LA MUERTE DE UN HIJO ÚNICO
UN LIBRO PARA LOS AFLIGIDOS
por John MacDuff, 1883
LA MUERTE DE UN HIJO ÚNICO
Lucas 7:11-16
Poco después Él se dirigía a una ciudad llamada Naín. Sus discípulos y una gran multitud iban con Él. Al acercarse a la puerta de la ciudad, sacaban a un muerto, hijo único de su madre, y ella era viuda. También una gran multitud de la ciudad iba con ella. Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Entonces se acercó y tocó el féretro abierto, y los que lo llevaban se detuvieron. Y Él dijo: «Joven, a ti te digo: ¡levántate!». El muerto se sentó y comenzó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Entonces un temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».
Tenemos aquí otro eclipse de vida joven en la tierra de Palestina. Es uno que ocurrió no en tiempos del Antiguo Testamento, sino en los tiempos evangélicos—un recuerdo santificado y consagrado, además, por pisadas más santas que las del gran Elías.
En una de las laderas descendentes del monte Tabor, en la vasta llanura de Esdraelón—el granero dorado de la Tierra Santa y el campo de batalla de la historia hebrea—el viajero todavía descubre las ruinas de la ciudad de NAÍN. Está investida de un interés imperecedero por este único y conmovedor acontecimiento, con el cual su nombre está asociado en la historia evangélica.
Jesús y sus discípulos, junto con «mucha gente», emprendieron este viaje de doce millas desde la ciudad de Capernaúm; y cuando las sombras de la tarde comenzaban a caer, se hallaban ya acercándose a la aldea por su única entrada en las laderas del monte boscoso. Los cementerios judíos siempre estaban situados fuera de los muros de sus ciudades, y la hora del entierro era al atardecer. El féretro se llevaba sobre los hombros, con el rostro descubierto, hasta llegar al lugar de sepultura. Allí se clavaba la tapa del féretro, y se completaban los ritos funerarios.
Los funerales, aun para los menos sensibles, son espectáculos conmovedores. Nadie puede dejar de sentirse solemnizado cuando la procesión fúnebre serpentea por el camino o por la calle de la ciudad abigarrada. ¡Mas cuán poco—pensamos a menudo—pueden los transeúntes sin instrucción calibrar las profundidades de muchas de esas penas, o medir los abismos que se abren en los corazones de quienes así pasan, en silencioso y pensoso mutismo!
Las palabras del relato sagrado describen conmovedoramente a nuestra vista una escena semejante de sepelio. Se vio salir un funeral por la puerta de Naín mientras el sol se ponía. Amargos sollozos y llanto en medio de la multitud detienen el oído de Aquel cuya misión era sanar a los quebrantados de corazón. Todo había para agravar los desgarros de aquel corazón herido, y convertirlo en la más dura de las pruebas. Todo el pueblo había salido a simpatizar con la que lloraba. «Una gran multitud de la ciudad iba también con ella».
Pero en la honda agonía de su dolor, ella estaba sola. En más de un rasgo, su caso era idéntico al que últimamente consideramos. Las lágrimas de ella no eran de ayer. ¡Pudo ella alguna vez hablar de un hogar feliz! El mundo para ella había sido en otro tiempo todo sol. La exuberancia de la naturaleza exterior en su aldea hebrea, sus frutos de verano y sus racimos púrpura, tenían su reflejo y contraparte en su propio corazón gozoso—él mismo un granero de bendiciones atesoradas. ¡Vino su primer golpe—y, según ella creía, el más desolador! La sonrisa de alegría se trocó de pronto en la desolación del duelo. El deseo de sus ojos le fue quitado de un golpe. Mil tiernas esperanzas y sueños acariciados se desvanecieron en un parpadeo, y quedaron sepultados en aquella tumba. Quedó sola, para penar en su sendero de peregrinación—«ella era viuda».
Mas en las temporadas de prueba más triste, Dios suele dar consuelos que sostienen. A esta pobre mujer, en medio de sus horas de aflicción, le quedaba un objeto, como el del hogar de Sarepta, aún sobreviviendo, en torno al cual se enredaban tiernamente las cuerdas de su corazón. El compañero de sus goces se había ido; pero él había dejado tras sí un legado sagrado de afecto. Un pequeño niño quedaba, para alegrar el solitario hogar de la madre viuda. Sin duda, a menudo estrechaba contra su pecho el don atesorado; y al derramar la silenciosa lágrima sobre su cuna, o al contemplar la inocente alegría infantil mientras jugaba a su lado, le gustaría rastrear en su rostro la imagen de quien ya no estaba. Si el pasado era amargo, el futuro habría sido más oscuro y triste todavía, de no ser por este lazo precioso que aún la unía a la vida. A menudo, en sus momentos de soledad, tejería visiones de felicidad en torno a los años venideros de su niño, diciendo, con Lamec: «Este nos consolará». En él estaban envueltos y concentrados todos sus planes ulteriores; y el último pensamiento, asociado con el ocaso de la vida, era el de sus manos cerrándole los ojos, rindiéndole los últimos oficios de afecto, y llevándola a «la casa designada para todo viviente».
¡Cuán a menudo somos llevados a aprender que nuestras mayores bendiciones pueden ser quitadas justamente cuando más las necesitamos! ¿Cuándo fue herida y marchitada la calabacera de Jonás, ya mencionada? No cuando la brisa vespertina acariciaba su frente, sino «a la mañana cuando salió el sol», y el calor sofocante batía sobre su febril cabeza. ¿Cuándo, como hallaremos en una página venidera, fue arrebatado Lázaro de Betania? Justo cuando sus hermanas—cuando su Señor—cuando la Iglesia—parecían menos poder prescindir de él.
Un día una repentina enfermedad postra al hijo de la viuda en un lecho de languidez. Quizá no pareció haber al principio causa de ansiedad. No es sino una nube pasajera; ninguna lóbrega visión de mal anticipado se atreve a cruzar ni un momento aquel corazón enternecido. Pronto el joven pulso y el vigoroso cuerpo volverán a estar tan recios como siempre.
¡Ay! pronto está contado el cuento—también esa casa se oscurece con las sombras de la muerte—se apaga el último resplandor vacilante en aquel corazón y aquella morada desolada. El que, según puede inferirse de las multitudes que lo siguieron al sepulcro, era todo cuanto un padre cariñoso pudiera desear que fuera, yace sin vida en su aposento.
Podemos imaginar (aunque no intentaremos describir) la sucesión de horas amargas que la madre afligida debe de haber pasado antes del momento en que el relato sagrado la muestra por primera vez a la puerta de su ciudad natal—las tristes vigilias nocturnas junto al lecho revuelto e insomne—las terribles ansiedades de la incertidumbre, oscilando alternadamente entre la esperanza y el temor—los síntomas alentadores de mejoría; pero éstos seguidos de nuevo por los demasiado fieles premonitorios de la disolución que se acerca. Y luego, cuando todo hubo terminado—cuando, dejada a solas para rumiar el sueño de la dicha pasada y los destrozos de su felicidad esparcidos en torno—al darse cuenta de la amargura de lo que en su tierra y en todos los corazones ha pasado a ser proverbio—la pérdida de «un hijo único»;—mientras la simpatía de vecinos y amigos, cada uno con alguna palabra amable sobre su niño, abría de nuevo los manantiales de su afecto, y arrancaba nuevas y tibias lágrimas a sus mejillas.
Y ahora se oye el paso de la multitud doliente que recorre las calles. En otra breve hora, tendrá que rehacer sus pasos hacia un hogar barrido, dejando el sostén de su existencia terrenal tendido bajo en «la morada larga».
Han llegado a la puerta de la ciudad—han cruzado su umbral. Los muros lúgubres del cementerio pueden ya estar a la vista.
¡Pero el Señor de la vida y el Abolidor de la muerte se acerca! Había sólo UNO en el ancho mundo que pudiera secar las lágrimas de aquella viuda y devolverle su amado. ¡Ese UNO está a la vista!
A todo parecer, no es sino una abigarrada multitud de caminantes la que se ve venir desde la dirección opuesta. Vienen por el camino de Capernaúm, fatigados y cubiertos de polvo, tras el calor de un día de estío sofocante. Pero, en medio de ellos, hay una voz que puede hablar con tonos de mezclada autoridad y ternura—«Dejad a vuestros hijos huérfanos; yo les daré vida; y que vuestras viudas confíen en mí».
¡JESÚS se acerca! No necesitaba intérprete de la escena de dolor—ni mensajero que le llevara las nuevas de la pérdida sufrida por aquella madre en Israel. «No necesitaba que nadie le diera testimonio del hombre, pues Él sabía lo que en el hombre es». Antes de abandonar aquella mañana las orillas de Genesaret, bien preveía, como el Dios omnisciente, todas las peculiaridades de aquel caso de dura prueba. Había registrado cada palpitó de aquel corazón que se quebraba. Había predeterminado y prearreglado el «encuentro accidental» al parecer, a la puerta de la aldea. Y ahora, en el momento señalado, el muerto es llevado en su féretro, cuando el Señor de los muertos y de los vivos se acerca.
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE DEATH OF AN ONLY SON — Parte 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.