Es completamente distinto de aquel gusto espiritual por el cual la simple aplicación de la cruz a la conciencia del pecador es sentida y apreciada; por el cual la pronunciación del nombre del Salvador es siempre recibida como el sonido de la más dulce música; por el cual una sensación de alivio entra, con toda la fuerza y frescura de un sentimiento nuevo, cada vez que la concepción de su sangre expiatoria y de su justicia perfecta viene a visitarnos; por el cual la reiteración de su sacrificio al oído tiene un efecto semejante a disipar la desconfianza habitual o el letargo de la naturaleza, como la presencia recurrente de un amigo tiene para disipar la penumbra de una melancolía constitucional.
No es prueba de su cristianismo vital que un hombre pueda disfrutar de un entretenimiento afín en aquellos adornos del genio o de la literatura de los cuales el tema es susceptible. Pero si sus sencillas afirmaciones le resultan dulces; si la página nunca es más hermosa a sus ojos que cuando está adornada con citas bíblicas que son a la vez ponderosas y pertinentes; si, cuando está permeada por una referencia a Cristo y a él crucificado, se siente y se regocija como el incienso de un aroma perpetuo; y si él, aun siendo un hombre de erudición y generosas realizaciones, puede amar, incluso en su más modesto atavío, la verdad tantas veces repetida; y eso, puramente porque el bálsamo de Galaad está allí: esto deberíamos considerarlo como evidencia de aquel que, al menos hasta ahora, ha sido iluminado, y ha gustado del don celestial, y ha sido hecho partícipe del Espíritu Santo, y ha gustado de la buena palabra de Dios y de los poderes del siglo venidero.
No conocemos Tratados donde esta infusión evangélica impregne así toda la sustancia de ellos como los de Romaine. Aunque no hay una serie de argumentos consecutivos; aunque no hay gran poder o variedad de ilustración; aunque no podamos alegar en su favor mucha riqueza de imaginería, ni siquiera mucha profundidad de experiencia cristiana. Y además, aunque tomáramos cualquiera de sus párrafos al azar, hallaríamos que, con alguna pequeña variación en la elaboración de cada uno, había principalmente un solo fundamento o sustrato para todos; sin embargo, las verdades preciosas y consoladoras que él siempre y eternamente presenta deben hacerlos queridos para aquellos que anhelan mantener en sus mentes un sentido gozoso de Dios como su Padre reconciliado. Él nunca deja de hacer mención de Cristo y de su justicia, y es por las gotas constantes de este elixir que se sostiene todo el encanto e interés de sus escritos.
Para un hombre cuya ambición y deleite era dominar las dificultades de un argumento, o para un hombre cuyo principal gozo era recorrer a voluntad los dominios de la poesía, no podemos concebir nada más insípido o descolorido que estos Tratados que ahora se ofrecen al público.
Sin embargo, a pesar de esa desnudez literaria que pueden exhibit ante los ojos del hombre natural, que no posee gusto espiritual ni discernimiento espiritual, si se abrieran los ojos de tal hombre a las glorias ocultas de aquel tema que, sobre todos los demás, era querido al corazón de su Autor, y ya fuera desde la imprenta o desde el púlpito, era el único tema sobre el cual amaba extenderse; si tan solo el sentido de la culpa se aferrara a su conciencia, y el seguro pero sencillo remedio de la fe en la obra expiatoria de Cristo se recomendara a sí mismo como aquel poder de Dios que solo es capaz de disolverla; si se le hiciera sentir la conveniencia que hay entre esta preciosa aplicación y aquella enfermedad interior cuya malignidad y dureza ahora le han sido reveladas; entonces, así como siempre es placentero, cuando se coloca sobre una herida corporal el emoliente que la alivia, así siempre es placentero, cada vez que se siente la dolencia espiritual, recurrir a aquella unción cuyo rociamiento la lava.
Un sentimiento de gozo en el Redentor siempre estará impulsando a las mismas contemplaciones, y a la expresión de las mismas cosas. Para un espíritu regenerado, aquello que nunca puede ser una fatiga en el tiempo, es lo que ha de formar el canto de la eternidad.
Fuente y atribución
Autor original: Thomas Chalmers
Título original: The Necessity of Repetition of Gospel Truths — parte 7
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Thomas Chalmers, publicado originalmente en Grace Gems.