Hay muchas fuentes de gozo. Todos los hombres buscan la felicidad, y en mil caminos se encuentran las huellas de los buscadores. No hay nada disponible en todo el mundo, nada que encierre la más leve promesa o esperanza de felicidad, que no haya sido probado por alguien ansioso de hallar el secreto mágico.
Estamos acostumbrados a decir que el único gozo verdadero, profundo e inagotable es aquel que podemos hallar en Dios. La Biblia encierra muchas promesas de felicidad, pero todas apuntan a fuentes espirituales y eternas. Leemos del gozo del Señor, del regocijo en Dios; Cristo promete su propio gozo a sus seguidores. El gozo, por tanto, es la herencia del cristiano; solo él tiene derecho a reclamarlo. Sin embargo, no todos los cristianos son felices. Muchos cuya fe en Cristo es indudable solo tienen gozo en las calmas apacibles de la vida. Se perturban con facilidad. El canto de hoy se ahoga con las lágrimas de mañana.
Vale la pena que procuremos hallar el secreto del gozo cristiano verdadero y perdurable. A menudo oímos decir que la confianza en Dios produce gozo, o que una vida irreprensible engendra felicidad. Hay un modo de vivir, sin embargo, que más que ningún otro encierra el secreto supremo del gozo. Es una vida de servicio. Comienza en la consagración a Cristo: ante todo, debemos ser sus siervos. Incluye la confianza, el reposo en Dios. Pero no puede haber una confianza serena y continuada si no hay actividad en la vida cristiana. El agua estancada se corrompe. Incluso la confianza sin acción pierde pronto su sosiego.
El trabajo mismo es siempre aliado de la felicidad. La ociosidad nunca es verdaderamente feliz. El hombre más feliz es el hombre ocupado. Incluso la salud física depende en gran medida de la ocupación regular. Ningún hombre apto para el deber que no esté ocupado puede ser verdadera o profundamente feliz. El hombre ocioso puede vivir una vida de placer, pero no es una vida de felicidad real. El trabajo es una condición del gozo.
Es una bendición que la mayoría de las personas, cuando llega el dolor, no se atrevan a detenerse a entregarse a su pesar. Sus deberes les esperan, esperan con tanta insistencia, que no pueden demorarse ni siquiera para el tierno sentimiento de la tristeza. Apenas hay tiempo de esperar a que termine el funeral, tras una pérdida, antes de que las tareas impostergables reclamen atención. Es bueno que así sea. La actividad necesaria impide que el corazón se quiebre y preserva la vida de la morbidez que tan a menudo produce el dolor cuando las manos permanecen cruzadas.
El trabajo es, pues, un secreto de la felicidad. Evita que el corazón se recargue. Las emociones que de otro modo permanecerían encerradas, en daño de la vida, encuentran desahogo y se elaboran en actividades que bendicen a otros, al tiempo que producen salud y sanidad en quien las realiza. Ningún error peor puede cometer quien está en el dolor que soltar los deberes y tareas de la vida y apartarse de los deberes y ministerios comunes de la vida. El consuelo de Dios no se halla de ese modo. El gozo no llega a quien nutre su tristeza en cavilaciones ociosas; solo se halla en el cumplimiento diligente y fiel de cada deber. El trabajo ha salvado muchas vidas de la desesperanza en tiempos de gran dolor.
Pero hay algo más alto y más divino aún que el trabajo mismo. El trabajo puede ser egoísta. Puede dedicarse únicamente al progreso de los intereses propios, sin pensar en el beneficio o el bienestar ajeno. Aun entonces hay bendición en él, porque llena las manos y ocupa los pensamientos: hay bien en la ocupación misma. Pero si añadimos al trabajo el elemento de servir, con amor y pensamiento de los demás, tenemos uno de los más nobles de todos los secretos del gozo.
Servir nace del amar; es la expresión del amor. El servicio que no está inspirado por el amor no produce gozo. El amor que no sirve no es amor en absoluto. La medida de abnegación que uno está dispuesto a padecer es la medida del amor que hay en su corazón. El amor que no quiere sacrificarse es solo un sentimiento, una flor hermosa de la que no viene fruto alguno. El amor está siempre dispuesto a servir.
Dondequiera que veamos la vida en sus formas y desarrollos mejores, hallamos en ella el elemento de servicio. En cada vislumbre de la vida celestial que se nos muestra en la Biblia, encontramos el servicio como la expresión más alta del espíritu de la vida. Los ángeles, que aparecen yendo y veniendo entre el cielo y la tierra, siempre están entregados al servicio de alguno de los hijos de Dios. Su misión se describe en una sola frase: «¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servir a favor de los que han de heredar la salvación?». Vienen a la tierra expresamente para servir. Sabemos que los ángeles poseen el secreto del gozo; se les representa alabando a Dios continuamente. Es el gozo del servicio el que llena sus corazones. ¡Nunca un pensamiento de sí mismos envenena su pureza de alegría!
El más grande y excelso de todos los seres es Dios mismo. Su vida es la que no tuvo principio y no tendrá fin. Toda otra vida, toda vida angélica, toda vida humana, brota del manantial único. Sin embargo, Dios no vive para sí mismo. Dios es amor, y la esencia misma del amor es siempre servicio. Él está siempre derramando bendición y bien sobre los hombres. Cada revelación de Dios nos lo muestra como un Dios que sirve a sus criaturas. Piensa siempre en su bien. Obra de continuo en la providencia, en un servicio lleno de solicitud y de delicadeza. La cumbre del servicio divino estuvo en la encarnación, cuando de tal manera amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito.
Luego, en el relato de la vida de Cristo, donde tenemos la revelación del carácter divino en toda su belleza, encontramos el servicio más admirable. Jamás ningún otro hombre vivió para sus amigos como Jesús vivió para los suyos. No les negó nada. En la última noche de su vida, como para expresar su amor de un modo que nunca pudiera olvidarse, lo vemos vestido como siervo, lavando los pies de sus discípulos. Ninguna imagen de Jesús en todos los Evangelios refleja con tanta fidelidad el corazón mismo de su vida como esta. Él no vino para ser servido, sino para servir. Tomó forma de siervo para mostrar el espíritu divino. Poco después entregó efectivamente su vida en su servicio incomparable de amor. Así, el más divino de todos los ideales de vida se muestra sirviendo aun hasta lo sumo.
Sabemos que en este servicio Jesús halló un gozo profundo y santo. Solía enseñarse que era un hombre triste. Había una tradición de que nunca sonrió. Pero esta concepción de Jesús no pudo haber sido cierta. Fue, en verdad, un varón de dolores, pero había en su corazón un gozo profundo que ni aun sus dolores pudieron apagar. Él habló con claridad y de manera repetida de su gozo y de su paz. Uno de los escritores del Nuevo Testamento nos dice que fue por el gozo puesto delante de él que él sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza.
Podemos pensar con facilidad en muchas fuentes del gozo de Cristo. Su comunión con su Padre nunca se interrumpió, ni siquiera se ensombreció un instante. Él era sin pecado; nunca hubo en su corazón la menor huella de aquel dolor que estropea el más dulce gozo humano, la conciencia de haber obrado mal. Su fe perfecta hacía de todas las cosas espirituales realidades eternas para él, más reales que las rocas, los collados, los árboles y los caminos de la tierra. Nunca anduvo a tientas en la oscuridad de la duda y el temor, como a veces deben hacerlo los santos más santos de la tierra cuando la visión de la fe se nubla. Él veía el sentido último de todo dolor y miraba al fin y a la cosecha final de todo sacrificio y pérdida. Nunca se desanimó; sabía que su obra no había de fracasar. Tenía plena confianza en el futuro de su ministerio y en el triunfo final de su reino.
Sin embargo, es evidente que la más rica de todas las fuentes del gozo de Cristo estuvo en su amor y su servicio. Era el gozo de hacer el bien, de dar consuelo, de salvar a los perdidos lo que más significaba para él. El trabajo de su alma se olvidaba en el conocimiento de que su pueblo sería redimido por su sangre.
Este gozo del servicio Cristo lo legó también a sus seguidores: «para que mi gozo esté en vosotros». Hay también otras fuentes del gozo cristiano: el perdón, la filiación en la familia de Dios, la esperanza eterna, la comunión divina; pero el gozo que proviene de servir es el más puro y pleno de todos.
Tenemos un indicio de ello en la palabra del Maestro: «Más bienaventurado es dar que recibir». Esta es una sentencia mucho más profunda de lo que solemos pensar. Hay mucho que se nos da, y es algo muy admirable. Hay muchas y grandes bendiciones espirituales que llegan a nosotros como dones. La salvación es toda de gracia; no merecemos nada de lo que recibimos. Tenemos el don del perdón, de la vida, del Espíritu Santo, de la herencia en la gloria; pero es más bienaventurado para nosotros dar que recibir aun estos dones divinos. La bendición más rica, más verdadera, más profunda y más real que puede llegar a cualquier corazón es la bendición de dar, de hacer, de padecer, de sacrificarse por otros, de servirles en amor.
El gozo del servicio es, por tanto, el más dulce y más santo de los gozos posibles. Después de la mejor felicidad que pueda llegar por todas las otras fuentes puras, humanas o divinas, el gozo que más significa al corazón y a la vida es aquel que se encuentra en amar y servir a otros en el nombre de Cristo.
Sin este elemento, ningún otro gozo es completo. Los mejores dones de Dios para nosotros no nos harían profunda y seguramente felices si solo los recibiéramos y disfrutáramos, sin convertirnos en siervos de los demás con ellos. Incluso la comunión con Dios dejaría de traernos bendición verdadera y duradera si no saliéramos de la santa presencia a ministerios de amor hacia los que necesitan. Ninguna bendición que guardemos solo para nosotros puede darnos una alegría profunda y santa. Ninguna visión de ángeles, ninguna teofanía, puede producir tales estremecimientos de arrobamiento en el corazón como los que se gozan en algún humilde servicio de amor.
Así es siempre en la vida en este mundo. Quienes se sientan junto al lecho de los enfermos de fiebre y atienden la necesidad humana en sus incontables formas parecen perderse mucho de lo muy hermoso. Su santo ministerio los mantiene lejos de los lugares de honor, incluso de las escenas de éxtasis espiritual. Mientras están en sus tareas comunes, no ven las huestes angélicas ni oyen la música. La entrega a los deberes del amor humano en el hogar o entre los pobres hace que hombres y mujeres se pierdan mucho de lo que el mundo estima. Pero, entretanto, hay una recompensa más alta, no solo en el tesoro del fin, sino aun ahora, para quienes sirven. Entran de modo más pleno y profundo en el gozo del Señor; y luego, en el cielo, serán recibidos en comunión más santa, más cerca de Cristo.
Al fin y al cabo, solo es digna de vivirse la vida que lleva en sí el espíritu y la cualidad del servicio y el sacrificio. Dora Greenwell dice: «He sentido a menudo la significación del hecho de que nada que pertenezca al reino de Cristo impresiona mucho al mundo si no lleva en sí el elemento del sacrificio y de la disposición semejante a la de Cristo a participar del dolor. Un hombre justo puede lograr mucho bien mediante obras benéficas y planes sabios y amables en favor de los demás; pero es al hombre por quien algunos, acaso, se atreverían incluso a morir, al hombre que él mismo, si fuera necesario, moriría por los hombres, a quien se adhieren los corazones de los hombres».
Solo la vida misma es digna de darse a otros. Aquello que hacemos por otros o les damos y que no nos cuesta nada encierra escasa bendición o ayuda para ellos. Un hombre puede hablarnos elocuentemente; pero si son solo palabras las que habla, no somos más ricos por escucharlas. Solo cuando servimos en amor, entregando la vida misma en nuestro ministerio, hallamos gozo profundo para nuestro corazón o hacemos a otros verdaderamente más felices o más benditos.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Joy of SERVICE
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.