Cuando estamos a punto de separarnos de un amigo, a menudo tenemos motivo de lamentar no haber aprovechado más su compañía. Un hijo junto al lecho de un padre moribundo siente el valor de aquellas instrucciones que ya no recibirá, de aquellas oraciones en las que nunca más participará. Procura recordar los consejos fieles, grabar en su memoria las expresiones familiares, pero día tras día se desvanecen.
¡Qué debieron sentir los discípulos al pensar que ya no oirían más los dichos del Señor! Le oyeron declarar: «El que no me ama, no guarda mis palabras». Debieron temer no poder ni siquiera recordarlas, y mucho menos guardarlas. Pero Jesús conocía sus sentimientos y les dio una promesa adecuada a su estado. Prometió que uno vendría que les traería a la memoria todo cuanto les había dicho, y que les enseñaría muchas cosas que él no les había enseñado. Porque los había tratado como niños cuyo entendimiento no estaba maduro, y había reservado muchas cosas que más adelante sería bueno que supiesen. Estas cosas les enseñaría el Espíritu Santo. ¿Cumplió Jesús esta promesa? Miremos en las epístolas de Pedro y Judas, de Jacobo y Juan, y hallaremos tesoros de sabiduría celestial que el Espíritu Santo les había enseñado. El mismo discurso que ahora leemos fue traído a la memoria de Juan por el Espíritu Santo. Las preciosas palabras que brotaron de los labios del Salvador mientras estaba sentado en su última cena no cayeron en tierra; fueron recogidas y reservadas para nuestra instrucción. ¿Las sentimos preciosas? ¿Consideramos estas santas palabras mejores que el oro y más dulces que la miel? O ¿nos deleitamos más en una canción frívola y un cuento entretenido que en las palabras del Hijo de Dios? El verdadero creyente puede decir con David: «Muy limplia es tu palabra, por lo cual tu siervo la ama».
Si de veras la amamos, podemos confiar en que el Espíritu Santo la traerá a nuestra memoria en el momento de necesidad. En la hora de la tentación, él es un amigo fiel y susurra al oído del alma tentada un texto como este: «¿Cómo haré yo este gran mal y pecaré contra Dios?». En la hora de la aflicción, el Espíritu Santo trae a la mente abatida una promesa como esta: «Al que el Señor ama, disciplina, y azota a todo hijo que recibe» (Heb. 12:6). Y en la hora de la muerte sostiene al alma que se hunde con una seguridad como esta: «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y por los ríos, no te anegarán» (Is. 43:2).
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ promises his disciples that the Holy Spirit shall teach them
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.