Los preceptos de Jesús

El duro decir de tomar la cruz y seguir a Cristo

Una exhortación a seguir a Cristo plenamente mediante la abnegación y la cruz, con el ejemplo de los primeros discípulos y la promesa de ricísimas compensaciones presentes y eternas.

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.» Mateo 16:24.

Para seguir a Cristo debidamente, debemos seguirle plenamente; debemos poseer el espíritu de aquellos de quienes se dice: «Estos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va». Tal fue notablemente el caso de los primeros discípulos del Salvador. Él les dijo: «Sígueme», e inmediatamente dejaron todo y le siguieron. No consultaron ni por un instante con carne y sangre, sino que a la vez abandonaron sus hogares, su descanso, sus perspectivas terrenales, por el gran objetivo de promover su causa. En obediencia a su mandato, emprendieron las empresas más arduas; enfrentaron las dificultades y peligros más formidables; los peligros, ya por mar o por tierra, no los tomaron en cuenta; las persecuciones más encarnizadas las soportaron paciente, sí, gozosamente, alegrándose de que se les tuviera por dignos de sufrir por su causa. Nada de esto los conmovió, ni tuvieron en mucho sus propias vidas, a fin de acabar su carrera con gozo. Su deseo exclusivo era que Cristo fuera magnificado, y ya fuera esto por vivir o por morir, quedaban igualmente satisfechos.

Pues bien, el mismo mandato que se les dirigió a ellos se nos dirige a nosotros. ¿Y es la autoridad del Salvador menos vinculante, y sus demandas menos imperativas para nosotros que para ellos? ¿Hemos de vacilar cuando ellos fueron tan resueltos? ¿Hemos de retroceder cuando ellos avanzaron? ¿Hemos de ser pusilánimes cuando ellos se mostraron valientes para la lucha y salieron conquistando y para conquistar?

Para ser seguidores de ellos, como ellos también lo fueron de Cristo, un espíritu de abnegación es indispensable. El gran Maestro no se agradó a sí mismo, y teniendo la mente que estaba en Él, mostraron claramente que eran sus discípulos, no solo de nombre, sino de hecho y de verdad. ¡Ay! cuán grande es la disparidad que existe entre nosotros y ellos, y especialmente entre nosotros y Él. «Lo mejor de nosotros», como observa uno, «tiene sobrada causa para orar por un bautismo más profundo de su Espíritu».

¡Bendito Salvador! ¡Bendito modelo! ¡Cómo dejaste las delicias del cielo y el seno de tu Padre, en una misión de la más generosa misericordia! Tu amor no escatimó ningún trabajo; tu ojo no rehusó ninguna compasión; tu oído nunca se cerró al relato de la aflicción; tu mano estuvo siempre dispuesta a socorrer al sufriente. Desde tu cuna hasta tu sepulcro, toda tu vida transcurrió en cotidianos actos de la más sublime abnegación. Y, con la sangre goteando por tu frente, y la pesada cruz sobre tu lacerado espaldón camino al Calvario, para salvar a los más viles y al jefe de los pecadores, te vuelves para decirnos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz cada día, y sígame». Cristiano, escucha su voz y cumple su mandato.

Y recuerda, para tu aliento, que tal camino estará acompañado de las más ricas compensaciones. «Pedro le dijo: Nosotros hemos dejado todo lo nuestro y te hemos seguido. De cierto os digo, les dijo Jesús, nadie que haya dejado casa, o esposa, o hermanos, o padres, o hijos por el reino de Dios, dejará de recibir mucho más en este tiempo; y en el siglo venidero, la vida eterna». Lucas 18:28-30.

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: The Hard Saying

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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