Estamos, la mayoría de nosotros, tan encadenados por los lazos del tiempo y de los sentidos, por los cuidados de la vida y los quehaceres cotidianos, por la debilidad de nuestro cuerpo terrenal, por las exigencias distractoras de la familia y por la miserable carnalidad y sensualidad de nuestra naturaleza caída, que vivimos, en el mejor de los casos, una vida pobre, arrastrada y moribunda. No podemos hallar placer en el mundo, ni mezclarnos con buena conciencia en sus ocupaciones y diversiones; muchos de nosotros somos criaturas pobres, mustias y abatidas, a causa de diversas pruebas y aflicciones; llevamos una cruz diaria y la continua plaga de un corazón malo; recibimos poco consuelo de la familia de Dios o de los medios externos de gracia; sabemos lo suficiente de nosotros mismos para saber que en uno mismo no hay ayuda ni esperanza, y nunca esperamos un camino más llano, un corazón mejor, más sabio o más santo, ni poder hacer mañana lo que no podemos hacer hoy.
Así como el cansado busca reposo, el hambriento comida, el sediento bebida y el enfermo salud, así extendemos nuestros corazones y brazos para abrazar al Señor Jesucristo y realizar sensiblemente la unión y comunión con él. De él provienen tanto la oración como la respuesta, tanto el hambre como el alimento, tanto el deseo como el árbol de la vida. Él descubre el mal y la miseria del pecado para que busquemos perdón en sus llagas sangrantes y en su costado traspasado; nos da a conocer nuestra desnudez y vergüenza y, como tales, nuestra exposición a la ira de Dios, para que nos escondamos bajo su manto justificador; pone hiel y ajenjo en los tragos más exquisitos del mundo, para que no tengamos dulzura sino en él y de él; nos mantiene largo tiempo en ayuno para hacer preciosa una migaja, y largo tiempo esperando para hacer preciosa una palabra. Él quiere todo el corazón, y no tomará menos; y como esto no podemos darlo, lo toma para sí arrebatándolo con uno de sus ojos, con un collar de su cuello. Si le amamos, es porque él nos amó primero; y si buscamos comunión con él, es porque él se manifestará a nosotros como no lo hace al mundo.
Si quisiéramos ver lo que el Espíritu Santo ha revelado de la naturaleza de esta comunión, lo hallaremos expuesto de manera más clara y experimental en el Cantar de los Cantares. Desde el primer versículo de aquel libro, "Bésame con los besos de tu boca," hasta el último deseo expresado de la amada esposa, "Apresúrate, amado mío, y sé semejante a un corzo o a un cervatillo sobre los montes de las especias," todo es un "cántico de amores," todo una revelación divina de la comunión que se mantiene en la tierra entre Cristo y la Iglesia. Ella "sube del desierto apoyada en su amado," mientras "su mano izquierda está debajo de su cabeza, y su derecha la abraza." Ella dice: "No miréis en mí, porque soy morena;" pero él responde: "Toda tú eres hermosa, amada mía, no hay defecto en ti." En un momento dice: "De noche, en mi lecho, busqué al que ama mi alma; lo busqué, pero no lo hallé;" y luego clama: "Apenas había pasado de ellos, cuando hallé al que ama mi alma; lo retuve y no lo dejé ir, hasta que lo metí en casa de mi madre y en la cámara de la que me concibió." Venidas y idas; suspiros y cantos; excusas vanas y severas reflexiones sobre uno mismo; quejas de uno mismo y alabanzas a él; los anhelos del amor y las llamas de los celos; los tiernos afectos de un corazón virginal y los condescendientes abrazos de un esposo real; tal es la experiencia del cristiano al buscar o gozar la comunión con Cristo, según se describe en este libro divino.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: May 25
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.