«Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.» Hebreos 12:14
El carácter del mundo celestial, tal como se expone en las Escrituras, constituye una de aquellas evidencias concluyentes mediante las cuales se confirma la divinidad de la religión cristiana.
El impostor árabe se tomó la tarea de idear un «Cielo» para sus seguidores, y de la terrenalidad de su origen ofrece pruebas abundantes e innegables. En su paraíso habría de disfrutarse de cuanto fuera voluptuoso y lujoso. Había divanes de seda sobre los que recostarse; había los vinos más exquisitos y los manjares más deliciosos; y, sobre todo, había vírgenes de belleza sin igual y juventud eterna que habrían de asignarse a cada uno de los fieles.
Y lo mismo ocurre con el Elíseo de los griegos y los romanos, y con las moradas de los hindúes difuntos. También ellos estaban adaptados a los apetitos depravados del hombre — tal como fueron sugeridos por las imaginaciones corruptas del hombre.
Pero el Cielo de la Biblia — uno de conocimiento perfecto, de amor perfecto y de pureza perfecta — es un Cielo exclusivamente divino. La gloriosa realidad es evidentemente el diseño de la sabiduría de Dios y la provisión de su gracia ilimitada; y las sublimes representaciones que de él se dan en el sagrado volumen son evidentemente las delineaciones de su propio dedo.
Lo que se nos enseña acerca de la naturaleza del Cielo del cristiano muestra claramente que un cambio poderoso es indispensable en nosotros, pecadores y corruptos como somos — antes de que se nos permita pasar por sus portales y participar de sus goces. Es un Cielo espiritual, y la mente carnal es del todo incompetente aun para discernir las cosas espirituales. Es un Cielo de luz; pero los no renovados aman más las tinieblas que la luz, porque sus obras son malas. ¿Qué comunión tiene la justicia con la injusticia, y qué comunicación la luz con las tinieblas? De todas las condiciones distintas, son las más incongruentes y antagónicas.
¿Qué es el Cielo? Es la morada de la santidad de Dios. Todo lo que está relacionado con el Ser Divino es representado como santo, aun aquí. El templo donde Él se reveló gracioso fue llamado su santo templo. La tierra sobre la que se dignó admitir a Moisés a una audiencia con Él fue llamada tierra santa. El monte en el que el Salvador fue transfigurado es llamado el santo monte. El día apartado para el servicio de Dios es llamado día santo; y el pueblo de Dios es llamado, en un sentido mucho más elevado, un pueblo santo. Y si tales personas y lugares, a causa de su conexión con Dios, son santos — ¡cuánto más debe serlo el Cielo donde Él habita eternamente! Es preeminentemente su santo Cielo. Allí la santidad reina como en su elemento nativo; reina sin oposición, sin ser traída, como aquí, a constante colisión con los principios del mal. Allí la santidad reina suprema, siendo enfáticamente soberana, y todo poder hostil es sometido por completo. Allí la santidad reina para siempre, su trono establecido sobre una base más firme que los montes eternos, y perpetuo como los días de los Cielos.
Busca entonces, ¡oh alma mía!, un estado de preparación habitual para aquel mundo santo. Sea tuyo, mediante constancia en la vigilancia, mediante oración luchadora, mediante mortificación de las obras del cuerpo, y especialmente mediante una aplicación creyente a la fuente abierta para el pecado y la inmundicia — perfeccionar la santidad en el temor de Dios. Recuerda que puedes ir al Cielo sin riqueza, sin erudición, sin amigos — pero «sin santidad nadie verá al Señor».
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: The Great Pre-requisite
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.