"¡Su misma palabra de gracia es fuerte
como aquella que edificó los cielos!
La voz que hace rodar las estrellas
pronuncia todas las promesas!"
INTRODUCCIÓN
Las promesas de Dios, ya se refieran al creyente en su capacidad individual o a los intereses del reino del Redentor, son todas fieles y verdaderas. Los hombres pueden fallar en el cumplimiento de su palabra, ya sea por un cambio de sentimientos o por un cambio de circunstancias; pero en Aquel con quien tenemos que ver no hay variabilidad ni sombra de cambio. "Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos" [Malaquías 3:6].
Siendo este el caso, podemos confiadamente depositar la más implícita confianza en Sus declaraciones. Siendo sí y amén en Cristo Jesús, y no habiendo sido jamás quebrantadas, abrigar cualquier recelo acerca de su veracidad entraña no poca culpa y arroja la más vil indignidad sobre el carácter divino. "El que no cree a Dios, lo ha hecho mentiroso" [1 Juan 5:10]; mientras que quienes le toman simplemente en Su palabra y reciben Su testimonio con aquiescencia sin vacilación, ponen su sello al hecho de que Dios es veraz.
Así como sin fe es imposible agradarle, así también en ausencia de esta gracia de la fe no podemos comprender cuán sumamente grandes y preciosas son Sus promesas. Pero para aquellos en quienes la confianza obra perfectamente, estas seguranzas divinas impartirán el más rico consuelo; y serán más estimadas por ellos que el oro, sí, que mucho oro fino, y halladas más dulces que los destilamientos del panal.
¡Que cada lector de esta pequeña obra tenga la sublime satisfacción de sentir que puede reclamar estas promesas como su heredad escogida! Si así fuere, jamás será dejado sin guía en tiempo de perplejidad, ni sin sostén en la hora de necesidad. Viviendo de ellas día tras día, no podrá menos que ver sus energías avivadas y su fuerza espiritual renovada; y aunque las potencias de la naturaleza declinen, con todo, será capacitado para llevar fruto en la vejez; entonces aún estará fresco y lozano, para declarar que Jehová es recto y que no hay en Él injusticia [Salmo 92].
Si las siguientes páginas contribuyen, bajo la bendición divina, a producir tales resultados, no habrán sido escritas en vano. Tender una mano ayudadora al creyente en su carrera celestial y animarlo a perseverar en medio de las dificultades y peligros del camino, será considerado por el autor como un alto privilegio y abundante recompensa. Cualquier ayuda, por débil que sea, sin duda será bien recibida por aquellos que se lamentan por el lento progreso que han hecho, y sentirán que tienen constante necesidad de que se les recuerde la admonición apostólica: "Y deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, para que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas" [Hebreos 6:11-12].
Día 1 del mes
"Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar." Génesis 3:15
Fue un día temible y desastroso aquel en que el hombre se rebeló contra su Hacedor, "día de angustia y de aflicción, día de asolamiento y de asolación, … día de nublado y de oscuridad" [Sofonías 1:15]. El sabio nos invita a "acordarte de los días de las tinieblas, porque serán muchos" [Eclesiastés 11:8], pero éste fue el más oscuro en todo el curso de nuestra cambiante historia.
En el huerto del Edén contemplamos un mundo yacente en ruinas; allí hallamos a todas las generaciones envueltas en una sola tremendous catástrofe; innumerables miríadas, en la persona de nuestro común progenitor, expuestas a eterna perdición.
Los ángeles fueron, sin duda, espectadores de aquel acto temerario que constituyó la primera desobediencia del hombre, ¿y cuáles debieron ser sus sentimientos en aquella ocasión? El carácter de Aquel cuyo mandamiento había sido violado y cuya suprema autoridad había sido tenida en nada, lo conocían bien. Habían recibido las más convincentes e impresionantes demostraciones de que Él era "Dios de verdad y sin injusticia", y de que Él era "recto y justo" [Deuteronomio 32:4]. Los resultados de pecar contra Él los habían presenciado en lo que sobrevino a tantos de sus hermanos angélicos, que no guardaron su primer estado. Y ahora aquí está el hombre dejando su primer estado de igual manera; y puesto que ambos están envueltos en semejante rebelión, ¿no incurrirá el uno tanto como el otro en aquellas terribles consecuencias que son su apropiada recompensa?
Un día oscuro fue en verdad, un día en que el sol podría haber sido vestido de cilicio y toda la creación cubierta de luto. Y oscuro habría continuado de no haberse regocijado la misericordia contra el juicio y triunfado sobre él. Es bien para nosotros que tal triunfo fue alcanzado, y que de en medio de una lobreguez más densa que la de Egipto apareció un rayo alentador. Fue en la fresca del anochecer cuando brilló por primera vez, cuando el Libertador venidero fue anunciado como la simiente de la mujer, por quien el gran adversario sería herido, y quien lo despojaría de su presa. Así, aunque el Paraíso en muchas de sus características se asocia con todo lo triste y doloroso, al salir de sus vergeleros podemos exclamar gozosamente: "Las tinieblas se desvanecen, y la verdadera luz ya resplandece" [1 Juan 2:8]. En aquella temprana promesa, germen de todas las subsiguientes, rompió por primera vez el alba sobre nuestra miserable condición.
Las Escrituras abundan en pruebas de que el juicio es obra extraña de Dios, y de que Él no se deleita en nuestra destrucción. Una prueba singular nos es dada en esta ocasión, no meramente en el anuncio general al que nos hemos referido, sino en cuanto al momento en que fue dada. No bien hubo convencido a nuestros primeros padres de su culpa, pronunció la promesa, aun antes de que la inminente pena fuera decretada. No sólo en medio de la ira se acordó de la misericordia, sino por la precedencia que dio en el orden del tiempo a su proclamación, mostró cuánto se deleita en su ejercicio.
¡Lector! ¿Cuáles deben ser tus sentimientos al contemplar esta temprana revelación de los propósitos graciosos de Dios hacia nuestra caída raza? ¡Grande, en verdad, y sobremanera maravilloso ha sido su misericordioso amor hacia nosotros!
"Nos vio perdidos en la caída,
y nos amó con todo y eso;
nos salvó de nuestro triste estado
¡oh, cuán grande es su amor!"
¿No deberíamos, pues, invitar a nuestras almas, y a todo lo que está dentro de nosotros, a magnificar y bendecir su adorable nombre? "¡Oh, dad gracias a Jehová, porque es bueno! Porque para siempre es su misericordia… Al que nos recordó en nuestra humillación; porque para siempre es su misericordia!" [Salmo 136:1, 23].
Día 2
"Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación." Malaquías 4:2
Observar el sol naciente, especialmente en una mañana clara, es un ejercicio interesante. Hay señales inequívocas, al volver los ojos al oriente, de que está a punto de salir de su cámara, para alegrar con sus sonrisas el rostro de la naturaleza y vestirla con ropas de hermosura. Aquel tinte dorado, vuelto más vívido a cada momento; aquel profundo resplandor carmesí que lanza sus franjas cada vez más alto; las nubes algodonosas que se dispersan una tras otra, y un lustre suave y templado difundido por doquier, hasta que al fin el brillante astro aparece en majestuoso esplendor, llenando, según asciende, toda la bóveda del cielo con su glorioso resplandor. Bien podría el ángel caído, en la representación del poeta, dirigirse a tal objeto como coronado de gloria sobresaliente, y contemplando desde sus excelsos dominios como el dios de este mundo inferior.
Tal es la figura notable empleada para representar el advenimiento de nuestro bendito Redentor. En la promesa dada en el Edén tenemos el romper del alba, y en las subsiguientes predicciones de los profetas, aquellos haces de luz que mostraban que la mañana avanzaba. Pero al fin se levantó el Sol de justicia, y fue con sanidad en sus alas. Con fuerte deseo fue esperado el acontecimiento por la iglesia del Antiguo Testamento; muchos profetas y justos anhelaron ver el día de su aparición, pero murieron sin la visión.
Tras muchos siglos que giraron, empero, vino la plenitud del tiempo, y nació el tan esperado Salvador. Allá un hombre justo y devoto en el templo, el anciano Simeón, lo tiene en sus brazos; y del cántico de alabanza que pronuncia, no sólo aparecen la fuerza de su fe y el calor de su gratitud en la intensidad de su gozo, sino también la claridad de sus conceptos acerca de la naturaleza y el designio de su misión. Apretando el adorable Niño contra su pecho exclama: "Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos, luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel" [Lucas 2:29-32].
Al pasar al comienzo del ministerio público de Jesús, lo hallamos al otro lado del Jordán, en las fronteras de Zabulón y Neftalí. Y allí se cumple lo que fue dicho por el profeta Isaías, que decía: "El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos" [Isaías 9:2]. Y si le acompañamos en su carrera adelante, le oiremos, manso y humilde aunque era, dar testimonio no vil de su propio carácter y de sus reclamos. Más de una vez pronunció aquellas palabras de majestad: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" [Juan 8:12]. Ésta fue en verdad la voz de Dios, y no de un hombre; si fuera de un mero hombre, deberíamos decir que sabía a la más arrogante presunción.
No debemos olvidar, sin embargo, que este gran Sol del firmamento espiritual había de sufrir un temible eclipse; había de ser envuelto en tinieblas de medianoche y ser sumergido en la sombra de la muerte. Vuelvámonos aparte y contemplemos este extraño espectáculo: el Hijo de Dios herido, sangrando, muriendo, escarnecido por los hombres, atormentado por los demonios, abandonado aun por el Padre Eterno. Nunca antes había visto un ceño en aquel rostro de bondad divina, pero ahora está marcado en todos sus rasgos con santa indignación. Las tinieblas que cubrieron la tierra estremecida y los cielos asombrados fueron como el resplandor del mediodía en comparación con la densa lobreguez que rodeaba el alma del gran Fiador en aquella hora solemne. Tan densa era la nube que ni un solo rayo de amor brilló a través de ella. Estaba rodeado de los horrores del ardiente abismo, y sufrió algunos de los elementos que constituyen la miseria de aquellos que moran donde Dios se ha olvidado de ser clemente, y donde su misericordia se ha extinguido para siempre.
Mucho había soportado antes, y lo había soportado solo. Estuvo solo en el conflicto en el desierto cuando fue expuesto a los ardientes asaltos de Satanás; estuvo solo en Getsemaní, cuando su alma estuvo sobremanera triste; y, con todo, pudo decir: "No estoy solo, porque el Padre está conmigo" [Juan 16:32]. Pero ahora aquel último refugio le falla, y clama en angustia inconcebible: "Eli, Eli, ¿lama sabactani?", es decir: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" [Mateo 27:46].
Al mismo tiempo, jamás brotaron tales torrentes de luz como de aquella cumbre, aunque envuelta en tan sombría lobreguez. "La tierra estuvo oscura", como uno observa, "y los cielos no resplandecieron, pero de la cruz salió un resplandor moral que irradió la tierra y el cielo más allá del brillo de mil soles." Fue "el mediodía del amor eterno, el esplendor meridiano de la misericordia eterna".
¡Gran Sol de justicia! Haz que tus celestiales haces brillen en mi alma oscura y sin luz. Sé la gloria de mis días más radiantes, y el consuelo de mis noches más sombrías. De ti puedo decir en verdad:
"Si en las sombras Él aparece,
mi alba ya comenzó;
Él es la estrella de mi alba,
Él es mi sol que asomó.
"Los cielos abiertos resplandecen
con rayos de sagrado gozo;
mientras Jesús me muestra, es mío,
y me susurra: ¡soy suyo!"
Día 3
"Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración." Zacarías 12:10
Ésta es una promesa en verdad preciosa, pues el asunto a que se refiere no sólo es importante en sí mismo, sino especialmente como prenda de aquellas abundantes bendiciones que siguen en su séquito. No puede haber indicación más favorable de la prosperidad que se acerca de la causa cristiana, que la existencia de una gran medida del espíritu de gracia y de oración entre el pueblo de Dios. Como observa John Foster: "Es del todo visionario esperar un éxito inusual de las cosas religiosas sin señales inusuales. Pues bien, un espíritu eminente de oración sería sin duda tal señal. El individuo que con solemnidad se determinara a probar su última y posible eficacia podría hallarse hecho un agente sumamente prevaleciente en su pequeña esfera; y si el todo, o el mayor número de los discípulos del cristianismo, se unieran con una resolución ferviente e inalterable de no dejar que el cielo retuviera una sola influencia que el máximo esfuerzo de una súplica conjunta y perseverante pudiera obtener, sería señal segura de que la revolución del mundo estaba cerca."
Este testimonio es sin duda verdadero. Un espíritu de oración se hallará, como Juan el Bautista, ser el precursor de la venida del Salvador en su reino; será el heraldo del Rey de Sion, que marcha con gloria y majestad en su carro evangélico, conquistando siempre para conquistar todavía.
En la historia pasada de la iglesia no ha habido escena tan verdaderamente admirable como la que se verificó el día de Pentecostés. Pero es importante para nosotros preguntar: "¿Por qué fue precedida aquella gracios visitación?" En el relato del aposento alto donde los discípulos estaban reunidos, se nos da respuesta. "Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos" [Hechos 1:14].
Tenemos aquí el secreto de lo que siguió: la causa de todo el asunto. Este versículo, corto aunque sea, contiene mucho digno de ser seriamente ponderado.
En primer lugar, fue un ejercicio en que todos tomaron parte, hombres y mujeres por igual, ricos y pobres juntos, sin faltar uno solo de toda la compañía. ¡Oh, cuándo tendremos reuniones de oración a esa manera!
En segundo lugar, fue unánimes que presentaron sus peticiones. Se pusieron de acuerdo respecto de lo que debían pedir, y les fue hecho por su Padre que estaba en los cielos.
Y, en tercer lugar, perseveraron. "Todos éstos perseveraban unánimes"; lejos de retener la oración ante Dios, su firme resolución fue: "No te dejaremos, si no nos bendices." Y benditos fueron, aun con lluvias de bendiciones. Queda así claramente demostrado que, antes de que podamos esperar un éxito pentecostal, debe haber una súplica pentecostal como preliminar indispensable.
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: The Sure Ground of the Believer
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.