[El contenido del siguiente discurso fue pronunciado en la Primera Iglesia Presbiteriana de Filadelfia el 6 de diciembre de 1868, apenas dos años antes del lamentado fallecimiento del autor, el 24 de diciembre de 1870.]
«Los días de nuestros años son setenta años». Salmo 90:10
Toda vida terrenal, hasta donde tenemos oportunidad de observarla, tiene un límite exterior: una frontera que no puede ser traspasada. La muerte reina, y al parecer ha reinado siempre, en nuestro mundo; pues no hay ahora en el aire, en la tierra ni en las aguas ningún ser vivo que existiera ya en la creación. Esta limitación respecto a la vida no es en modo alguno la misma en todos los órdenes de los seres. Cada clase de animales, de aves, de peces, está sometida a su propia ley en este aspecto, como si fuera completamente independiente de todos los demás seres, y tiene una limitación propia.
La vida puede ser casi momentánea en una clase, como el insecto que se solaza al sol del verano durante una hora y luego muere. La vida puede prolongarse, como en los árboles viejos que se alzan en las costas de África o del Pacífico, durante muchos miles de años. Pero aun así, hay una frontera que no debe ser traspasada. No es la misma en el caballo, en el águila, en el elefante, en la gacela, en el colibrí, en la ballena y en el hombre; ni en la encina de Basán, en el cedro del Líbano y en el hisopo que brota del muro; pues cada uno y todos estos tienen sus leyes separadas de limitación, y lo que pertenece a uno no puede transferirse a otro.
Se ha fijado una frontera, en cada uno y en todos los casos, más allá de la cual ningún vigor de cuerpo, ninguna tenacidad de vida, ningún recurso para restaurar los desgastes de la vida física, y ningún arreglo remedial o recuperativo puede llevar a nadie. El tiempo no modifica esta ley. Los adelantos y remedios en otras cosas no la afectan ni producen cambio alguno. La edad del caballo, de la encina y del león es la misma que en los días de Abrahán, y, en cuanto parece, permanecerá la misma hasta el fin de los tiempos. Tan fija es esta ley que prueba con claridad que sobre todo esto hay una Mente Presidente: que el arreglo es el resultado de la voluntad del Gran Gobernador del mundo.
Sin embargo, aunque el período de vida en los distintos órdenes de seres es tan variado, en cada orden particular y separado es tan regular que puede ser objeto de cálculo sumamente exacto, y puede ponerse como fundamento de algunos de los arreglos más importantes de la sociedad. En la base de todo esto hay una importante ley general, cuyo conocimiento ejerce hoy una influencia notable en los asuntos de los hombres: una ley cuya razón no puede explicar nadie, sino quien cree en la existencia y en la providencia superintendente de Dios.
Hoy está establecido como cierto que, de un número dado de personas, casi exactamente el mismo número morirá en cada año a idéntico período de la vida, e incluso ordinariamente por las mismas formas de enfermedad. De manera semejante, ha llegado a ser objeto de cómputo muy exacto que casi exactamente las mismas pérdidas de bienes ocurrirán por mar o por tierra, por fuego o por naufragio, de modo que la regularidad de tales pérdidas puede servir de base a cálculos y responsabilidades financieras de la mayor importancia. Esta ciencia, comparativamente nueva, es el fundamento de todos los arreglos de las compañías de rentas vitalicias, de los seguros contra incendios y de los seguros de vida, cuyas operaciones se apoyan en cálculos hechos sobre la duración media de la vida humana y sobre la probabilidad de que ocurra un número dado de accidentes o de que muera un número dado de personas en un determinado período de la vida en cualquier año.
Tan exacta es esta ciencia, que no hay inversiones más seguras que las basadas en tales cálculos, y que no hay clase de instituciones financieras con destino más cierto de hacerse universales. El mundo no se gobierna por el azar, sino por ciertas leyes; y el resultado de las operaciones de las compañías de seguros tenderá, como nuestro estudio de las leyes físicas de la naturaleza, a confirmar cada vez más a los hombres en la creencia de que hay un Dios, y de que el mundo se gobierna por leyes regulares.
En el hombre, el límite habitual de la vida es «setenta años». Con esto no se quiere decir, claro está, que nadie pase jamás de esa línea, sino que este es el período ordinario y común más allá del cual el hombre no pasa, como hay un límite ordinario y fijo en la edad del caballo, el león, el águila, el colibrí, la abeja. Hay excepciones a la mayor parte de las leyes generales, pero no las hay más en lo tocante a la vida del hombre que en las demás cosas.
Es notable que este fuera el período asignado ya en tiempos de Moisés (si el Salmo del que se toma el lema fue escrito por él, como parece serlo), y que la ley haya permanecido sin cambio hasta el presente, igual que la ley sobre la duración de la vida ha permanecido la misma respecto a los habitantes del aire, de la tierra y de las aguas. La vida del león o del águila no se ha alargado ni acortado durante ese tiempo; ni estos largos siglos han hecho nada por extender ni disminuir la duración de la vida en ningún punto de la creación animal o vegetal.
Este hecho es especialmente notable en el hombre, porque se han empleado los mayores talentos para hallar algún método que prolongue su existencia en la tierra. Una profesión, presente en todos los países, que cuenta en sus filas con hombres eminentes por su saber y su habilidad, se ha consagrado especialmente a investigar si las causas ordinarias que abrevian la vida humana no podrían modificarse o eliminarse, y si no podría encontrarse en la naturaleza algún poder oculto, algún «elixir de la vida», mediante el cual los días del hombre se multiplicasen sobre la tierra.
Todo es en vano. No se ha descubierto secreto alguno en la naturaleza que detenga los estragos de la muerte y haga inmortal al hombre. Es igualmente cierto que no se ha descubierto secreto alguno que cambie la ley establecida sobre el límite general de la vida, ni mediante el cual los hombres puedan ser llevados mucho más allá del período de los setenta años. En nada ha sido la ciencia más desconcertada y reprendida que en esto; y por mucho que ha hecho para eliminar enfermedades, aliviar el sufrimiento, consolar al moribundo o aumentar (quizá) la duración media de la vida, no ha hecho absolutamente nada por cambiar la frontera fija de la existencia humana, ni hay ahora la menor probabilidad de que lo haga en el tiempo por venir. Las tablas que hoy rigen los cálculos de rentas y seguros, tan exactas, serán base igualmente cierta de tales cálculos en las edades venideras, y esas tablas seguirán burlando, como ahora lo hacen, todos los logros y promesas que la ciencia se atribuye.
Respecto al hombre, y especialmente al hombre considerado como ser caído y pecador, y con relación al problema de la redención, podrían aducirse muchas razones por las que el límite habitual de su probación haya sido fijado en setenta años.
Los grandes propósitos que han de cumplirse en el mundo pueden así asegurarse mejor que por uno que prolongara grandemente la vida del hombre. El presente arreglo tiene la ventaja de llevar a la tierra energías variadas para responder a las nuevas circunstancias del mundo en el desarrollo de los planes divinos:
1. La ventaja, quizá, de llevar más actores a la escena, y de preparar más seres inmortales para un mundo futuro; la ventaja de multiplicar en gran manera el número de los redimidos, y, en consecuencia, de glorificar al Redentor y aumentar los goces del cielo.
2. La ventaja de impedir los males que surgirían de una vasta acumulación de riqueza y poder en manos de pocos individuos, y de la creación de una tiranía permanente en manos de unos cuantos hombres. Es mucho mejor para la libertad y la felicidad de la masa de los hombres que un hombre de riqueza acumulada o en acumulación pierda su dominio sobre sus bienes a la edad de setenta años, y que estos se repartan en la sociedad, que no que se le permita seguir absorbiendo la riqueza del mundo durante mil años; como fue ventajoso para el mundo que Jerjes, César, Alejandro y Napoleón murieran, en lugar de vivir para confirmar y establecer una tiranía por siglos.
Es una ventaja para el mundo que los hombres mueran; que, habiendo cumplido el gran propósito de su vida, dejen lugar a otros; y que cuanto han ganado en cualquier sentido entre en el fondo común para el bien del mundo entero y de las generaciones venideras, en vez de ser retenido por ellos bajo la forma de vastos monopolios.
3. Al mismo tiempo, cabe observar que un hombre atenderá más probablemente los intereses de su alma cuando sepa que los asuntos del mundo tienen para él tan poca importancia, y que todo cuanto pueda adquirir pasará muy pronto, muy pronto, a otras manos, de lo que lo haría si sintiera que lo que pudiera ganar seguiría siendo suyo y aumentaría constantemente durante mil años.
Por cuanto el hombre, pues, es un ser caído; por cuanto sus grandes intereses están más allá de la tumba; por cuanto este mundo es esencialmente un mundo de probación; por cuanto todo lo que alguien pueda ganar aquí es una bagatela sin valor comparada con los grandes intereses más allá del sepulcro; por cuanto es deseable que lo sienta y lo realice constantemente; por cuanto es importante que se empleen todos los medios posibles para fijar su atención en estos hechos e impedir que ponga en peligro sus intereses eternos por la negligencia y la dilación; y por cuanto el período de setenta años da tiempo sobrado para prepararse para el mundo venidero y asegurar la salvación del alma, podemos ver que es un arreglo sabio y benevolente el que este sea el límite general de la vida humana.
Fuente y atribución
Autor original: Albert Barnes
Título original: Life at Three-score and Ten — parte 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Albert Barnes, publicado originalmente en Grace Gems.