Toda vida es enviada a este mundo para ser una bendición. El pensamiento de Dios para cada criatura que hace es la belleza y la utilidad. El deterioro y la maldición que encontramos por todas partes no son propósitos divinos, sino que provienen de la resistencia o la perversión de la voluntad santa. La palabra «pecado» significa errar el blanco; cualquier cosa o persona que deja de ser hermosa o de ser una bendición ha errado el blanco.
La Biblia deja claro que el fruto es la prueba de la vida cristiana. Jesús lo expresó con toda claridad al decir que la rama en la vid que no lleva fruto es quitada, cortada y echada para ser quemada. Es inútil, y no hay lugar en la gran vid para ninguna rama o ramita inútil. Jesús dijo también que la rama fructífera es podada, para que lleve aún más fruto. Es decir, ni siquiera una fructificación común satisface del todo al labrador; quiere que cada rama dé lo mejor de sí, y por eso aplica un sistema de cultivo que asegurará una fructificación creciente. Jesús dejó claro que nadie puede ser verdaderamente su seguidor si no está dispuesto a ser un portador generoso de fruto: «En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto; y así seréis mis discípulos». No podemos ser sus discípulos si no llevamos mucho fruto. Todo el cultivo de la vida cristiana apunta a la fructificación.
¿Qué es la fructificación en el sentido espiritual? Es más que las actividades cristianas. Hay muchas personas activas en el deber cristiano, fieles, diligentes, enérgicas, que sin embargo no llevan en su propia vida y carácter los frutos del Espíritu. Hay quienes están siempre ocupados haciendo el bien, cuyas vidas son útiles y llenas de ayuda para otros, y que no obstante carecen de las gracias del más fino y mejor cultivo espiritual. Pablo enumera entre los frutos del Espíritu: «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza».
Sin duda, la verdadera fructificación incluye por lo común las actividades cristianas. Debemos ir haciendo el bien, como hacía nuestro Maestro. Para alcanzar la mejor vida es necesario que usemos nuestros dones y talentos en toda forma posible de ayuda, para mejorar el mundo y dar consuelo, fortaleza o ánimo a otras vidas. Al mismo tiempo, para la más genuina fidelidad es esencial que la vida lleve también los frutos del Espíritu. Marta era intensamente activa en su servicio, pero le faltaba al menos una de las cualidades que pertenecen a la verdadera fructificación: el sosiego de Dios en su corazón.
¿Cuál es el propósito del fruto? No es meramente para ornato o decoración. El fruto de los árboles es para saciar el hambre de los hombres. La misma prueba debe aplicarse a la vida cristiana. No basta llevar fruto sólo para el adorno de nuestro carácter o la hermosura de nuestra propia vida. El fruto por el fruto no es el lema. Debemos hacer todas las cosas para la gloria de Dios. La gloria de Dios, sin embargo, abarca también el bien de los demás. Los mandamientos del amor a Dios y del amor al prójimo están unidos en uno solo. Quien ama a Dios amará también a su prójimo. Por tanto, no es motivo suficiente en el llevar fruto el que sea para honrar el nombre de Dios. No podemos honrar el nombre de Dios sino viviendo para los demás. Por eso debemos llevar fruto que sea bendición para otros, que sacie el hambre de los corazones humanos.
Es una de las mejores pruebas de nuestra vida que otros sean ayudados, animados, fortalecidos o consolados por lo que hay en nosotros de hermoso y bueno. Hay personas cuyas vidas son bendición dondequiera que van. La paz, el gozo y el amor de sus corazones hacen a otros más felices y mejores.
Una vieja leyenda cuenta las visitas de una diosa a la antigua Tebas, y refiere que la gente siempre sabía cuándo ella había estado allí, aunque ningún ojo la viese, por las bendiciones que dejaba tras sí. Se detenía ante un árbol marchito, y el árbol quedaba cubierto de hermosas enredaderas. Se sentaba a descansar sobre un tronco en descomposición, y la decadencia quedaba oculta bajo un musgo encantador. Cuando pisaba las orillas fangosas del mar, brotaban violetas en sus huellas. Esto es sólo una leyenda, pero ilustra la influencia de la vida hermosa en la que los frutos del Espíritu tienen un crecimiento pleno y abundante. Hay vidas tan llenas de gracia y bondad que toda influencia que irradian conduce al ánimo, la esperanza y la pureza.
Por otro lado, hay vidas cuyo cada aliento es malévolo. Otra leyenda antigua cuenta de una doncella que fue enviada a Alejandro desde alguna provincia conquistada. Era muy hermosa, pero lo más notable de ella era su aliento, semejante al perfume de las flores más ricas. Pronto se descubrió, sin embargo, que había vivido toda su vida en medio de veneno, respirándolo, y que su cuerpo estaba lleno de veneno. Las flores que se le daban se marchitaban en su pecho. Los insectos sobre los que respiraba perecían. Un hermoso pájaro fue llevado a su habitación, y cayó muerto. Fantasiosa como sea esta historia, hay vidas que en sentido moral son justamente como esta doncella. Se han corrompido tanto que todo lo que tocan recibe daño. Nada hermoso puede vivir en su presencia.
Por el contrario, la vida cristiana es una cuyo cálido ambiente es una bendición perpetua. Es como la sombra de Pedro, que tenía poder sanador, de modo que todos sobre quienes caía eran enriquecidos y bendecidos por ella.
En uno de los Salmos, una vida piadosa es comparada con un árbol plantado junto a corrientes de aguas. La figura es muy sugerente. Un árbol no es sólo uno de los objetos más hermosos de la naturaleza, sino también uno de los más útiles.
Debe notarse que cada árbol produce su propio fruto. Hay la mayor variedad entre los árboles; así también ocurre en las vidas cristianas. No hay dos iguales. No es sabio que tratemos de copiar el modo de fructificación de otra persona. La imitación es uno de los fallos más comunes en la vida cristiana. Un hombre vive de manera útil a su manera, y cientos lo toman como modelo. Así pierden su propia individualidad y estropean tanto su carácter como su obra. El verdadero camino es llenarse de Cristo y simplemente ser uno mismo. Ningún árbol trata de llevar fruto como algún otro árbol; cada uno lleva su propio fruto, y eso es lo mejor para él. Cada vida, también, debería dar su propio fruto. Puede no ser un fruto tan fino como el que otra vida lleva, pero es el más fino que esa vida fue hecha para producir, y por tanto es su mejor. Gran parte de nuestra fuerza reside en nuestra individualidad.
Otra característica de este árbol es que da su fruto en su tiempo. Distintos tipos de frutos maduran en distintas épocas del año. Algunos vienen temprano en el verano, otros tarde. Hay cristianos que llevan frutos hermosos aun en la niñez, cuyas vidas son tiernas, consideradas, desinteresadas y verdaderas. Pero por lo común no debemos buscar los frutos de la experiencia madura en la juventud. No se debe esperar que los cristianos jóvenes sean iguales a los cristianos mayores. La naturalidad es uno de los encantos de toda vida hermosa.
No debemos buscar la madurez de la vida adulta en quienes aún están en la juventud de la experiencia. Es un árbol frutal lo que tiene en mente el salmista. Este árbol da su fruto en su tiempo. Hay semanas y semanas en que el fruto cuelga del árbol, y aunque tiene todo el aspecto de ser jugoso, sigue siendo duro y agrio. Poco a poco, en el tiempo de la maduración, todo cambia, y el fruto se vuelve tierno y dulce. Así es en la vida. Muchas personas excelentes, con mucha promesa de fruto, no llevan su fruto a la perfección hasta el otoño tardío de la vida. Pablo ya era anciano cuando escribió que había aprendido, en cualquier estado en que se hallara, a estar contento en él.
Esto también deja entrever que la gran lección fue difícil de aprender. El contentamiento no le vino de forma natural. Le llevó muchos años, ya entrado en la vejez, crecer hasta alcanzar aquel espíritu dulce. Los jóvenes, por tanto, no deben desanimarse si no pueden tener ahora todas las gracias de la gentileza, la consideración, la paciencia y el desinterés que ven y admiran tanto en quienes son mayores. El árbol da su fruto en su tiempo. Si tan solo permanecen en Cristo, recibiendo de él las bendiciones de su amor y gracia, llevarán el fruto maduro en su tiempo.
Algunos frutos no maduran hasta que llegan las heladas. Así también, algunas vidas cristianas no rinden su carácter más rico y mejor hasta que las heladas del dolor han caído sobre ellas. Muchos cristianos avanzan por días gozosos, en medio de prosperidad, puros en sus motivos, fervientes en su actividad, pero sin llevar los mejores frutos. Llega luego el problema, la adversidad, el dolor, la pérdida; y bajo las heladas penetrantes el fruto madura. Después de eso, tienen un espíritu más dulce, con más amor por Cristo, con una espiritualidad más profunda y una mayor entrega.
Si hemos de llevar fruto, hay una condición que debemos observar: debemos permanecer en Cristo. Las raíces de nuestra vida deben hundirse profundamente en su vida, como las raíces del árbol penetran la tierra. Debemos vivir de tal manera que las bendiciones del amor de Dios nos alcancen a través de nuestra fe y por medio de la Palabra y el Espíritu de Dios. Ningún cristiano puede ser fructífero si no recibe de Cristo, por el Espíritu Santo, la gracia y la bendición divinas. El árbol debe estar plantado junto a las corrientes de aguas.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Its Fruit in Its Season
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.