"Los hijos de Aarón, Nadab y Abiú, tomaron sus incensarios, pusieron en ellos fuego, añadieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que no les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los consumió; y murieron delante de Jehová." Levítico 10:1-2
El incidente de Nadab y Abiú es la historia de un pecado que proyecta una sombra sobre los comienzos del culto en el tabernáculo. Estos jóvenes sacerdotes fueron presuntuosos, exaltados por el nuevo honor conferido a ellos, y además probablemente estaban bajo la influencia del vino. Un castigo rápido y terrible cayó sobre ellos por su pecado, cuya esencia fue que despreciaron las instrucciones divinas precisas y siguieron su propio camino en lugar del de Dios. Era correcto ofrecer incienso, pero debía ofrecerse de la manera que Dios había prescrito. El fuego debía venir del altar del holocausto, pero estos sacerdotes tomaron fuego común en su lugar.
Una lección es que no debemos guiarnos por lo que consideramos propio y conveniente al servir a Dios, sino por lo que Dios mismo nos dice que desea. Saúl, en una de sus campañas, creyó honrar a Dios perdonando a parte de los mejores animales tomados a los amalecitas, a quienes Dios había mandado destruir y ofrecerlos como holocausto. Pero su acto desagradó a Dios. "El obedecer es mejor que los sacrificios", le dijo Samuel al rey. El Señor sabía qué era lo mejor para hacer con el ganado amalecita. La obediencia precisa es lo que agrada a Dios. Él no se preocupa por los sacrificios si al ofrecerlos le hemos desobedecido. Cualquier fuego habría hecho arder el incienso con fragancia, pero Dios no había dicho que cualquier fuego serviría. Tenía que ser fuego santo.
Nuestra adoración debe ser del corazón, inspirada por el amor a Cristo y bajo la dirección del Espíritu Santo. Toda nuestra vida debe ajustarse a la voluntad de Dios. No basta con que la hagamos brillante ni que gane el elogio de los hombres; debe agradar a Dios. Conviene preguntarnos continuamente qué piensa Dios de nosotros y de las cosas que hacemos. No importa cuánto nos elogien los hombres por la excelencia de nuestros logros, si Dios no está complacido y no nos aprueba, la aprobación humana es solo una burla.
Otra enseñanza es que siempre estamos en peligro de ofrecer fuego extraño en nuestra adoración. Si nuestras oraciones son solo por las cosas que nosotros queremos, sin referencia a la voluntad de Dios, están encendidas con fuego extraño. Si ofrecemos solo formas de adoración, por ornadas y hermosas que sean, pero sin fe ni amor ni verdadera adoración, estamos ofreciendo fuego extraño a Dios. Si vivimos en pecado, quebrantando los mandamientos, y luego comparecemos ante Dios con posturas devotas y palabras piadosas, es fuego extraño lo que llevamos. Si ganamos dinero deshonestamente y luego venimos con los frutos de nuestra deshonestidad en las manos, entregándolos al servicio de Dios, ofrecemos fuego extraño en nuestro incensario. Solo las oraciones conformes a la voluntad de Dios e inspiradas por el Espíritu de Dios son aceptables para el que escucha la oración. Solo el servicio prestado en obediencia y santidad es servicio agradable. Solo el dinero ganado conforme a la ley de Dios es una ofrenda fragante cuando se deposita sobre su altar.
Cuenta alguien la historia de un viejo comerciante de bacalao, un hombre muy ferviente y sincero, que oraba todos los días. Uno de los mayores gozos de su vida era la hora de adoración familiar diaria. Cierto año, dos mercaderes lo persuadieron de unirse a un trato con ellos, mediante el cual podrían controlar todo el bacalao del mercado y aumentar mucho el precio. El plan marchaba bien cuando este buen anciano supo que muchas personas pobres de la ciudad sufrían a causa del gran aumento del precio del bacalao. Lo afligió tanto que no pudo orar en el altar familiar, fue derecho a los hombres que lo habían metido en el plan y les dijo que no podía continuar. Dijo el anciano: "No puedo permitirme hacer nada que estorbe mis oraciones familiares. Esta mañana, cuando me arrodillé e intenté orar, había una montaña de bacalao delante de mí, lo bastante alta para ocultar el trono de Dios, y no pude orar. Hice todo lo posible por rodearla o pasar por encima, pero cada vez que comenzaba a orar, aquella pila de bacalao se alzaba entre mi Dios y yo. No permitiría que mis oraciones familiares se echaran a perder por todo el bacalao del océano Atlántico, y no tendré nada más que ver con ello ni con dinero alguno proveniente de él."
Cuando Nadab y Abiú ofrecieron el fuego extraño, el castigo siguió rápida y terriblemente. "¡Y salió fuego de delante de Jehová y los consumió!" En una página de las Escrituras leemos: "Dios es amor", pero en otra encontramos las palabras: "Nuestro Dios es fuego consumidor." Vemos tanto de la misericordia divina, que cubre nuestros pecados y los oculta, borrando su negrura con la blancura gloriosa de la gracia, que corremos el peligro de olvidar cuán sumamente pecaminoso es el pecado, cuán aborrecible para Dios y qué penales trae sobre sí. En verdad, el pecado más pequeño es una infracción de la ley que invariablemente atraería la muerte instantánea sobre quien lo comete, si no fuera por la paciencia y la longanimidad de Dios. Juicios como este nos dan destellos del verdadero carácter del pecado y de sus penas invariables, a menos que estemos resguardados bajo las alas del amor divino.
La santidad de Dios se manifiesta siempre en sus actos, sean de misericordia o de justicia. En el caso de estos hombres, la santidad se mostró en su castigo. Rehusaron honrar al Señor haciendo lo que él les había mandado, y fueron derribados a la puerta del tabernáculo por su pecado. La ley de Dios tiene siempre un doble aspecto. De un lado aparece luminosa y llena de bendición; del otro es oscura y llena de terrores. Es como la columna de nube que guió al pueblo en su marcha desde Egipto. Era luz de un lado, hacia los israelitas; era oscura y terrible hacia los egipcios. Lo mismo es cierto aun del evangelio de Cristo. Pablo nos dice que es, o bien olor de vida para vida, o de muerte para muerte. Si lo aceptamos, solo trae bien para nosotros; pero si lo rechazamos, solo trae condenación.
La conducta de Aarón ante su gran dolor es conmovedora. "Aarón guardó silencio." Su corazón estaba destrozado por la terrible aflicción, pero reconoció la justicia de Dios y se sometió humildemente a la voluntad divina. Podemos guardar siempre silencio ante Dios, aun en las horas más oscuras y en las experiencias más dolorosas. No necesitamos entender; Dios entiende, y él es nuestro Padre. Sobre la tumba de un niño en un cementerio inglés están grabadas estas palabras en el mármol: "¿Quién arrancó esta flor?" La respuesta de Cristo será: "Fui yo." Entonces los afligidos deben callar en su tristeza.
Dios tiene derecho soberano de hacer su voluntad, y no podemos cuestionar lo que hace. Sabemos que Dios es amor y que todo lo que hace lo hace en amor. Sabemos que él es sabio y bueno, y que su camino es siempre recto y el mejor para nosotros. Nunca debemos temer confiar en su corazón cuando no podemos entender su mano.
El dolor de Aarón se hizo mucho más intenso por el hecho de que sus hijos habían muerto en un acto de desobediencia a Dios. Hay una inmensa diferencia, cuando los padres se sientan junto al ataúd de su hijo muerto, en que este haya muerto en dulce fe en Cristo o en pecado. Si los hijos de Aarón hubieran caído en el cumplimiento de algún deber, dando su vida en sacrificio de obediencia a Dios, no habría habido amargura en el corazón del padre. Pero cuando la muerte vino a causa de su pecado, no parecía haber consuelo. ¿Qué podía decir el padre? El dolor de David por Absalón fue semejante. Todo lo que el rey afligido pudo decir fue: "¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar!" Aarón no dijo nada, llevando su aflicción en silencio.
Pareció una orden extraña la que Moisés dio, prohibiendo toda manifestación de dolor por la muerte de estos jóvenes. "No dejaréis crecer vuestro cabello, ni rasgaréis vuestros vestidos, para que no muráis y se enoje Jehová contra toda la comunidad." Una razón era que cualquier expresión de aflicción en este caso parecería una queja contra lo que Dios había hecho, y ellos no debían mostrar, ni con palabra, ni con acto, ni con mirada, nada que no fuera la más perfecta sumisión. Estos hombres habían pecado y habían sido derribados por su pecado. Debe haber reverencia y sumisión ante Dios, y no queja.
Otra razón para no expresar su dolor era que tenían deberes que cumplir en el tabernáculo y no debían abandonarlos ni un instante, ni siquiera para atender lo que parecían deberes sagrados del afecto. La adoración a Dios no debe interrumpirse, ni siquiera por la experiencia del dolor.
No debemos entender, sin embargo, por el mandato en este caso particular, que nunca hemos de llorar a nuestros amigos que han muerto. El dolor es humano. Jesús mismo lloró junto a la tumba de su amigo Lázaro, en Betania, y no prohíbe las lágrimas en tiempo de aflicción. Pero nunca debemos llorar con rebeldía, y nuestra aflicción nunca debe estorbar nuestro deber. A menudo hay cosas que hacer aun en medio del dolor, y el deber no debe detenerse ni siquiera por las lágrimas. Jesús negó a un discípulo permiso para ir a casa a enterrar a su padre antes de salir con el mensaje del evangelio. Debemos seguir con nuestra obra aun en los días del duelo.
A veces las personas dejan caer sus tareas en tiempos de aflicción, como si quedaran absueltos de toda participación en los deberes de la vida activa. Pero esto es erróneo. Hoy damos sepultura a nuestros muertos, y mañana debemos volver a nuestro lugar en medio de las actividades de la vida. La obra de nuestro amigo en este mundo estaba terminada cuando Dios lo llamó, pero nuestra obra no ha acabado, y no debemos descuidarla, aunque el corazón se nos rompa de dolor.
Una de las cosas más tristes de toda esta historia es que el crimen parece haber sido resultado de la intemperancia. El hecho de que el mandato se diera en aquel momento preciso y en conexión con este terrible suceso, de que los sacerdotes no bebieran vino cuando iban a entrar en el tabernáculo para cumplir sus sagrados deberes, parece indicar que el pecado de estos hombres se debió al menos en parte a la embriaguez. La lección es muy urgente. Se aplica primero a los ministros, a los que ministran en el altar de Dios, a los que tratan con las cosas espirituales. No deben tomar bebidas fuertes cuando están por participar en el servicio de Dios. La razón sugerida es que su mente debe estar siempre clara para entender lo que es recto y lo que no lo es, y para poder enseñar al pueblo sabia y discretamente todas las palabras de Dios. Quienes ceden a la influencia de la bebida fuerte quedan por ello inhabilitados para la obra sagrada de su oficio.
Pero no necesitamos limitar este consejo divino a los ministros. La lección es para todos. Siempre debemos vivir de modo de estar en nuestro mejor estado, con la mente sin nublar, para conocer con claridad nuestro deber. La bebida fuerte incapacita a cualquiera para la vida más verdadera y mejor. Quita los sentidos. Vuelve imprudentes a los hombres. Bajo su influencia no pueden hacer bien su obra.
En un gran banquete ofrecido en una gran ciudad por médicos, en honor de un distinguido cirujano extranjero, el visitante rechazó sus copas cuando trajeron el vino. Alguien sentado a su lado le preguntó con cierto tono de broma: "¿Cómo, doctor, es usted abstemio?" El invitado de honor respondió: "No, quizá, por la razón que suele darse, pero soy cirujano, y en cualquier momento puedo ser llamado a realizar alguna operación delicada de la que depende la vida o la muerte. No debo estar nunca sin prepararme. Debo estar siempre en condiciones de hacer la obra más perfecta posible como cirujano. Aun el menor consumo de alcohol me incapacita, al menos en alguna medida, para hacer mi mejor obra. Por eso nunca bebo."
La experiencia del gran médico es sugestiva. Cada hombre debe estar siempre en su mejor estado, listo para cumplir su deber de la manera más plena y completa. Cualquier cosa que lo incapacite para ello nunca debe hacerla. Un joven cirujano demostraba gran habilidad y éxito en su profesión. Su especialidad era el ojo. Se estaba volviendo muy competente. Era apasionadamente aficionado al cricket. Pero descubrió que jugar afectaba sus manos. Vio que, si quería hacer lo mejor de su obra en el ojo, debía renunciar al cricket. Era difícil, pero lo hizo con gusto para que su mano siempre hiciera lo mejor en su profesión.
Todo aquello en la vida, aunque sea solo un juego inofensivo, que nos estorbe para alcanzar las más altas realizaciones o para hacer las cosas más verdaderas y dignas, debemos sacrificarlo con gusto. Esta es una de las razones para abstenerse de la bebida fuerte. Algunos nos dicen que los excita y estimula de modo que pueden pensar con más brillantez y trabajar con más rapidez y eficiencia. Pero el efecto en tales casos es ilusorio, solo temporal en el mejor de los casos, con una reacción malsana. La excitación producida por el vino no es normal, no es natural, y, como en el caso del gran cirujano, en verdad incapacita para una obra que requiere firmeza, nervio y la más plena posesión y uso de todas las facultades. El consejo de Pablo es siempre el más sensato: "No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien, sed llenos del Espíritu."
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Nadab and Abihu
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.