Cómo los hermanos del Foro de Apio reavivaron el lenguido brillo de sus ojos débiles! ¿Cesara ese espíritu simpatizante de simpatizar en un mundo mejor y más brillante con aquellos con quienes trabajó en la gran obra del evangelio aquí? ¿Acaso serán desconocidos para él, más allá de la tumba, todos aquellos por quienes trabajó y se afanó hasta que Cristo fue formado en ellos? ¿Ha de morar aparte esta poderosa estrella en los cielos espirituales, y nunca reconocer a los muchos que, por su resplandor terrenal, fueron "vueltos a la rectitud"?
No, más bien, ¿no podemos pensar en él como un padre espiritual que reúne a sus innumerables hijos alrededor de sí en la gloria, regocijándose en la permanencia de amistades que en la tierra fueron a menudo inestables? Ningún Demas que lo abandone ahora, ningún "presente siglo malo" que lo seduzca de su constancia. Podemos pensar en él como el sol de un pequeño "sistema" de santos, planetas redimidos que se agrupan a su alrededor, unidos entre sí por ese vínculo aún más cercano y santo que los ata a todos a Jesús. Y, así como los astrónomos nos dicen que el nuestro es mera parte integrante de un sistema astral más poderoso, cuyo centro es Alcyone de las Pléyades, así, mientras quienes "vuelven a muchos a la rectitud" resplandecerán "como estrellas fijas" (soles centrales) "para siempre jamás", estos son subordinados, reconociendo la presencia y el poder de un Señor más poderoso, el gran Alcyone —si podemos usar la comparación con reverencia— del sistema celestial, que ata a todos juntos por la gravitación de su propio supremo amor.
¡Sí! Me aferro con cariño a la esperanza, a la creencia, de que en el cielo habrá reencuentros y reconocimientos gozosos, en los que la lágrima del duelo nunca más empañe el ojo, y nunca más se oiga el paso de la multitud fúnebre. Imaginar lo contrario sería, repito, hacer violencia a todas las analogías de la tierra y a las emociones más profundas de nuestras naturalezas morales y sociales. Podemos exultar en la anticipación de verter en otros corazones la historia del amor redentor, y cantar "el cántico nuevo" a coro con voces que han sido afinadas con las nuestras. Si aun los patriarcas, los padres peregrinos de tiempos más antiguos, se regocijaban al morir pensando que serían "reunidos con su pueblo", ¿hemos de ser nosotros, como cristianos, despojados de esta consoladora esperanza? No, no. La tumba no tendrá permiso para borrar los memoriales del pasado y destruir nuestra identidad personal. El cuerpo de resurrección lucirá sus antiguas sonrisas de amor y ternura. "También a los que duermen en Jesús los traerá Dios con él." Es la madre arrullando a su infante en su cuna nocturna, para que se levante tal como se acostó, a la luz de la mañana de la inmortalidad. ¡El amigo abrazará al amigo, el padre abrazará al hijo, y el hijo abrazará al padre!
"Así estaremos para siempre con el Señor." No será una soñadora soledad, ni una vida de ermitaño. De vez en cuando podemos imaginar grupos de redimidos, conocidos entre sí en la tierra, que acallan la música del cántico universal y se retiran para tener pacífico compañerismo junto a las fuentes tranquilas de agua, refrescando allí sus espíritus con los recuerdos del tiempo, y, después de los sagrados relatos, regresan para reanudar, con cadencia más profunda, el elevado himno.
Tampoco necesitamos limitar estas ennoblecidas amistades a las del conocimiento contemporáneo y personal. ¿No podemos imaginarlas más bien abarcando la vasta multitud de piadosos muertos, cuyos nombres, aunque vivieron en otras tierras y siglos, están entre nosotros como "palabras familiares", aquellos cuyo ejemplo ha animado nuestra fe, avivado nuestro amor, y que, aunque muertos, han sido durante mucho tiempo oídos al hablar. ¡Piensa en el gozo indecible de ser introducido en la presencia glorificada y el compañerismo de tales como Abraham, Moisés, David, Pablo y Juan! ¡Piensa en la menor nube de testigos, en tiempos más cercanos a los nuestros! Hombres santos, los Estébanes modernos que han sufrido, los Enoces que han andado con Dios, luces ardientes y resplandecientes cuyas palabras y obras los han embalsamado en nuestros más queridos recuerdos. ¡Cómo palpita el corazón al pensar en esta maravillosa expansión de la amistad en su forma más noble, asociados en los sublimes servicios del santuario superior con los grandes y buenos de cada edad sucesiva en la historia de la Iglesia, "la gloriosa compañía de los apóstoles, la buena compañía de los profetas, la noble army de los mártires"! Solo hemos trazado, mientras estábamos en la tierra, sus "huellas sobre las arenas del tiempo"; ¿qué será estar con ellos a la orilla del mar de cristal, y cantar juntos el "Cántico de Moisés, siervo de Dios, y el Cántico del Cordero"!
¡Sí! Vive bajo la esperanza alentadora de un reencuentro gozoso con la multitud vestida de blanco, y la esperanza más querida y tierna de encontrarte con aquellos que en la tierra se han regocijado contigo en todos tus gozos espirituales y compartido tus pesares. Piensa en aquellos de quienes se habla como tomando parte en la sublime invitación final del evangelio: "¡La Esposa dice: Ven!" La Esposa es la Iglesia triunfante, los seres amados, ahora silenciosos en la tierra, cuyos espíritus radiantes en "la mejor patria" te están haciendo señas hacia arriba para que te regocijes en vínculos que nunca conocerán disolución. Te hacen señas a un ardor renovado en la carrera cristiana. ¡Piensa en ellos apiñados en los muros de la gloria, ansiosos por dar la bienvenida a quienes han dejado por un poco atrás de ellos para combatir las tormentas del desierto, esperando llevarlos de la mano por las calles de oro! ¡Piensa en ellos sentados en las colinas eternas, trazando juntos cada arroyo y riachuelo del "valle inferior", y reconociendo cómo todo había estado combinando misteriosamente para bien! Mientras tanto, al recoger y saborear esta uva de la vendimia celestial, deja que refresque tu espíritu y anime tus pasos hacia tu gozoso hogar. Un real doliente, al llorar sobre un capullo de rosa arrancado prematuramente, ha dejado un breve lema en verso para todos los que tienen tesoros sin nombre EN la tumba y MÁS ALLÁ de la tumba: "¡Puedo ir a él!"
NO HABRÁ ENFERMEDAD
"El habitante no dirá: Estoy enfermo." — Isaías 33:24
Solo los creyentes que sufren, tendidos en lechos de langor, pueden apreciar la dulzura de este espigueo de los racimos de Escol. ¡Cuántos hijos de Dios en este momento son sacudidos en camas de angustia, apartados de la luz y el sol de un mundo ocupado, con una experiencia como la del afligido patriarca de Uz: "He tenido meses de vanidad, y noches de molestia me han sido señaladas. Cuando me acuesto, digo: ¿Cuándo me levantaré? Y la noche se hace larga, y me lleno de inquietudes hasta el amanecer del día."
Pero en aquel brillante mundo de pureza y amor, "no habrá más dolor". ¡Cuán a menudo en el lecho enfermo terrenal el paciente agradece una sola hora de alivio del sufrimiento opresivo! ¿Qué será en aquella gloriosa tierra donde no se experimentará ni un solo dolor! Aquí, cuánta felicidad presente se nubla por aprensiones reales o imaginarias. ¡Cuán a menudo los fuertes, robustos y vigorosos son atormentados por el temor de que su fuerza pueda ser postrada! Incluso cuando el sol de la vida brilla más resplandeciente, el pensamiento intrusivo roba a través del espíritu, diciendo que este préstamo de larga salud no siempre durará. ¡Cuán a menudo, también, estos presagios se han verificado con demasiada verdad; o bien nosotros mismos postrados por la enfermedad, o bien llevados a velar con angustiosa ansiedad junto al lecho de algún familiar amado! ¡Oh, la bendición de un mundo donde el temor de cosas temibles será desconocido, donde nada perturbará nuestro profundo y eterno reposo! Ningún Lázaro puede ser colocado a la puerta del cielo, "lleno de llagas". Ningún rostro radiante de repente envuelto en palidez. Ningún paso elástico detenido por el toque del saqueador, y el brillo de la mañana cambiado en sombra de muerte. El sufrimiento causado por accidente, las invalideces de la edad, el decaimiento del vigor intelectual, u opresión del espíritu por repentina pérdida, todo será extraño en aquel estado sin sufrimiento.
Sabemos que la enfermedad, además de su propio dolor y molestia acompañantes, incapacita tanto la mente como el cuerpo para el deber y el servicio activos. El inválido demacrado y lánguido es como el ave herida que lucha con el ala lesionada en el surco y intenta, en vano, su antiguo vuelo gozoso. Pero en el cielo nada puede debilitar o mermar las energías inmortales. El renovado armazón ya no será presa de la enfermedad ni estará sujeto a decadencia. Ya no surgirán ansiedades febriles por otros; esos momentos de angustiosa suspensión que parecen más bien horas, cuando la vida y todo lo que la vida estima querido está "balanceada en un aliento". Sobre los pórticos terrenales está escrito: "Tenemos en nosotros mismos la sentencia de muerte." Sobre la puerta del cielo: "No morirán más."
¿Y cómo se asegurará esta exención de las presentes experiencias de sufrimiento y dolor? ¿Cómo es que el nuevo cielo y la nueva tierra ya no darán, como aquí, un lastimero "miserere"? Dejen que las palabras que siguen a nuestro lema lo expliquen: "El pueblo que mora en él será absuelto de su culpa." Es el pecado el que ha hecho este mundo nuestro oscurecerse con el llanto. La lámpara parpadeante en la habitación de cada sufridor lee, en su enfermizo matiz, la triste historia de la transgresión. Es el pecado el que fuerza de sus labios el soliloquio lastimero: "¡Ojalá fuera de noche! ¡Ojalá fuera de mañana!" Aquí, y a causa del pecado, el cuerpo es, en cada poro y músculo, susceptible de dolor. Sus fibras nerviosas pueden, en un momento, convertirse en cuerdas de angustia. La ciencia puede prodigar sus inventos para mitigar la enfermedad en sus mil insidiosas formas, pero aun así "la cabeza estará enferma", "el corazón desfallecerá", el cuerpo agobiado por el sufrimiento, la mejilla sana surcada por la edad; "los guardas de la casa temblarán, y se encorvarán los hombres fuertes".
Todos los prodigios y misterios de las artes curativas en vano pueden contener la marea de la angustia, avivar los pulsos menguantes de la vida, conjurar la amarga partida o reanimar las cenizas silenciosas. Las calabazas aún se marchitan; los brotes de promesa aún se inclinan hacia la decadencia; el gemido de la humanidad angustiada es tan alto como siempre. No hasta que amanezca una inmortalidad sin pecado, la lengua del que sufre será afinada a la mejor melodía: "Los días de nuestro luto han terminado para siempre."
¡Feliz, feliz perspectiva! "El habitante no dirá más: Estoy enfermo." Tú que ahora estás tendido en lechos de langor y dolor, escucha esto. Ahora, al caer las sombras de cada noche que vuelve, puedes no tener más que sombrías anticipaciones. La luz del mañana, que trae salud y gozo a un mundo ocupado, puede no traerte a ti más que nueva postración y angustia. El domingo llega, pero sus campanas, antes gozosas, solo hacen resonar en tus oídos el recuerdo de gozos perdidos, el pájaro solitario, aún languideciendo en su jaula terrenal, gimiendo en notas ahogadas: "¡Oh, que pudiera volar lejos de esta cansada prisión de dolor y pena, y estar en reposo!"
¡Sí, pero ese reposo está cerca! Pronto montarás sobre alas de águila hacia aquellas puertas de oro. Peregrinos, que ahora con frecuencia caminan por la senda del desierto con pies sangrantes y frente febril, el camino espinoso pronto terminará. No más dolor para atormentarte. No más "arqueros" para herirte. No más languidez para deprimirte. "Las cosas primeras habrán pasado." ¡Cómo un solo momento en aquel cielo sin dolor te llevará a olvidar tu presente y larga experiencia de postración y sufrimiento! Aparecerá en retrospectiva solo como la sombra de una nube pasajera, como un sueño de la noche que la luz de la mañana ha disipado, voces por todas partes sonando en tus oídos: "No habrá más maldición."
Mientras tanto, mientras yaces inquieto en tu lecho de enfermo, no preguntes: "¿Estoy superando mi dolor?", sino pregunta: "¿Me estoy haciendo mejor a causa de él? ¿Está cumpliendo la gran misión para la que ha sido enviado por Dios? ¿Me está santificando, purgando la escoria y preparándome para la gloria?" Él tiene algún sabio fin en vista al tenderte sobre el lecho de langor. La enfermedad es uno de sus propios mensajeros elegidos, una de las flechas de su aljaba. Como la madre prodiga su más tierno afecto a su hijo inválido, así puede decirse con verdad del creyente que sufre: "Señor, al que amas está enfermo." Te aparta a ti solo, te aisla del mundo, para que a través de las roturas de tu desmoronado tabernáculo terrenal te dé vislumbres de la gloria venidera. Cuando tu lengua "te falta por la sed", Él trae uvas, arrancadas por su propia mano, de Canaán. ¡Tu alma, como la del anciano Jacob, se revive!
¡Cuán a menudo el lecho de sufrimiento ha sido hecho como la misma puerta del cielo! Ten por seguro que llegarás a reconocer infinita misericordia en esta misma disciplina. Al preparar para trasplantar su propio árbol al paraíso, en lugar de cortarte o arrancarte de raíz, llevándote apresuradamente sin una nota de advertencia a una eternidad desprovista, te está podando rama por rama, para que caigas suavemente. Te está "purgando, para que lleveis más fruto". Procura manifestar la gracia de la paciencia bajo tu prueba. Esta es una de las pocas virtudes cristianas que solo pueden manifestarse en la tierra. En el cielo no hay sufrimiento que requiera su ejercicio. "Dejad" pues "que la paciencia tenga su obra perfecta".
Procura sentir que el fin que tu Dios tiene en estas "ligerezas de aflicción" es obrar en ti "un peso sobremanera grande de gloria eterna". Sacudido en este mar agitado, deja que el ojo y los anhelos de la fe descansen frecuentemente en el quieto puerto. "Oh, la bendita tranquilidad de aquella región", dice Richard Baxter, él mismo no ajeno a un lecho de prolongada angustia, "donde no hay más que dulce y continua paz. ¡Oh lugar saludable donde nadie está enfermo! ¡Oh tierra feliz donde todos son reyes! ¡Oh santa asamblea donde todos son sacerdotes! ¡Cuán libre estado, donde nadie es siervo sino de su supremo Monarca! Oh alma mía, soporta las enfermedades de tu tabernáculo terrenal. Así será solo un poco. El sonido de los pies de mi Redentor está aun a la puerta."
LA MUERTE DE LA MUERTE
"Tragará a la muerte en victoria." — Isaías 25:8
¡Victoria es una palabra alentadora! ¡Gozoso es el regreso a su propia tierra de una banda de guerreros después de una larga y triunfante campaña! ¡Inspiradores son los hosannas de bienvenida que les prodiga un país aplaudidor, y más dulce aún la música de las voces del hogar! La memoria del sufrimiento pasado se olvida, o se recuerda solo para realzar la alegría del reencuentro.
¿Qué será cuando el cristiano, liberado del último conflicto, entre por las puertas de la Ciudad Celestial, con los hosannas de ángeles y santos resonando por las calles de la nueva Jerusalén! ¡Cada guerrero cansado de batallas bañando sus heridas en el río del agua de la vida, amigos separados por la muerte reunidos para darle la bienvenida a su hogar eterno!
Mirando hacia atrás, desde las alturas de la gloria, al largo campo de batalla de la tierra, es una sombría y accidentada retrospectiva de severos enemigos, tentaciones obstinadas, montañas de dificultades que había que escalar, valles de humillación que había que descender; sí, y el más triste recuerdo de desvelos y traiciones, derrotas y desastres temporales. Pero todo ahora está coronado con "VICTORIA", y el último y más reciente enemigo, la muerte misma, desarmado.
¡Cuán grande el contraste AHORA y ENTONCES!
Ahora, ¡ay!, la muerte es el invasor despiadado de cada hogar; todos nuestros precauciones, todos nuestros más sabios recursos humanos se emplean en vano para desarmarla de su poder y detener sus pasos avanzantes. Reina en la tierra con fuerza espantosa. Viene en la hora menos esperada, a menudo justo cuando las visiones más queridas del gozo terrenal se están realizando.
¿Lo pensamos nosotros, que podemos vivir descuidados e irreflexivos, adormecidos por el sueño de la prosperidad, presumiendo de nuestro presente horizonte sin nubes, que cada momento, con vigilancia insomne, el enemigo furtivo se arrastra más y más cerca, que la corriente tranquila se desliza lentamente pero seguramente hacia adelante y siempre hacia adelante hacia el borde de la cascada, donde de repente se tomará el salto irrevocable?
Lector, tal vez aun ahora puedas contar la historia. Puede que en este momento estés leyéndolo, o que recientemente lo hayas hecho, con ojos lacrimosos y corazón quebrantado. Puede que estés señalando la silla vacía en tu mesa, extrañando los acentos de alguna voz conocida, o el sonido de algún paso bien recordado; un ojo radiante en tu camino diario puede haberse ido, ¡ido para siempre del tiempo! ¿Qué otro antídoto para corazones golpeados por estos huracanes que dejan la tierra como un desierto ennegrecido, sino una mirada más allá, hacia aquella Mejor Tierra donde el poder de este enemigo ni se siente ni se teme?
En aquella gloriosa mañana de resurrección, el cetro que la muerte ha empuñado por seis mil años será arrebatado de su mano, y comenzará aquel coro por el que siglos de corazones sufrientes han anhelado voluntariamente: "¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?" Trompetas resonantes comenzaron el cántico del Señor en el templo de antaño. Era un tipo de un festival más poderoso en el templo de la gloria. "La trompeta de Dios" ha de sonar primero. Millones dormidos se sobresaltarán ante la convocatoria: "¡Despertad y cantad, los que moráis en el polvo!"
¡Creyente! Procura contemplar la muerte desde el lado del cielo, como un enemigo condenado y vencido. Si ahora estás en Jesús, la victoria sobre la muerte es tuya por anticipación. No puedes cantar aún el cántico de la victoria consumada, pero puedes ir tejiendo las guirnaldas del triunfo y afinando tu arpa para la strain profética. Aunque la muerte está entre nosotros y el paraíso celestial, el aguijón del monstruo ha sido arrancado y arrojado a las llamas del sacrificio del Salvador. ¡A salvo en Cristo! Entonces, en verdad, la muerte está desarmada de sus terrores reales. Se convierte en un arco triunfal stupendo, a través del cual las legiones redimidas de Dios pasan a la gloria. Un valle oscuro, pero salvado por el arcoíris de la promesa, con sus radiantes matices de amor, gozo y paz. Apóyate ahora en las promesas; ellas solas te sostendrán, como los caballos y carros de fuego de Elías, en la hora de la muerte. Viviendo ahora cerca de Jesús, cuando llegue la última hora solemne no tendrás más que subir a esos carros y ser llevado por ángeles a la casa de tu Padre.
¡Oh dichosa consumación! Una vez cruzado aquel umbral, todo recuerdo de tristeza que la muerte genera aquí, y que a menudo hace de la vida un valle de Baca, un "valle de lágrimas", será borrado, ¡y eso para siempre! Ningún sol que se oculta "mientras aún es de día"; ninguna gloria de la madurez súbitamente eclipsada; ningunas flores tempranas arrancadas en el capullo; ningunos árboles venerables, bajo cuya sombra hemos reposado largamente, sucumbiendo al hacha del Destructor. Viendo la muerte desde el lado terrenal, parece el triste "éxodo de la vida", el fatal extinguidor, el temido aniquilador de las esperanzas más queridas y la felicidad más pura. Tomando la vista desde el cielo, es lo que Matthew Henry llama significativamente "el paréntesis del ser". Es el puente de lo finito a lo infinito; el cumpleaños de la inmortalidad; el roce momentáneo de los bajíos al entrar en el quieto puerto; el día que, aunque termina los gozos del mundano, solo verdaderamente comienza los del creyente.
¡Santos sufrientes de Dios! Ustedes que pueden haber sido sacudidos con "gran combate de aflicciones", largo tiempo en el mar tormentoso, sin que aparezcan ni sol ni estrellas, y, como los marineres en Adria de antaño, "mirando con anhelo el día", sean confortados. Cada día los acerca más y más a aquellas pacíficas orillas. ¡Puede que aun ahora estén descubriendo indicios de que no pueden estar lejos del puerto deseado!
"Afligidos, atormentados por la tempestad, y aún no confortados", "levantad vuestra cabeza con gozo, porque vuestra redención se acerca". Todavía un poco, y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Cada nuevo dolor que os visita; cada nueva estación que pasa sobre vosotros; cada amigo que os es quitado; estos son tantos mensajeros silenciosos de las orillas de la gloria, que susurran: "¡Más cerca de la eternidad!" El tiempo mismo parece no estar sin significantes monitores, señales esparcidas en su océano de que "el día está cerca". La profecía se cumple rápidamente. Hay quienes, desde las cofas y jarcia, pueden observar, en la distancia brumosa, el débil contorno de un hemisferio más glorioso que el de la tierra, "el mundo nuevo", aun "los nuevos cielos y la nueva tierra, en los cuales mora la justicia".
"Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado. Y el mar ya no existía. Oí una gran voz del trono que decía: ¡He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres! Él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos. Él enjugará toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron."
REALIDADES AL DESPERTAR
"Yo seré saciado cuando despierte con tu semejanza." — Salmo 17:15
¡Qué despertar glorioso, después del inquieto sueño de la tierra! ¡Con Dios! ¡Semejante a Dios! La felicidad ha sido bien definida como "la armonización de la voluntad finita con la Infinita". En la tierra esa armonización nunca es perfecta. Hay fuerzas perturbadoras en la atmósfera moral que tientan al alma, de vez en cuando, como algún planeta errante, a soltarse de la esfera del favor divino y seguir una órbita tortuosa y errática. Extraño, en verdad, que, a pesar de las lecciones constantemente impuestas, se aferre tan afectuosamente a la ilusión de que hay elementos de felicidad que satisfagan el corazón independientes de Dios. ¡Pensamiento vano! Aun cuando los objetos sobre los cuales se prodigan los afectos parecen los más puros y nobles, hay siempre una conciencia de anhelos no cumplidos, anhelos de algo mejor que la tierra no puede dar. En esta persecución de la felicidad puede alcanzarse un punto, pero no retenerse. Al asir el bien imaginario, no es más que una sombra. Aparecía, al acercarse, hermoso y cautivador. Resultó, en realidad, una pieza de labor de hielo de hadas; al tocarla, se desmoronó.
Pero en el cielo la armonización será completa. La voluntad y el amor del hombre allí estarán enteramente subordinados a la voluntad y al amor de Dios. Los lineamientos de la imagen divina, borrados y effaced en la Caída, allí serán impresos de nuevo. No habrá afecto competidor que aleje de la gran Fuente de felicidad, ninguna vacuidad que requiera algo más para llenarla. Los arroyos serán innecesarios en presencia de la gran Cabecera de Fuentes, aquel que es amor esencial, bondad esencial, gloria esencial.
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: Grapes of Eshcol
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.