La ira del hombre es grande; la furia de las naciones, tal como se describe en la parte final del Libro, es terrible; el rastro del conquistador va «entre confuso alboroto y vestiduras teñidas en sangre». Pero, ¿qué es esto comparado con lo que forma el clímax y el cierre de esta visión espantosa: «el día, el gran día» (como reza el original) «de su ira ha llegado, y ¿quién podrá sostenerse?»
Ahora bien, ¿a qué se refiere esta tremenda descripción? Al responder la pregunta, debemos tener presente también aquí que la interpretación de la presente visión debe estar en armonía con las que la preceden. Mientras la llamada escuela histórica considera que estos sellos representan épocas o eras sucesivas que se siguen una a otra en orden cronológico, y que su cumplimiento se agota cuando dichas eras pasan, nosotros nos inclinamos más bien a considerar las figuras no como progresivas, ni restringidas en su aplicación a un período particular, sino coextensivas con todas las edades de la Iglesia, desde el tiempo en que Juan escribió hasta el fin del mundo.
Y no es violación alguna de esta teoría el reconocer a ciertas épocas una porción mayor que a otras de las realidades descritas en las visiones. El caballo rojo de la GUERRA pudo ser más desbocado en una edad que en otra: en la de Nerón, Vespasiano, Atila, Mahoma o Napoleón. El jinete negro de la ESCASEZ pudo haber tenido que equilibrar sus balanzas con mano más temblorosa en una era que en otra: por ejemplo, durante la época romana, en los reinados de Alejandro Severo y Caracalla, que gozaron de la funesta distinción de su opresiva tributación y su despiadada fiscalidad; o durante aquellas invasiones que asolaron el Imperio desmembrado de los Césares, cuando millones quedaban enviando su grito sin socorro en campos antes sonrientes, ennegrecidos ya por las cenizas y el humo, la carestía y el hambre.
El lúgubre jinete con su compañero en el caballo Pálido pudo tener en un momento más campo que en otro para su funesta obra, en la PLAGA diezmadora y la PESTILENCIA. El clamor de los mártires fue sin duda más fuerte que nunca antes o después en lo que se llamó por antonomasia «la era de los mártires»: durante los reinados de Diocleciano, Galerio y Valeriano, el primer gran esfuerzo de la Roma pagana por estrangular la naciente religión en su cuna. O, de nuevo, durante las grandes luchas de la era de la Reforma.
Pero aun así, las visiones no han de limitarse ni restringirse a ningún período ni a ningún acontecimiento histórico especial, sino más bien considerarse coextensivas con la historia de la cristiandad, parcialmente cumplidas en el pasado y teniendo, acaso, una exposición más plena y amplia en el futuro. El sexto sello debe, en este respecto, estar en armonía con sus predecesores. Quienes adoptan la visión puramente histórica, y representan esta descripción portentosa como agotada en su cumplimiento, junto con las demás, en los primeros siglos, parecen reducirla a acontecimientos del todo desproporcionados en importancia y grandeza con el lenguaje del sello mismo. Conforme, en efecto, a la interpretación general y ampliada que hemos dado a los sellos anteriores, estamos lejos de afirmar que este último no haya podido tener también un cumplimiento parcial en algunas de las revoluciones más espantosas que en el curso de dieciocho siglos han convulsionado a las naciones.
La lengua hebrea, la lengua de la Escritura, abunda en el hipérbole. A menudo se emplean figuras para describir acontecimientos que, a la mente prosaica de Occidente, parecerían recargadas, exageradas e irreales. Además, debemos recordar que el mismo simbolismo aquí empleado, el velo de los cielos, el sol oscurecido y las estrellas que caen, fue adoptado por los profetas judíos para representar las desgracias que amenazaban a su propio país y a su capital. No estamos, por tanto, dispuestos a cuestionar que, en un sentido primario aunque subordinado, estas vastas convulsiones puedan aplicarse a la subversión de las tiranías y despotismos entronizados del mundo, y especialmente a la mayor de todas las revoluciones morales y sociales, que ocurrió al commencement de la era cristiana: la caída del paganismo en el Imperio de Roma.
Pero, con todo, preguntamos: ¿qué cristiano sencillo, qué lector modesto de su Biblia, puede recorrer estas palabras y conformarse con una interpretación menor que aquella en la que culmina: que tenemos aquí una descripción inconfundible del DÍA DEL JUICIO? Entre todas las revoluciones de la tierra (y haciendo también toda concesión a la audacia y a la licencia del simbolismo hebreo), ¿cuál de ellas puede pretender por un instante un retrato semejante a este? En cambio, por otra parte, parece una conclusión apropiada a una serie de visiones que contienen un compendio de la historia del mundo que después se ampliará, el haber pintado así con magníficos colores la escena final de todas: el acontecimiento culminante de largas edades y siglos, en el descenso de su gran Señor y Rey a su trono de Juicio, acompañado del clamor selvaje de los temerosos y de los incrédulos, que piden ser escondidos de la ira del Cordero, e invocan a las rocas y a los montes para que los cubran de su mirada abrasadora.
Aquel gran día esperado por todos los tiempos «¡ha sorprendido a los hipócritas!». Un mundo osado y desafiante que había tratado por largo tiempo la advertencia como un sueño vano, despierta ahora, por el terremoto que se agita, por las estrellas que caen, por el sol ennegrecido y por la luna teñida de sangre, a la terrible verdad. Los déspotas que vivieron para la ambición, los avaros que vivieron para el oro, los poderosos, los guerreros que hicieron temblar la tierra y vivieron para la fama; el hombre libre en su imaginada libertad, y el esclavo fatigado en sus cadenas de hierro: todos (cualquiera que sea su condición) cuantos vivieron una existencia egoísta y escéptica, son ahora despertados en un instante a un sentido amargo y agonizante de su miseria y de su ruina, y claman a las rocas y a las cuevas que los cubran y los escondan de la ira del Cordero: «Porque el gran día de su ira ha llegado, ¿y quién podrá sostenerse?»
¿Acaso no da el mismo Salvador, en palabras significativas y empháticas, pronunciadas en su propia profecía final sobre el Monte de los Olivos, el mejor comentario de este sello? El mismo lenguaje y las mismas figuras que emplea son las de aquí: «Inmediatamente después de aquellos días terribles, el sol será oscurecido, la luna no dará su luz, las estrellas caerán del cielo, y los poderes de los cielos serán sacudidos. Y entonces, por fin, aparecerá en los cielos la señal de la venida del Hijo del Hombre, y habrá gran lamento entre todas las naciones de la tierra. Y verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria».
¿Cuáles son nuestros sentimientos ante la perspectiva de «aquel gran día de su ira»? Es el único, al menos de cuatro de las visiones anteriores, en el que cada uno de nosotros tiene un interés personal seguro y cierto. El caballo rojo de la guerra sólo lo conocemos al meditar las tristes crónicas del pasado, o los registros de la historia contemporánea; nuestros ojos (Dios lo quiera) quizá nunca vean los corcovos de aquel corcel carmesí ni los desenvainamientos de aquella espada terrible. Aunque siempre, en otras regiones del mundo, oímos de la langosta y de la sequía señalando a una con otra la senda desoladora del caballo negro del hambre. Y aunque muchos corazones desfallecientes en casa, en antros de miseria, están familiarizados con el rostro macilento, aquel corcel pálido y su jinete con la balanza es un extraño, y en toda probabilidad lo será siempre, para aquellos cuyos ojos recorren estas páginas. El caballo pálido de la muerte, en el sentido terrifico de plaga y pestilencia, sólo perdura en el recuerdo de unos pocos: nunca hemos visto la temida marca de lúgubre memoria fijada en los portales heridos, ni el pesado carro de la muerte recogiendo sus haces en la cosecha espantosa y siguiendo su cometido entre calles silenciosas.
El clamor del mártir se ha oído en nuestros días en las islas del Pacífico y en mazmorras españolas e italianas; pero es un extraño, y así confiamos que siempre lo sea, en esta tierra de luz y de libertad gloriosas, donde la esclavitud social y espiritual son igualmente desconocidas.
Pero no así la verdad espantosa contenida en este sexto sello. No podemos descifrar los jeroglíficos del futuro; no podemos interpretar los tiempos y las sazones de la profecía; pero sí sabemos esto: que tarde o temprano llegará la hora en que nuestros oídos oirán el estruendo de aquel terremoto y nuestros ojos presenciarán estos cielos que se desvanecen. ¡Oh! Con qué sentimientos tan diversos será contemplado aquel acontecimiento por las dos grandes divisiones en que se resolverá entonces la humanidad, cuando todas las distinciones convencionales de la tierra hayan terminado para siempre, cuando el rico y el pobre, el rey y el campesino, el esclavo y el libre, se encuentren juntos bajo el resplandor de aquel trono que desciende!
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE OPENING OF THE FIFTH AND SIXTH SEALS THE MARTYRS — Parte 2
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.