Es la bendición irrevocable de un hijo el que jamás será echado de la casa, que la unión entre el Padre y el hijo no puede jamás romperse, y que él ha de reinar con Cristo por las edades de un día eterno. Este es un dulce consuelo para la familia de Dios: «el hijo permanece para siempre.» ¡Cuán a menudo un hijo de Dios se pregunta si permanecerá para siempre, si no se retirará a perdición, si alguna tentación no le sobrevendrá por la cual se manifieste que no es sino un engañador y engañado! Pero el Señor mismo dice: «el hijo permanece para siempre»; aunque no sea más que un niño, aunque tenga apenas el primer comienzo de la vida espiritual en su alma, él «permanece para siempre»; tiene el mismo lugar en los afectos del Padre, es coheredero con Cristo y tiene derecho a la misma herencia que los de mayor tiempo y que sus ancianos en la fe.
Pero a veces el hijo puede cansarse de la restricción de la casa de su Padre. Dios es un Padre sabio además de bueno. Tratará a sus hijos con la más tierna bondad e intimidad, pero jamás permitirá que le falten al respeto. A veces, entonces, los hijos se cansan de la casa de su Padre; son como el hijo menor de la parábola, que pidió a su padre que le diera su parte, y cuando la hubo recibido, se fue a una tierra lejana, lejos de la casa de su padre, de bajo el techo de su padre, y la desperdició en vida disoluta. En esto es donde muchos de los hijos de Dios llegan a parar. Hay una restricción en la casa de Dios, donde el alma no se ve realmente bendecida con el gozo personal y presente de la verdad del evangelio, y siendo la restricción siempre pesada, el vano corazón idólatra piensa que puede sacar algún placer del mundo que no se halla bajo el techo del Padre. Y por tanto, gradualmente aparta sus pasos de la casa de su Padre, busca derivar algún placer de las cosas del tiempo y de los sentidos, erige algún ídolo y se postra para adorarlo.
Pero a pesar de todo esto, «el hijo permanece para siempre.» El Padre de todo su pueblo en Cristo no deshereda a sus queridos hijos; y aunque los padres terrenales puedan desheredar a los suyos, los de la familia de Dios jamás son echados de la herencia. El israelita nacido en la casa que se había empobrecido y se había vendido al extranjero había de obtener su libertad en el año del jubileo (Levítico 25:47, 54) y volver a su propia casa y a su propia heredad. Así el hijo que se ha apartado de la casa de su Padre, y se ha vendido bajo el pecado, y se ha hecho esclavo de aquel cruel amo, cuando llega el año del jubileo, el año de la restauración, y se toca la trompeta de plata, sacude sus cadenas y grillos, echa a un lado el vestido de siervo, vuelve a la casa de su Padre y es recibido con gozo bajo el techo de su Padre. ¡Oh, qué encuentro! ¡El Padre que perdona y el hijo desobediente! ¡El Padre deshecho en lágrimas de afecto; el hijo deshecho en lágrimas de contrición! Cualquiera que sean, pues, nuestros extravíos de corazón, nuestra alienación de afecto y nuestras desviaciones del alma; por más que nos apartemos de Dios, en cuanto somos hijos, «permaneceremos en la casa para siempre», y poseeremos una «herencia incorruptible e incontaminada e indeleble, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe para salvación.»
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: April 5
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.